El humo de la estufa

La estufa sacaba más humo que de costumbre y salimos a fuera con la mano en la boca, tosiendo y respirando con dificultad. Se había atascado la caldera. Nos subimos la cremallera del anorak con Juanito, y nos fuimos a deambular por las callejuelas, en una mañana fría y nublada en la que, por sorpresa, no tocaba escuela. Nos desperdigamos por la zona de árboles y matorrales y nos entretuvimos más de la cuenta.
A la vuelta a las aulas, notamos un clima raro antes de abrir la puerta. Intuías que regresabas tarde, muy tarde, pero algo más se respiraba en la atmósfera. Un silencio cómplice lo inundaba todo; cada alumno se situaba delante de su asiento firme, trémulo, erguido. El Director nos recordaba que la estufa había fallado porque algún gracioso, y sinverguenza, taponó la salida de los humos y casi nos intoxicamos todos. Era una falta grave, muy grave y tocaba encontrar al culpable, o a los culpables. Y nosotros, que habíamos vuelto los últimos, nos convertíamos en sospechosos, y ante nuestros ojos de sorpresa éramos diana de todas las miradas. Miles de ojos nos disparaban su veredicto acusador. Era fácil decir: yo no he sido, yo no he sido, tan fácil que ni te salían las palabras. Deslumbrados por la mentira como un gato por la luz, inmovilizados veiamos el infierno en esos ojos ajenos, estúpidos, que nos interrogaban.
Nos pusieron junto a los demás y pasaron los minutos, largos y tediosos, porque nadie hablaba, nadie pasaba páginas, y las piernas se cansaban mientras la estufa recuperaba su ritmo, el ruido y el calorcillo característicos del pasar de la mañana. Llegada la hora de la salida el culpable no había salido y tocaba desfilar uno a uno al despacho del Director, donde a alguno se le iba a ablandar la lengua y escapar algún nombre. No hizo falta, porque en el último rastreo visual del Director, se oyó a quién gritó: ¡yo no he sido, yo no he sido! Y resultó que sí, que había sido.
