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20 Agosto 2007

Los sueños de SIGMUND











Se llamaba Segismundo como el de La vida es sueño. Pero no le gustaron esos sueños, ni ese nombre, y lo cambió por Sigmund.

Se crió rodeado de cinco hermanitas, de hermanastros, de un papá cuarentón, una madre jovencita y unos niños que lo miraban raro porque era judio. Fue muy aplicado y tímido, y cogió fobia a viajar. Siempre se acompañó de un puro, porque a veces un puro es solamente un puro.

Un día se sentó en un diván y empezó a soñar. Pero los sueños que más estudió fueron los de sus pacientes, los sueños de miles de pacientes que durante décadas recopiló, analizó y psicoanalizó. Posadas en ese diván, las mujeres de la Viena de finales del XIX, le contaban sus frustraciones, represiones, neurosis, histerias. Y Sigmund interpretaba sus sueños, los sueños de la sociedad vienesa que castigaba la masturbación, para quien la palabra “pierna” era algo sucio, una sociedad que llamaba putas a las mujeres que tenían deseos sexuales, una mujeres que la noche de bodas se sorprendían, llegando a desplomarse.

No consta que Sigmund, aplicado y tímido, les dijera:

–Aflójese el corsé, señora, y respirará mejor.

Sí consta, que Sigmund aplicó la hipnosis con resultados prometedores. No tan prometedores como cuando desenganchó a un amigo de la morfina, porque por desgracia lo enganchó a la cocaína.

Siempre notó un malestar ante la cultura porque el precio que paga el hombre por su progreso es el de su felicidad.

Se ruborizaría al ver el retrato que se le hace con una mujer desnuda en su cabeza, al saber que los hombres tienen 90 pensamientos sexuales al día, al ver la vallas publicitarias con mujeres semidesnudas, al contemplar las películas X, los sex-shop… Sigmund, aplicado y tímido, visto por algunos como un pervertido, se enamoró a los 25 años de su mujer, a quien sólo vio unas seis veces en cuatro años, a quien escribió más de novecientas cartas de amor:

–Mi princesita, princesita mía…

A veces se preguntaba: ¿qué quieren las mujeres? Las mujeres, ese “osado continente”, al que nunca acabó de entender.

Pobre Sigmund, entre Eros y Tánatos, entre el ello y el super-yo, entre el inconsciente y la sexualidad, perseguido por el complejo de Edipo y los nazis, admirado por Dalí, por Hitchcock, por Buñuel, caricaturizado en una época en la que los lapsus son sospechosamente freudianos.

Sigmund, aplicado y tímido, al aplicar con éxito la cura del habla, aprendió que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.

Ante la realidad virtual, ¿Qué soñaría Sigmund, aplicado y tímido?


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"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa" (Machado). "La poesía es algo que anda por las calles" (García Lorca). "No hay libros morales o inmorales. Sólo existen libros bien o mal escritos" (O. Wilde).

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