TIEMPO DE SILENCIO

(…)«Te quiero:» «Te quiero.» «Te quiero.» «Te quiero.» «Te quiero», siente
Pedro que va su boca pronunciando, prometiendo, deslizando mientras
que lejos de sí mismo y lejos de ella, desde algún resquicio lúcido del
espíritu, contempla lejanas, abandonados, solos o automáticos, no
poseídos por él sino por algún demonio, los: dos cuerpos que se
estremecen íncubo-sucubinalmente tan lejanos, tan ajenos y perdidos
sin que no por eso el placer más violento al hombre concedido no irradie
y no le queme, a través de la distancia, allí mismo donde se refugia, en el pequeño espacio donde lo más libre de su espíritu se defiende todavía
un momento para entregar luego -como una hostia a un perro negro- inevitablemente la libertad y caer rendido.
Y hasta del vacío largo en que se sumerge y flota y se hunde de nuevo
buscando el fondo de un sueño que no llega. «Tienes que irte», le
despierta inexorable, devolviéndole a la náusea del coñac que le llena
toda la boca de una baba salada. Pero aún debe interrogarle. Le pone los dos brazos calientes sobre la nuca, lo besa, exige:
-¿Me querrás siempre?
«Siempre.» «Siempre.» «Siempre.» «Siempre», mientras se va
bamboleando hacia la oscuridad del pasillo lleno de objetos familiares y
de los olores que se derraman por las puertas entreabiertas : de las
alcobas donde los cuerpos sin gloria de los ancianos siguen expeliendo el aire respirado a intervalos regulares.(…)
Tiempo de silencio, Luis Martín Santos
