EL FRÍO DE LA CALLE

Nos hacemos compañía, sí. La comida no es de lujo, pero nos hacemos mucha compañía. Sólo nos dejan repetir tres días seguidos. Al cuarto te dicen que te busques la vida, que cambies de refugio, que te airees una temporada. Y te aireas, qué remedio, con el frío que hace en la calle. Pasados unos quince días vuelves por el albergue municipal, a por la sopa boba, al calor de las estufas, a oír las broncas de los colegas, los gritos de la cocinera, las miradas duras de las camareras, duras pero en el fondo condescendientes con nosotros, con gente que no tenemos otro techo, que nos conformamos con lo que encontramos, con lo que a otros les sobra: paseantes sin rumbo de ciudad en ciudad.
Son las ocho de la mañana y aquí estoy haciendo cola en la puerta, con las manos en los bolsillos, con cero grados, esperando ese café matutino que me dé fuerzas para pasar el día. Y calor por un rato. Calor hasta que nos echen a las diez y pico. Y buscar algún banco a la solana, si es que hoy se decide a salir el sol. Los más adaptables se van a la biblioteca, que es pública y gratuita, y se refugian entre los diarios para echar en los sillones una cabezadita. Otros preferimos pasear por el parque, y aguantar hasta la comida sin entrar a los bares. Sin dinero se aguanta poco en los bares. Ver como beben los demás, sin un euro en el bolsillo, es lo más triste de esta vida. ¿Pedir? Pedir es el pan de cada día, la condena perpetua de quien no tienen nada, de quien hace años que confunde dignidad con pobreza, de quien no tienen ganas de pensar en la ética, de quien lleva ropa usada por otros, de quien se olvidó de la estética, de quien no sabe en qué día vive, de quien ya no se curara nunca.
En las órdenes religiosas también nos atienden, nos dan ropa, comida, sin tener que rezar mucho. Son los únicos lugares en los que recibimos ofertas. Ofertas condicionadas, ofertas semilaborales. Si te portas bien, si te apuntas a nuestro proyecto, a nuestra obra social, te cuidaremos, te cuidaremos mientras sigas nuestras normas, nuestros horarios, nuestro ideario. Si haces como que trabajas para ellos, si sigues su disciplina te darán de comer a diario, y hasta de dormir. Solo tienes que escuchar sus charlas, de desintoxicación, su gimnasia, limpiar un poco, portarte bien, como en un trabajo.
No entiendes que no podemos trabajar. Que ya no valemos para trabajar. Que estamos fuera de juego, que estamos fuera de la sociedad porque no aguantamos dos charlas seguidas, ni de la asistente social, ni del cura, ni del psicólogo. No nos aguantamos ni a nosotros mismos. Es una pena, sí, es una pena porque necesitamos calor y compañía, tenemos frío y soledad, y nos gustan las mismas comidas que a todo el mundo, sus ropas, sus casas, hasta sus oficinas. Pero yo aguanto poco en ellas, me dejo llevar por el frío de la calle, por el ruido de la noche, por el silencio del parque, por los zumbidos que me persiguen en mi deambular discontinuo, por la lluvia que ya no me moja.
