Saltar a la comba

Cuando Rosa saltaba a la comba los semáforos se encendían y en la calle soplaba un viento que olía a azafrán y sabía a vainilla. La cuerda se erizaba y frotaba el suelo como látigo que castiga a un caballo. Una cuerda obediente a las manos de Rosa que balanceaba con ritmo, con la armonía de los caballos salvajes y libres que trotan al son de cuerdas invisibles. Como la que agitaba Rosa, invisible y mágica, que volaba y volaba, con saltos de cervatillo, con la frescura de las sábanas que se pliegan, suaves y perfumadas, como la piel de Rosa.
De sus labios salían frutas rosas, con gajos de dulzura, con azúcar y miel, como: el cocherito leré, me dijo anoche, leré…y su boca regalaba un aroma verde y azul, como: al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero… y se hacía de día con el danzar de su falda, con el baile acompasado de sus pies, cuando se agachaba Rosa y cantaba: soy la reina de los mares, tiro mi pañuelo al agua…
Y yo desde mi ventana la veía volar, arrastrarse por un viento de luz cuando jugaba a comba elevada, a tocino, a seguir la comba, y soñaba con que de las palabras de Rosa: invito a…¿A qué hora? A las tres. Que una, que dos y que tres...rompieran los cristales que nos separaban, se abrieran a la una, a las dos y a las tres, y de sus labios saliera mi nombre, una invitación, Rosa y yo…
...Rosa y yo, un sueño, un semáforo que se enciende, una cuerda invisible, un balanceo, un látigo que me castiga, unas sábanas perdidas en el tiempo, un cervatillo abandonado, leré, con olor a azafrán y sabor a vainilla, leré, una cuerda que erizar, otro día, leré.
