Sacapuntas
Agarrado a la cartera bajas las escaleras. Tienes nueve años y vas a la escuela. Es lunes por la mañana. Te sientes incómodo con el anorak abrochado. Pero hace frío, debe haber cero grados. Hay escarcha en el suelo. Pisas los charcos con las botas de goma. Tienes frío con esos ridículos pantalones cortos. Casi todo lo ves ridículo desde tus pantalones cortos. Llevas cuadernos y libros en la cartera. Te han programado para que vayas a la escuela. Contento no vas. No vas contento a ningún sitio. Te lo crees todo, pero no vas contento a ningún sitio. En el recreo jugarás al fútbol, en el patio del colegio. En la escuela también hay chicas. Todavía no te han hecho llorar las chicas. Si supieras lo mucho que has de llorar por las chicas, nunca te habrías acercado a una chica. El día que le pediste el sacapuntas a una chica, el día que no te dejó el sacapuntas una chica, fue tu sentencia de muerte, tu entrada en el mundo misteriosos de los perdedores. Tú no sabías dónde entrabas. No leiste ningún cartel, apenas sabías leer, tú sólo querías sacar punta a tu lápiz, al de escribir. Tu compañera de pupitre no te lo dejó. Tenías que haber llorado, o protestado, con una sonrisa, dulcificando la voz, contarle un chiste, hacerle reír, o pedírselo otra vez, de rodillas no, haciendo el pino tal vez, cualquier cosa menos bajar la cabeza. No se puede bajar la cabeza con nueve años ante una niña y entrar en el club de los perdedores. No sabías que ese carné es vitalicio, que se renueva cada día que te miras las ojeras ante el espejo, que te impregnas de él cuanto más te alejas del mundo, que cada vez que oigas a Sandro Giacobbe sabrás que cada viruta que cae del sacapuntas es una lágrima que se clava en tu ataúd.
