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18 Enero 2007

Descubrimiento


En la puerta del bar se juntaban los mayores en corrillos, para pontificar sobre el fútbol, la política y las mujeres. Cada uno era hincha de un equipo, y de un partido, pero todos, sin excepción, contenían el aire ante la presencia sacrosanta de la tía de Rosa. En posición de firmes, todos los tertulianos giraban la cabeza al unísono ante el taconeo de esa señora alta, enorme, omnipotente. Desde sus largos y sonoros tacones marcaba el paso, y los coches suspendían su marcha cuando cruzaba la calle y su contoneo de caderas exhalaba océanos de deseo. Su cuerpo escultural era un puente al más allá, un pasaporte al cielo de las divinidades. La tía de Rosa erguía sus pechos y las montañas empequeñecían, y sus pantalones parecían jaulas de pájaros repletas de leones.
El viento soplaba a favor de la tía de Rosa y su taconeo señalaba el futuro, el camino a seguir para un niño que quería ser mayor, que quería que su pantalón se abultara, para quien los carraspeos y soplidos que atronaban a su paso provenían de los supervivientes de un terremoto.
Ser mayor sería perder el pulso ante la tía de Rosa, dejar de lamer el helado de fresa y soñar con humedecer esa pintura al óleo que era su maquillado rostro. No dejarle posar más su mano en mi inocente hombro, porque su cercanía me hacía oler su sexo y quería descubrir su sabor, prohibido y tentador.
Una fría tarde en que las hojas se acurrucaban en las paredes y los perros se ocultaban tras los portales, una tarde hiriente y triste, abrí la puerta de mi casa y apareció ahí, como un carrusel multicolor, la tía de Rosa. Contuve la respiración, como los mayores, y resoplé con una media sonrisa, bobalicona y malintencionada, que surcó en mi rostro una leve arruga de adulto.
Las mujeres, vecinas y amigas, se apelotonaban en el pequeño salón de casa, y se mostraban telas y trapos, faldas, sujetadores, fajas.
—Sacas cara de enfriado, con este tiempo no me extraña. No entres a tu habitación, que va a probarse unas ropas la tía de Rosa en tu espejo.
¿Enfriado?, decía mamá, yo me sentía caliente y crecido, y la tía de Rosa surcó el pasillo con ropa interior colgándole de una mano y desabrochándose con la otra los botones de la camisa. Me puse casi tan firme como los hombres de la puerta del bar.
Con sigilo, me acerqué a la cerradura de la puerta, y me arrimé a la mirilla. Mis ojos se agrandaron como un gato deslumbrado. Fue descubrir la televisión en color, ver en la penumbra el cuerpo poderoso y mágico de la tía de Rosa, el cuerpo que dirigía la circulación en el pueblo, que influía en los ritmos respiratorios de los hombres más que los árboles, las medicinas o los humos de las fábricas.
Me acerqué, altivo y orgulloso, al bar del pueblo, pero nadie me creyó. Cuando pasó la tía de Rosa me saludó con familiaridad, con tanta familiaridad que los mayores me siguieron llamando niño.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

tutty

tutty dijo

Ay... esta juventud calenturienta...
Saludos, jajaja,

25 Enero 2007 | 03:29 PM

Guillermo Goussen

Guillermo Goussen dijo

Muy bien, pero cuidado con los adjetivos, sobre todo lo que quieren cualificar la belleza, es mejor el uso de la metáfora o el símil. Te abrazo

17 Abril 2007 | 10:34 PM

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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