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15 Agosto 2008

Obsesión con nombre de Isabel

Isabel, por ejemplo. Noventa por ciento de obsesión y diez por ciento de costumbre. Eso es el amor. Cien por cien de obsesión. Verla un día a la semana. Soñar con ella los demás días. Verla pasar por el Coso unos segundos, a Isabel. Verla parada ante el semáforo, parar el semáforo. Cruza de acera con la melena despeinada, con el cuello al viento, gira las caderas como en un oleaje, Isabel. Su risa es un escándalo. Una provocación, un atentado a mi inestable serenidad. Contagiosa, fértil, efímera. Nunca tiene prisa, para los relojes y me alimenta para muchos días. Con verla pasar por la calle me siento feliz muchas horas. En Isabel nada es gratuito. No tiene nada de accesorio, de contingente. Ella es necesaria. Llamémosla Isabel, porque así podría llamarse, ¿por qué no? Hay que poner nombre a las cosas, a los deseos, a los peces, a las plantas, a los hechos. La realidad está llena de evidencias, de circunstancias aleatorias, de golpes de suerte, como Isabel. Cada vez que coincidimos en la misma calle, a la misma hora, se produce una alineación planetaria, una suerte de conjunción que acerca nuestros planetas para que cada uno siga su curso natural. Sin juntarse, sin juntarnos. Y ese curso natural me resulta de lo más artificial. Me gustaría que no lo fuera. No deseo el choque de dos planetas, no busco un accidente estelar, no soy un terrorista espacial, sólo rezo por la unión de dos cuerpos. La unión física, el roce de la carne, la piel sobre la piel. La mirada de Isabel es verde, su pantalón azul. Seguro que huele bien, que sabe a vainilla. La religión del amor está habitada por plegarias. Por cantos de fe, por círculos concéntricos que producen parálisis cerebral. El ritmo cardiaco se acelera y el temblor de manos es signo de desesperación. Noventa por ciento de obsesión y otro noventa de desesperación, por Isabel. Es difícil ser creyente una vez por semana. La parcialidad es poco productiva. La fe se alimenta de hechos, de montañas de dicha y de consuelo. Isabel es de otra religión, de otro equipo, como si no tuviera casa, una nómada del desamor. Como yo. Seriamos la pareja perfecta en un mundo imperfecto. Seriamos como dos mariposas que cambian de continente. Cruzar el Estrecho a nado y no mojarnos. Sería un sueño roto. Las obsesiones se alimentan de costumbre, de sinrazón. De quijotismos, de hazañas. Es una pena que escribir de Isabel no me acerque a Isabel. Sólo a mi idea de Isabel, a mi obsesión por Isabel. ¿Si le preguntara a Isabel si se llama Isabel? ¿Y si Isabel no se llama Isabel?

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Obsesión

Obsesión dijo

No importa, se seguiría llamando Obsesión. :-)

Un saludo.

17 Agosto 2008 | 01:37 PM

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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