Juguetes rotos
Los libros que más nos gustan son los que parece que fueran escritos para nosotros, aquellos en los que nos identificamos con el protagonista, en los que nos vemos tan bien reflejados. Como el niño que responde al personaje que desde la pantalla lo señala con el dedo: ¡mamá, me ha dicho que me vaya a dormir! De adolescentes, cuando descubrimos las miserias de nuestra individualidad, nos sirve de refugio que a otros, a millones, les ocurran desgracias parecidas, por ejemplo en Demian de H. Hesse, en Ritmo lento de C. Martín Gaite o El guardián entre el centeno de Salinger.
Otras son las historias que nos hubiera gustado escribir, como Léxico familiar de Natalie Gintzburg. Aquellas que nos resultan tan fáciles, o tan difíciles, que uno piensa que eso lo hubiera escrito él, tan bien. Es cuando miras la carpintería del libro, cómo se ha escrito, buscas el secreto de su cadencia, ese ritmo interior que te atrapa: es como espiar la correspondencia. Mirar en el buzón ajeno, abrir cartas que no nos corresponde como buscando secretos (ajenos o propios), secretos que nos pueden afectar, por cercanía, por alguna relación, a veces lejana…lo habitual será no descubrir nada, no encontrar misterios por resolver, ni claves que descifrar, descubrirte fuera de lugar, o perdiendo el tiempo, en buzón ajeno o troceando desmigajando un libro que te ha entusiasmado. Lo malo es que no descubres el misterio y quedas con la cara del niño con el juguete roto.
