Andamios

Parece el mismo andamio. Hace meses que paso diariamente bajo la obra al volver del trabajo. Los mismos operarios, las mismas voces. En verano y en invierno. Sus palabras me llegan según el estado de ánimo. Cuando estoy contenta son flechas de colores, cuando me fallan las fuerzas me suenan a martillazos, picazones envenenados que caen desde la altura como platos fríos. Platos fríos y rotos. Me agrietan la piel y naufrago como un colador. Cuando llego a casa me miro al espejo y las arrugas se han multiplicado. No entiendo esa fidelidad en los piropos. No entiendo que no vean cuando mi piel está reseca, impermeable a voces anónimas. Cuando vuelvo a pasar con la barra de pan, creen que regreso para volver a ser adulada, los sonidos aumentan y las voces se hacen intimidatorias, agresivas. No regreso para ser adulada, pero soy consciente que volveré a ser regada con gritos de aclamación. Soy consciente y no cambio de panadería, de calle, porque no tengo por qué cambiar, porque tampoco me disgustan tanto esas voces, hay días que son las únicas muestras de ánimo que recibo. Oigo lo de qué buena estás, corazón, y me cuesta reprimir la sonrisa de desilusión, el mohín de cansancio, el gesto ambiguo que me recuerda la juventud. De ambigüedad y desilusión se manchan mis recuerdos juveniles. De adolescente era invisible. Invisible a un mundo que no me veía. Si hubiera pasado por la obra a los quince años, nadie me hubiera visto; me hubiera apartado para no ser sepultada bajo el peso nostálgico de impersonales ladrillos. Ahora coincido, a veces, por distinta acera con alguna quinceañera, y me sorprendo al ver que las miradas se reparten. Que los hay que prefieren mirarme, recrearse la vista con lo que tiene de atemporal mi cuerpo, con mis ojos almendrados de tantas dudas, con unas curvas resignadas al cambio de estación, con una piel barnizada de seducción y artificio. Hasta los treinta años viajaba en mi cuerpo como en un vehículo ajeno. No me gustaba, me quería poco, me valoraba menos. Fue tras el susto en el portal. El susto y la rabia me hicieron sobrevivir. El susto de unos miserables que me atemorizaron en el portal me llevó a tomar conciencia de mí. A darme cuenta de que había sido muy dura conmigo, de que no había sabido disfrutar, de que aparentaba más años porque no me cuidaba. De que a pesar de caminar de puntillas, de mi fragilidad, no podía ignorar al mundo. Fue el estúpido encuentro en el portal con unos impresentables, el susto de unos roces que quedaron en eso, en unas risas estúpidas que me hicieron huir corriendo escaleras arriba, mirarme en el espejo de mi habitación y decidir si suicidarme o sobrevivir. No me corté las venas, ni salí a la calle al día siguiente. Tardé días, semanas, meses, en recuperarme, en sobrevolar mi pasado. En querer seguir viviendo. Días de altibajos, de más dudas, hasta que retomé el rumbo convencida de que las paredes de mi casa me agrietaban. Hasta que cambié de piso, abrí las ventanas, respiré hondo repetidamente, y decidí no tomarme la vida en serio. Decidí burlarme del mundo, tomarme a broma, llevar ropa más ligera, más cómoda, ser más informal, menos estirada, aumentar las sonrisas, los kilos, despreocuparme para disfrutar más. Mis días cambian como las estaciones. Mi pasado es un andamio multicolor. Mi vida es un andamio frágil y consistente, un juego de transparencias, un abanico que se abre al anochecer. Un andamio que, a diario, monto de hierros sutiles y de maderas resbaladizas. Una sorpresa, los andamios, mi vida.
