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La Coctelera

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31 Julio 2007

Bergman

Recuerdo una calurosa tarde, en la adolescencia, en un cine de barrio, sentados en incómodas sillas, mirando a Liv Ullmann y Bibi Andersson en Persona. Y mirados por ellas, por sus escrutadores ojos. Unos ojos que sirvieron de reclamo para llenar un cine de barrio, de adolescentes y curiosos, que entre acnés y desconcierto, entre sorpresas y extrañamiento, se movían en las butacas. Esos primeros planos, en blanco y negro, llenos de silencios, de pausas, de voces de fondo, de lágrimas, de susurros, de vacíos, dudas, de medias sonrisas, de pupilas sin fondo, de claroscuros, sombras y luces, penumbras, angustias, incomprensión, soledad, comunicación incompleta, búsquedas, deseo, el alma humana como trasfondo, como interrogante sin repuesta, la penumbra como misterio, la muerte como destino, la vida sin sentido, el hombre y la mujer ante su conciencia, la vida…

El expresionismo de El grito, el infierno sartriano, los silencios de Mozart y Erik Nordgren, el abismo como puente a lo desconocido, la introspección como ese espacio de duda que nos abre a un camino desconocido.

Me alegra leer a Woody Allen en Ingmar Bergman: Vida de un genio (http://apostillasnotas.blogspot.com/), identificarme con su mirada, recuperar aquello que intuía, sin acertar en las palabras, cuando hace casi treinta años vi Interiores y Sonata de otoño.

La pérdida del director sueco deja esa sensación extraña de las ausencias esperadas, de las despedidas anunciadas, del paso del tiempo, de lo inevitable, el sabor amargo, casi agridulce, de un atardecer cuando las sombras lo invaden todo, donde un ladrido desconsolado retumba en el horizonte y el último rayo se resiste a abandonarnos al iluminar unos ojos pálidos, tristes, desconcertados que nos miran ya desde la noche.

***

Hace poco vi Fresas salvajes, me gustó. Llevaba veinte años castigado sin ver películas de Bergman. Como quien no come chocolate porque engorda, porque el cacao le produce adicción, porque nos mancha los labios y da ardor de estómago. No sé, como los amores terribles. Creo que era Einstein quien bajo la lluvia, rechazó un paraguas, porque ya estaba mojado. A veces sienta bien que el agua traspase los poros de la piel, llegue hasta los huesos y nos acaricie húmeda, tibia. Cuesta mojarse al principio, pero luego no queremos abandonar el agua, como al sumergirnos en las crudas imágenes bergmanianas, llenas de sensualidad, desnudas, que se nos pegan a la piel como las gotas de lluvia.

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"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa" (Machado). "La poesía es algo que anda por las calles" (García Lorca). "No hay libros morales o inmorales. Sólo existen libros bien o mal escritos" (O. Wilde).

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