Sesenta minutos y veinticuatro horas

En la mesa del fondo se sienta un joven delgado, alto, barbudo. Reza en voz alta, a un ritmo monótono, aburrido que atrae la atención de los estudiantes que giran sus cabezas asombrados, molestos, inquietos. La bibliotecaria se acerca titubeante: un estudiante mayor se enfada: ya vale, silencio, por favor. No insista, no le oye, está sordo, al menos no oye, ronda por las salas y no oye, no insista, no le oye. Los mira incrédulo, desde el más allá, sorprendido, agazapado tras sus pelos, no entiende nada, no sabe nada, duda, no sonríe, se esconde entre sus papeles, y escribe, con letra de niño, o de viejo:
Sesenta minutos y veinticuatro horas. Toda una eternidad. La vida por delante. La lucha como arma arrojadiza. El paso del tiempo, el clima, la sed, el hambre…la noche, el sueño, y la navidad, siempre la navidad, con su cesta de turrones y buenas intenciones, repleta de hambre y brillo, transparente, opaca u oscura, pero festiva, con cascabeles de cambio, y ruido, mucho ruido, para ensordecer conciencias y abrigar desamparados que vistan su conciencia de las mejores galas, porque casi todo está ya visto, y cada día hace más frío. ¿Calentamiento del planeta? O enfriamiento de las conciencias, día o noche, guerra o paz, árbitros o testigos, culpables o majaderos, vendedores hipotecados, laberinto de charlatanes que olvidan su pasado y subestiman al enemigo. La magia como recurso para hundir en la almohada los intestinos de la virginidad.
Qué grande es despertar en el desierto y saciar la sed con hormonas de clembuterol, y limpiarse en servilletas de petróleo en los fondos marinos.
De noches sobran vendedores ambulantes y alcoholímetros, y faltan serenos que ordenen la circulación, que sobrevivan a los incendios helados agitados por bolsas llenas de órganos trasplantados. Los basureros recogen de los cubos bolsitas de miembros amputados a los gobernantes del circo que habita en nuestros intestinos. Ya vale, la muerte nos espera, camaradas. Es tarde, muy tarde. Buenas noches.
Las mesas a su alrededor quedan desiertas, y los estudiantes siguen pasando páginas, y él, desde sus barbas, se levanta, coge su mochila, y erguido, sin altivez, mecánico y distante camina hacia la puerta, se va, y deja este papel, como muestra de su incapacidad, de su cordura , de su cansancio, porque llega la noche y las luces se apagan y es muy tarde y hay que cerrar , apagar la calefacción, recoger los libros en los estantes, irse, (¿a dónde?) para volver al día siguiente.
