UNA GANGA PARA DESCANSAR ETERNAMENTE

Un vendedor de seguros se considera un gran psicólogo. Lo mismo le ocurre a los camareros. Y a los periodistas. Y sobre todo a las putas: “todos los hombre se desnudan ante mí: por fuera y por dentro”. Si el vendedor de seguros se especializa en entierros, debe seleccionar con mimo a sus clientes. No sirven los jubilados, ni los que cobran peligrosidad, ni los enfermos terminales, ni los conductores suicidas. El perfil del cliente de seguros de deceso responde a un señor que sigue dos series televisivas por semana, con barriga y entradas incipientes, con un chandal gastado de no hacer deporte, con muchas horas de espera en la puerta del hipermercado, con una memoria entrenada en alineaciones balompédicas, con dos hijos inquietos pero formales, con un utilitario cómodo y duradero, con internet en casa y en el trabajo, con fines de semana cortos e intensos, con la hipoteca pagada, con un boleto de primitiva fija a la semana, con actividad orgásmica esporádica y constante, con ropa del corte ingles y aceptables expectativas de vida, con estabilidad laboral y familiar, con dos o tres visitas semanales al bar de la esquina, una mensual al cine del barrrio, una trimestral al médico de cabecera, una semestral al tanatorio, una anual al bingo y una bianual al dentista.
El buen vendedor de seguros de deceso o entierro tiene interiorizadas estas y otras estadísticas. Con la intuición del seductor nocturno capta a sus clientes como las lagartijas cazan insectos. El vendedor de estas pólizas irrechazables -una ganga para descansar eternamente- afina el olfato y la nariz aguileña como buen sabueso.
La tarde que Fulgencio Aparicio, vendedor de seguros de vida, paseaba por la playa de las Canteras con la desazón deno haber vendido ninguna póliza, experimentó una alegría súbita al descubrir en la cafetería Júpiter del paseo marítimo, cerca del auditorio, a un Evaristo Henares, catedrático de sociología, atento en la lectura diaria del periodico.
Fulgencio A. se acercó con la cartera llena de folios por rellenar, con la seguridad del cazador que acorrala a la presa, con la vehemencia de un derrotado conductor de fórmula 1. En la barra se comportó como un dandy primaveral:
-Póngame lo que bebe ese señor, tiene muy buena pinta.
-¿Una Chimay, etiqueta azul?
-Sí, una de esas cervezas...alemanas.
-Belga. Cerveza belga – puntualiza Evaristo H. que se ve obligado a intervenir y puntualizar.
Fulgencio experimenta un subidón porque ha sido mirado por Evariso sin sospechar siquiera que es el máximo candito a suscribir una inmejorable póliza de seguros de entierro que cubre por un módico precio los gastos de sepelio, las flores, las esquelas, la propina al sacerdote y multitud de complementos contingentes e innecesarios.
Evaristo, cansado de la lectura, se distrae mirando a una joven, de piel oscura, que se arrima a la barandilla del paseo, contemplando cómo las olas surcan la playa y la brisa sacude su vestido. Como Fulgencio y Evaristo resoplan en la espuma de su cerveza.
¿Venderá Fulgencio el seguro de vida y muerte a un distraído y autocomplaciente Evaristo?
