
El pequeño Albert no pronunció una palabra hasta cumplir los tres años, cuando un dÃa sorprendió a su madre:
-La leche está caliente.
-Albert, ¿sabes hablar?, ¿por qué nunca habÃas dicho nada?
-Porque hasta ahora todo estaba bien.
Nunca llegó a entender por qué le sirvieron la leche caliente y se refugió entre violines y ecuaciones en la búsqueda de la máxima velocidad posible, velocidad que encontró en las partÃculas de la luz. Todos conocemos su fórmula: e=mc2, aunque entenderla sea otro cantar.
El pequeño Albert tampoco entendÃa cosas que para otros son fáciles. Desde la perplejidad nos saca la lengua en un poster que ha dado la vuelta al mundo, con Marylin, con Charlot, con El Che, con Freud, con Jesucristo... con la perplejidad del artista del hambre que en el cuento de Kafka no come simplemente porque no le gusta la comida.
Nos imaginamos al pequeño Albert como ese W.Allen de niño que en Annie Hall deja de comer porque el universo se expande, mamá.
No es cierto que suspendiera en matemáticas, pero casi. El pequeño Albert, judÃo, premio Nobel, pacifista, inspirador a su pesar de la bomba atómica, reconocÃa que todos somos ignorantes, aunque cada uno ignora diferentes cosas.
Un dÃa,al ponerse dos calcetines diferentes vio que no pasaba nada, que el mundo no se habÃa trasformado por su descuido –uno más entre muchos-, y ya no volvió a preocuparse por emparejar los calcetines.
AsÃ,cuando le prestaron un paraguas bajo la lluvia,lo rechazó cortésmente porque ya se habÃa mojado.
El pequeño Albert pensaba que su madurez tardÃa le hizo preocuparse por el espacio y el tiempo, por el electromagnetismo y la atracción gravitatoria, por cosas raras que al común de los mortales no nos quitan el sueño. Y ni jugamos a los dados con Dios, ni a la gallina ciega. Pero él nunca pensó que todo es relativo, y sin embargo…
Quizá la curiosidad del pequeño Albert, que se sentaba en una esquina con papel y lapiz mientras los demás niños bailaban y jugaban, proceda de ese misterioso dÃa en que el mundo dejó de parecerle normal, esa mañana que sentado ante la mesa, mamá le sirvió un vaso de leche que al acercarlo a los labios lo encontró tan caliente, tan extrañamente caliente, que quedó sorprendido, no entendió nada y desde entonces hasta 1955, siempre quiso saber por qué, mamá, por qué:
la leche está caliente.
servido por liber
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