Aspirinas kafkianas
Kafka añoraba la infancia. Esa infancia infeliz de la que recordaba saber tampoco sobre sexo como de mayor sobre la relatividad. Se desesperaba pensando en el futuro, en un futuro incierto en el que no confiaba. Le quedaba poca fe, y pocas aspirinas. Si hubiera podido amortiguar los dolores de cabeza, habría llevado otra vida. No se hubiera perdido en un laberinto, ni habría viajado a América, ni como agrimensor buscado un castillo. Tampoco se hubiera metamorfoseado en un repugnante insecto. Tampoco lo habríamos leído. Se hubiera dedicado a jugar al tenis y no al negocio de los seguros. A casarse con alguna de sus tres prometidas. Habrían quemado con su amigo Max todos los manuscritos y se hubieran sentido felices. Gregorio Samsa no existiría si las aspirinas hubieran hecho efecto en la mente de K. En 1899 se comercializaron las aspirinas Bayer y K. se aficionó a ellas un tiempo después. Como a la comida vegetariana, como a escribir en alemán, como a la leche sin pasteurizar. Las relaciones entre la farmacología y la literatura están por descubrir. Desear ser piel rojo, o ratón - como Josefina la cantaora-, o ser un artista del hambre, o del trapecio, tiene que ver con la estrechez de las calles de Praga, tiene que ver con el autoritarismo de un padre, tiene que ver con quien fue por las tarde a la piscina la mañana que Alemania invadió Polonia. Cada vez que tomo una aspirina pienso en K., leyendo con avidez a Dostoievski, quejándose de sus dolores de cabeza y sintiéndose culpable, porque no entendía al también judío Einstein, o porque ni en Praga ni en Austria le hicieron efecto las aspirinas. Kafkianas aspirinas.
