Los sueños de SIGMUND

Se llamaba Segismundo como el de La vida es sueño. Pero no le gustaron esos sueños, ni ese nombre, y lo cambió por Sigmund. Se crió rodeado de cinco hermanitas, de hermanastros, de un papá cuarentón, una madre jovencita y unos niños que lo miraban raro porque era judio. Fue muy aplicado y tímido, y cogió fobia a viajar. Siempre se acompañó de un puro, porque a veces un puro es solamente un puro. Un día se sentó en un diván y empezó a soñar. Pero los sueños que más estudió fueron los de sus pacientes, los sueños de miles de pacientes que durante décadas recopiló, analizó y psicoanalizó. Posadas en ese diván, las mujeres de No consta que Sigmund, aplicado y tímido, les dijera: –Aflójese el corsé, señora, y respirará mejor. Sí consta, que Sigmund aplicó la hipnosis con resultados prometedores. No tan prometedores como cuando desenganchó a un amigo de la morfina, porque por desgracia lo enganchó a la cocaína. Siempre notó un malestar ante la cultura porque el precio que paga el hombre por su progreso es el de su felicidad. Se ruborizaría al ver el retrato que se le hace con una mujer desnuda en su cabeza, al saber que los hombres tienen 90 pensamientos sexuales al día, al ver la vallas publicitarias con mujeres semidesnudas, al contemplar las películas X, los sex-shop… Sigmund, aplicado y tímido, visto por algunos como un pervertido, se enamoró a los 25 años de su mujer, a quien sólo vio unas seis veces en cuatro años, a quien escribió más de novecientas cartas de amor: –Mi princesita, princesita mía… A veces se preguntaba: ¿qué quieren las mujeres? Las mujeres, ese “osado continente”, al que nunca acabó de entender. Pobre Sigmund, entre Eros y Tánatos, entre el ello y el super-yo, entre el inconsciente y la sexualidad, perseguido por el complejo de Edipo y los nazis, admirado por Dalí, por Hitchcock, por Buñuel, caricaturizado en una época en la que los lapsus son sospechosamente freudianos. Sigmund, aplicado y tímido, al aplicar con éxito la cura del habla, aprendió que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla. Ante la realidad virtual, ¿Qué soñaría Sigmund, aplicado y tímido?
