UN DÍA MÁS

Sí, ya sé, nadie muere la víspera. Yo sólo te aviso: imagina que te toca mañana, que llega tu hora, que esto se ha acabado. Algún día tenía que ser. Nada es eterno. Que por qué. Da igual, no hay tantas razones como creemos, no por mucho pensar razonarás mejor. Finiquito. Se acabó. The end. Las luces se encienden y no queda ni el acomodador. Déjate de títulos de crédito, de contraportadas, de últimos acordes, y abre bien los ojos.
No mires para otro lado, deja de subir el volumen, mírame a los ojos y no cambies más de canal. Apaga ese bicho y afronta tu presente, es lo único que tienes, como toda la vida, lo único que te queda.
Sal a mirar escaparates, a cruzar los semáforos. No los pases en rojo porque te llevarías un susto. Además, no te hagas el valiente, nunca lo has sido, no ibas a encontrar fuerzas ocultas precisamente hoy.
Sí, deja pasar a las abuelitas en los semáforos, para nada te servirá. Nadie te va a perdonar, no hay premios ni castigos, ¿aún no te habías dado cuenta?
Ya sé que no era esto lo que te vendieron de niño. Cuando te columpiabas con tus hermanitos te ofrecieron un paraíso, llevas muchos años esperándolo, y te niegas a aceptar que no existe. Juegas a la lotería como si te fuera a solucionar algo. Pero sigues jugando, miras los números, pones cara de contrariedad y hasta la próxima semana. Y sabes que no, que la próxima semana ni te atropellará un coche ni encontrarás la gloria. Que tampoco existe.
¿No te despides de tus hijos? ¿No les das el beso final? Algún consejo, un recuerdo, una señal, una aviso. Que ya suponías que las despedidas también son mentira. ¿Por qué has dejado tanta lucidez para este momento? ¿Por qué siempre dosificas todo? ¿Por qué llevas el reloj a cuestas como una cruz, como el farolillo rojo de una contrarreloj?
Sí, mira para otro lado, hazte el despistado. Distráete con esos ojos que te interrogan al atardecer. No te atreves a despedirte de ellos. No te atreves a dar el último paseo, a recorrer las callejuelas más conocidas. No te preocupes, nadie se apartará a tu paso. Los demás sí tienen ocupaciones con que entretenerse. Tú eres el elegido esta vez. El que va a dormir esta noche en tu cama, y nunca más. Mañana ya no será tuya.
Quemarlo todo. ¡Inténtalo! Sabes que eres incapaz, incapaz de hacer algo que no te enseñaran de niño, algo para lo que no estés programado. ¿Separarte? ¿Robar un banco? ¿Violar? ¿Escribir un libro? ¿Tirarte por un precipicio? ¿Donar todo a las monjitas? ¿Insultar a tu jefe? Para qué, para qué ahora precisamente. Límpiate los oídos, sí, oirás mejor y los gusanos disfrutarán más.
Te sientes como un zombi, sí. Deja de restregarte los ojos. No estás en un sueño, en la más horrible de las pesadillas. Esto es así de sencillo. Ya lo sabías, siempre lo supiste, desde que el sexo acabó con tu infancia.
¿Coger ese autobús? ¿Huir? A dónde, de qué, de quién. Bien sabes que no hay pasajes para ti. El último billete lo rechazaste tú mismo.
Y ahora piensas en la posteridad. Escribir un epitafio, el mejor epitafio jamás imaginado, el más original. No lo intentes, ya está todo escrito: los usan en los retretes del purgatorio.
¿Las últimas palabras, el último deseo? Piénsalo bien, por una vez no podrás rectificar ni arrepentirte. Piénsalo bien.
Ya no tires el reloj: para una vez que te servía de algo.
Felices sueños. Hasta mañana.
