Sin gabardina
Me resulta fácil. Me imagino que soy un farero, un solitario guardián que da luz a barcos desorientados. Yo estoy en mi coche. Encerrado con la radio, con el termo, con el periódico. Ahora me han puesto el cede y me dejan oír discos pirateados. Llevar gabardina, no. Dice el comisario que cantaría mucho. Lo entiendo. Lo que no entiendo es para qué vigilo a este señor tan triste. Unos cuarenta años, gafas, complexión fuerte, gordo no, grande, ropa oscura, suele llevar vaqueros y deportivas. Tiene un aire despistado. Es sencillo vigilarlo porque suele caminar despacio. Jamás lo he visto sonreír. En todo un mes, no lo he visto sonreír. Preocupado tampoco. El aire triste le viene al encoger los hombros y bajar la cabeza, como si fuera pidiendo perdón. Como si portara una pesada carga en la espalda. Está triste pero es expresivo. Cuando he coincidido con él en el bar de su barrio se le alumbran los ojos al discutir de fútbol con el camarero. Manifiesta cierta ingenuidad, una excesiva sorpresa, como si no distinguiera el penalti del fuera de juego, sin embargo lo noto informado. Que no le vuelva a preguntar el motivo de mi misión, me dijo levantando la voz el comisario. Toma nota, acércate a él lo más posible, sin intimidar, pasa como siempre desapercibido y mantennos informados. Y aquí estoy, rellenando informes rutinarios, casi fotocopiados de un día a otro. Baja al garaje a las ocho de la mañana, sale con el coche hacia el trabajo, algún semáforo se salta en ámbar. Regresa a comer, en coche, tarde. Baja al supermercado a comprar. Pasea por las tardes. Queda con gente, sí, se saluda con los vecinos, nada sospechoso. ¿Qué es sospechoso? El otro día se compró un pantalón, otro pantalón vaquero: pasó por dos tiendas, en la segunda salió con la bolsa de la boutique. No tiene pinta de terrorista. ¿Qué pinta tienen los terroristas? Quizá traficante, o maltratador. Igual es un pez gordo. No creo, lleva vida aparentemente tranquila, discreta, como yo. Reside en un barrio modesto. La otra noche me sorprendió, abandonó su casa precipitadamente, de madrugada. Entré tras él en el club. No me vio. Nada original. Recibe correspondencia de una asociación de cazadores. No parece cazador. ¿Cómo serán los cazadores? Colecciona monedas. Recibe la revista de un sindicato; de la asociación de vecinos de la zona; otra revista de espeleología. De más joven debió de ser deportista. Se acerca a la piscina cubierta arrastrando su cara triste y una bolsa roja. Con el mismo paso cansino regresa a su casa, con el pelo escaso y húmedo, como si no recordara su dirección, sin acabar de perderse. Soy yo quien se desorienta tras él. Como si jugara conmigo. No lo entiendo, pero como dice el comisario, limítate a seguirlo, como un guardaespaldas lejano. Yo me veo como un farero, alumbrando a desconocidos. Me entran ganas de cachearlo. Manos arriba, y no se mueva: ¿qué esconde usted en los bolsillos? Pero ayer me dijo el comisario que ya no lo siga más y que me tome el mes de vacaciones. Ahora lo seguiré día y noche.
