La vida de los otros

Ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, de los Premios del Cine Europeo, y supongo que de cualquier otro al que se presente.
Ópera prima de Florian Henckel Von Donnesmarck, narra la vida en la RDA en los años ochenta y noventa. A lo largo de 137 minutos logra trasmitirnos emociones y sensaciones plenas. Con una estructura de buen thriller consigue meter al espectador en la piel de los personajes.
Destaca Ulric Mühela, en el papel de agente de la policía política, la Stasi. Con la misma cazadora durante toda la cinta, este hombre gris nos atrae por su humanidad, gris y en blanco y negro, pero llena de dignidad.
Estamos ante un personaje kafkiano, individualista, buen profesional, solitario, que cree a ciegas en los valores que le han trasmitido e impuesto (como la mayoría de la gente). Y que va poco a poco, paralelamente a la caída del muro de Berlín, se va transformando. Un hombre cerebral y frío que deja aflorar su sensibilidad y se va occidentalizando. Ahí está el quid de la película y quizá con tanto metraje, habría que hondar más en los motivos de ese cambio en el personaje. Se sabe que los espectadores nos lo creemos casi todo, pero con un guión tan soberbio, nos gustaría evolucionar más de la mano de este rutinario y fiel servidor público que acaba de cartero (como empezara Bukowsky, o los reyes magos).
La película es un canto a la esperanza, y a la independencia del individuo (lo que antes se llamaba Libertad; pero ya se sabe que las grandes palabras son secuestradas por colectivismos y manifestantes: en Berlín y en Madrid).
Las escenas iniciales sobre los interrogatorios, por su veracidad y crudeza, son notables. Y el final precioso: de matrícula.
Los demás personajes acompañan bien: el ministro (plano, salido, orondo, mezquino), el escritor ( intelectual, sensible, chaquetero, comprometido, frívolo, subvencionable: buen escritor), la actriz (visceral, guapa, la carne es débil, sensible).
Larga y hermosa película.
