Ratas

Me sentaba muy cómodo en el pupitre desde que Rosa no existía. Estiraba las piernas y podía chocar con la silla delantera, sin miramientos, con odio, sin disimulo.
En mi habitación clavé cientos de alfileres en la foto de Rosa. Disfrutaba con el sangrar de sus mejillas, con esos doloridos labios que yo agujereaba sin piedad. Se le caía el pelo y sus lágrimas me alegraban, porque ni el odio ni el amor son de color de rosa.
Rompí a pedazos esa foto ñoña y ridícula que hasta ayer besaba y adoraba. Con esos trocitos de papel, insensibles y sucios, hice una bola que mastiqué con mis colmillos, con rabia y placer. Los escupí por la taza del váter y tiré de la cadena. El agua caía por el rostro de Rosa y la mezclaba con la mierda para acercarla a las alcantarillas donde pestilentes ratas se darían un festín con esa sonrisa perdida en los estercoleros de la infancia.
