La oficina

Papá tenía vacaciones, pero me dijo que le acompañara a la oficina. Había olvidado un papel; como si no hubiera bastantes papeles en casa.
La oficina parecía un supermercado, o un gimnasio lleno de mesas. Todo muy ordenado, repetido. Nos saludaron sus compañeros y compañeras, con amabilidad. Demasiada a mi gusto. Que qué niño más majo, que te pareces mucho a tu padre (qué tendrá eso de especial), que te gusta mucho nuestra oficina, ¿verdad?
Pues no. No le encontré ningún encanto. Vaya rollo. Montones de papeles y carpetas −expedientes los llamaba papá−, y muchos clips, grapadoras, tijeras. Bah, nada nuevo.
Un señor se esforzaba en hacer funcionar una máquina, la miraba con respeto, con demasiado respeto. Yo le iba a decir que apretara la manivela, y ya está. Pero me retuvo papá con la mirada, así que me contuve; luego me explicó que era su jefe. Ah, bueno.
Por lo menos en la oficina no eché en falta a Juanito. Ni siquiera a Rosa, que ya es raro en mí.
La verdad es que no me apetece más hablar de las cosas de los mayores, tan repetidas y aburridas. Mañana volveré a escribir de nuestras aventuras.
