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1 Febrero 2007

Sesenta minutos y veinticuatro horas

En la mesa del fondo se sienta un joven delgado, alto, barbudo. Reza en voz alta, a un ritmo monótono, aburrido que atrae la atención de los estudiantes que giran sus cabezas asombrados, molestos, inquietos. La bibliotecaria se acerca titubeante: un estudiante mayor se enfada: ya vale, silencio, por favor. No insista, no le oye, está sordo, al menos no oye, ronda por las salas y no oye, no insista, no le oye. Los mira incrédulo, desde el más allá, sorprendido, agazapado tras sus pelos, no entiende nada, no sabe nada, duda, no sonríe, se esconde entre sus papeles, y escribe, con letra de niño, o de viejo:

Sesenta minutos y veinticuatro horas. Toda una eternidad. La vida por delante. La lucha como arma arrojadiza. El paso del tiempo, el clima, la sed, el hambre…la noche, el sueño, y la navidad, siempre la navidad, con su cesta de turrones y buenas intenciones, repleta de hambre y brillo, transparente, opaca u oscura, pero festiva, con cascabeles de cambio, y ruido, mucho ruido, para ensordecer conciencias y abrigar desamparados que vistan su conciencia de las mejores galas, porque casi todo está ya visto, y cada día hace más frío. ¿Calentamiento del planeta? O enfriamiento de las conciencias, día o noche, guerra o paz, árbitros o testigos, culpables o majaderos, vendedores hipotecados, laberinto de charlatanes que olvidan su pasado y subestiman al enemigo. La magia como recurso para hundir en la almohada los intestinos de la virginidad.
Qué grande es despertar en el desierto y saciar la sed con hormonas de clembuterol, y limpiarse en servilletas de petróleo en los fondos marinos.
De noches sobran vendedores ambulantes y alcoholímetros, y faltan serenos que ordenen la circulación, que sobrevivan a los incendios helados agitados por bolsas llenas de órganos trasplantados. Los basureros recogen de los cubos bolsitas de miembros amputados a los gobernantes del circo que habita en nuestros intestinos. Ya vale, la muerte nos espera, camaradas. Es tarde, muy tarde. Buenas noches.

Las mesas a su alrededor quedan desiertas, y los estudiantes siguen pasando páginas, y él, desde sus barbas, se levanta, coge su mochila, y erguido, sin altivez, mecánico y distante camina hacia la puerta, se va, y deja este papel, como muestra de su incapacidad, de su cordura , de su cansancio, porque llega la noche y las luces se apagan y es muy tarde y hay que cerrar , apagar la calefacción, recoger los libros en los estantes, irse, (¿a dónde?) para volver al día siguiente.

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"La literatura es un oficio peligroso"(R.Bolaño). "Escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir" (Chejov). "Una persona moralmente irreprochable no escribe libros" (Giorgio Manganelli). "Compadécete de los que están mejor que tú" (Ezra Pound). “Siempre me ha producido verdadero espanto llegar a ser una persona útil” (Cioran).

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