Cartas

Decidí hacerme escritor. Crear para Rosa las cartas de amor más emotivas de la literatura. Y las más cursis, como deben de ser las cartas de amor. Y le escribí cosas así:
“Me despierto por las noches y estás ahí con tu camisón rosa, y me susurras al oído palabras de amor y me duermo entre tus brazos porque sólo tú sabes mimarme con esas manos que hacen temblar el mundo. Y cuando mueves tus deditos se pone en marcha la vida, y la luna se hace a un lado porque eres tú quien marca el ritmo de las cosas…”
Y le hablaba de cómo suben las mareas cuando ella contonea las caderas, de cuando sopla y cambia la temperatura en clase. De sus bostezos, pequeñitos, con esos labios mágicos, cuando se aburre en clase, que parece que llega un terremoto y yo miro hacia la ventana pero no se mueven las hojas de los árboles, porque el viento está dentro de la clase, creado por Rosa cuando suspira, o con solo inclinar la cabeza y tocarse la frente como si pensara, y las mañanas se pasan volando porque junto a Rosa la vida es un viaje espacial.
Y le escribo cosas así de cursis y de bonitas y doblo el papel y me lo pongo en el bolsillo del pantalón, y me quema mucho, y empiezo a sudar al acercarme a ella y saco la carta y la tiro a la papelera porque el amor es un estado de ánimo, una forma de contemplar las cosas, un viaje espacial, una mancha en el rostro de la luna, como vomitar en la cama un domingo de mañanas.
