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29 Abril 2007

Las aventuras del tocador de señoras, Eduardo Mendoza

La aventura del tocador de señoras (Seix Barral, 2001) sigue la línea humorística de El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas. Estamos ante una comedia que bebe de personajes como Woody Allen, Cantinflas y G. Marx. Sí, bastante de Cantinflas.

De su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, mantiene E. Mendoza el estilo policíaco, esa trama detectivesca que va dando ritmo a esta novela. Y de su obra de mayor aliento, de La ciudad de los prodigios –esa novela total sobre la Barcelona de principios del siglo XX-, mantiene el interés por la ciudad condal, hasta el punto de ser el alcalde uno de los protagonistas de esta delirante y disparatada obra. La crítica social es el escaparate de fondo de este vodevil, un cuadro situado en los años noventa, tras el esplendor de los Juegos Olímpicos, en el que se arremete contra políticos, inmobiliarias y cualesquiera gestores públicos y privados. Este afán crítico y caricaturesco implica mantener un tono jocoso, usar un lenguaje más administrativo que literario, con cierto manierismo, ampuloso en ocasiones, que pretende ser gracioso durante más de trescientas páginas: tarea de antihéroe. Como el protagonista de esta novela de Eduardo Mendoza, quien parece no acabar de querer a sus propios personajes, de manifestar cierto desinterés por estos individuos de clase media, o más bien desclasados, a los que lanza en sus páginas a que ellos se las compongan como buenamente puedan. Pienso en el Jack Lemon de El Apartamento de B. Wilder, que no destaca por sus virtudes sino por sus carencias, pero a quien termina queriendo el espectador, porque nos lo acercan a la pantalla, nos dejan quererlo; en cambio,Mendoza, parece no preocuparse de esa cercanía afectiva. La aventura del tocador de señoras que he leído a gusto mientras sobrevolaba la península, a más de 1.000 metros de esta Barcelona querida y odiada por este original narrador que adopta el sentido del humor como estandarte de su actitud literaria, hay que leerla necesariamente en clave cómica.

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“En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”, J. L. Borges. “Embriágate sin cesar. De vino, de poesía o de virtud”, Ch. Baudelaire.

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