Piscina
El verano era la piscina. Con el bañador, la toalla y el carné entrábamos en la zona ajardinada. Había duchas, humedecidas con sus charquitos:
-Ponte las chanclas, para no contagiarte de nada.
Pero nos descalzábamos. El agua de la piscina sabía fría al principio. Luego ya no querías abandonarla. Hacíamos la bomba, unas aguadillas, el muerto, y aprendíamos a nadar sin darnos cuenta. Un señor leía el periódico en el agua y lo salpicabas, como sin querer. Y te tirabas de cabeza, o de tripas. Al salir se te ponía la carne de gallina y al frotar la toalla te sentías protegido. Pero duraba poco, porque había que ir a estirar las piernas, jugar al balón o subir por las cuerdas.
Juanito me llamaba para seguir chapoteando en el agua, pero yo me cansaba, quería tirarme en el césped, sudar, y contemplar de reojo a Rosa, que se sentaba en la toalla con sus amigas. Rosa llevaba un bikini, rosa como ella, que casi la dejaba al desnudo. Sus carnes sobresalían en tan poca ropa. Abultaba más, parecía más mayor, más crecida, más mujer, más desarrollada, tan grande que la veía más lejos, porque pensaba que todos la miraban y la desnudaban con la vista. Yo la prefería vestida en clase, con pantalón y jersey. Anónima, más cerca de mí.
En la piscina se tiraba al agua y se formaba una catarata, como al abrirse una presa, como si un pajarillo sediento abandonara la jaula. Y el día empezaba cuando Rosa nadaba. Y al dejar el agua subía por la escalera como una actriz famosa, mojando todo de gozo, menos mi pobre bañador. La melena se le enredaba por el cuello como una serpiente letal y yo deseaba que me envenenara, pero giraba la cabeza a un lado y su perfil se iluminaba de gotas de misterio, que salpicaban chispas a su paso. Y seguía andando, como una modelo, y yo miraba a la pasarela y tenía que bañarme, porque en verano hace mucho calor. Y se suda mucho.
