Sin botones

No me gustan los botones. Los odio desde una fría mañana de colegio. El profe explicaba con el globo terráqueo los continentes lejanos. Se acercaba a la bola del mundo y la hacía girar como transportándonos a un viaje espacial. Apagaba las luces y encendía la bola mágica que resplandecía en la clase. Con el puntero señalaba lugares inhóspitos y nos hacía sudar con el calor de los pigmeos, nos daban escalofríos cuando nos llevaba al Polo Norte, y nos acompañaba por ciudades sureñas donde recolectoras de maíz cantaban con voz profunda sonidos contagiosos. La bola del mundo giraba y giraba, y nosotros viajábamos en canoas, en aviones supersónicos, en trenes oscuros que nos acercaban al fin del mundo. Cuando acababa la clase regresábamos de un viaje en el tiempo.
Me regalaron para mi cumpleaños un abrigo azul marino con muchos botones y una bola mágica para que desde mi habitación viajara en mis horas libres. Pero sin las explicaciones del maestro no era lo mismo, se parecía a ver la tele sin sonido.
Mi hermano pequeño encontró la solución: me arrancó todos los botones, los pintó de colores fosforescentes y los pegó a la bola con mucho pegamento. Apagó la luz y me llamó muy ilusionado.
Me había destrozado mis dos regalos. Desde entonces odio los botones, y prefiero los mapas planos.
