De comunión

Había que aprenderse alguna frase bíblica, de ocho o nueve palabras. Y subir al púlpito y ante el atril pronunciarla con voz sonora, con la voz de un niño de diez años que debutaba ante un público familiar y crítico. ¿Y si me equivoco?, ¿y si no me acuerdo?, ¿y si tartamudeo?
-Bah, qué tontería, si tu no eres tartamudo.
-Pero…
Y te ponían nervioso, con tanta santidad, con tu dosis de responsabilidad, con el hacerlo bien, con no arrugar el traje. El traje de marinero, con sus adornitos, el silbato, los pliegues, todo en azul y blanco, tan lustroso e inmaculado, de primera comunión.
Estábamos en la capilla, todos en fila, firmes como soldados, cuando miré a mis zapatos de charol. ¡Jo!, qué mala suerte, se me habían desabrochado los cordones en el pie izquierdo. Quise agacharme a atarlos pero me frenó mi madre con una mirada desde la segunda fila. Tuve que disimular. Juntar las piernas, frotarme un zapato con el otro, mancharlos. Cuando oí mi nombre no recordaba la frase, y me dio un codazo Juanito, así que subí al púlpito solemne y rígido.
En el último escalón tropecé sin misericordia, con mala pata, y cayó al suelo la patena, doradita, sin hostias. El cáliz, inmaculado, relucía ante mí. Me incorporé como un pobre marinero y la eucaristía pudo consagrase. Sin más novedad a bordo. Mi capitán.
