Días de niebla

Hay días tan oscuros que en la tele sólo se ve niebla, días tristes como esa mañana que Rosa tenía gripe y no vino a la escuela. Días aburridos, que te mojas tanto que pisas los charcos, que se te cae el paraguas y no lo recoges, que comes un huevo y lo untas sin pan.
El asiento de Rosa quedó vacío, parecía un pozo sin fondo, un tebeo con chistes malos, una playa sin agua. Miraba hacia su sitio y no veía nada, me frotaba los ojos y pensaba que me había equivocado de película, que me habían cambiado de familia, como cuando de más pequeño mamá decía: no estoy, no estoy, y yo lloraba porque me lo creía todo. Pero luego mamá me abrazaba, porque sí estaba, y todo era un juego.
Pero la gripe de Rosa no era un juego y ella no estaba. Y tendría fiebre y le dolería la garganta, y su pelo perdería suavidad y su sonrisa se diluiría, y nada tendría sentido.
De pensarlo me entró fiebre, y me puse blanco, y lloroso, y quería que se acabara el día, que se curara Rosa y volviera a sonreír, a lanzar sus carcajadas al viento para caer en mi cazamariposas. Pero estaba agujereado, vacío, inservible.
Sin los movimientos de cuello de Rosa, su melena no viajaba, y el aire se paraba en la clase. Era asfixiante, y yo me ahogaba y no podía respirar, como un médico sin enfermos, como un ciclista sin bici.
− ¿Tú también tienes gripe?−me preguntó el maestro.
Y ante las risas generales me sentí como un náufrago que se hunde, como un coche que se estrella, como si un día ya no saliera el sol.
No me desmayé, pero casi. Me entraron temblores y quise que me atropellara un tren. Nunca conocí una mañana tan larga, una clase tan fría, una niebla tan espesa.
Al llegar a casa me puse el termómetro. Quería tener tanta fiebre como Rosa. Si ella enfermaba yo también.
El termómetro no tenía sentimientos, y cuando lo vio mi madre no me dejó acostarme ni me cuidó como de niño. Y tuve que soñar todo el día con robarle la fiebre a Rosa, con desear su curación, con rezar miles de padrenuestros para que iluminara nuestra clase, para poder verla al día siguiente. Recé, lloré, hice promesas, dejé de cenar, no dormí, me santigüé hasta que me dolió el brazo y aun así no conseguí verla a la mañana siguiente. No porque dios no me escuchara, ni porque Rosa no se curara, sino porque fui yo quien enfermó.
De amor, pensé, pero el médico lo llamó anginas.
