Laberintos y puentes

Unen dos lugares. Dédalo, el arquitecto más hábil de su época. Calatrava, el señor de los puentes. Dédalo creó el laberinto para el minotauro. No había forma de pasarlo, hasta que lo cruzó Teseo con el hilo de Ariadna. Era como babel, un caos. El laberinto más que unir desunía. Los puentes de Calatrava sí unen. No son una broma. Van en serio, aunque parezcan en serie. De Valencia a Venecia, de Buenos Aires a Zurich, a Lisboa, Toronto, Lisboa, Bilbao. En un momento dado, Calatrava te hace un puente. Une dos orillas, construye para ti una alianza. Los puentes seguirán ahí, aunque dejaran de ser útiles. Es la globalización. La unión de dos puntos. De miles de ciudades, universales, laberínticas. La unión es universalidad, cada puente es único, aunque no lo parezca. En los laberintos nos perdemos, los puentes los cruzamos. Son lugares de paso, como los no-lugares. Laberintos, no. Puentes.
