Como los sonajeros

Desde muy pequeños, aunque usemos champú a diario, se cuelan por nuestras cabezas unas misteriosas piedrecillas. Si bien la arena de la playa, con una buena ducha, se deposita en la bañera, estas pequeñas piedras se incrustan en nuestro cerebro. Y crecen conforme crecemos nosotros. Algunos las llaman ideas. No es que las ideas de los altos y de los mayores sean más grandes. Eso depende del tipo de piedras que nos toquen. En una ocasión encontraron en la mente de un pastor una perla que iluminó el quirófano. Normalmente se desarrollan pedruscos. No está claro que los que balancean mucho la cabeza la lleven llena de zaborros. A un señor se le cayó una idea, o una piedra, y atascó la autopista. Últimamente los carretilleros no dan abasto, porque de las cabezas de fanáticos y tozudos salen ladrillos de considerable tamaño. Lo curioso es que no suelen tener carné de ningún movimiento radical, son ciudadanos respetables, muy suyos, eso sí, muy dignos ellos, que se pasearon toda la vida con la cabeza muy alta, luego, al morir, como cuando abres una hucha que puede aparecer cualquier cosa menos dinero, les encuentran grandes ideas, ideas peñazo, inoculadas no se sabe dónde ni por quién, que adelantan la putrefacción. Con esas ideas, o piedras, hay que agrandar los ataúdes, y si los mueves suenan como los sonajeros: hacen ruido en vez de música.
