Un señor que sudaba mucho

Me habían invitado al Torneo de Ajedrez de Benasque. Mi padre me acompañaba durante toda la semana al campeonato. Había Grandes Maestros, profesionales de muchos países: Bulgaria, Colombia, China… Bueno, yo jugaba con los niños de mi edad, y al resto sólo los veía competir en los torneos paralelos. Y en el restaurante.
–Papá, ¡mira, mira!
– Calla, Ignacio, no grites.
– Sí, mira, una pareja de guardias civiles.
– Ya, pero no señales con el dedo en público.
En el restaurante comía solo un señor que sudaba mucho. Se le veía nervioso. Se quitaba las gafas y gesticulaba, siguió tomando café cuando la pareja se le sentó uno a cada lado. Charlaba con ellos, les daba muchas explicaciones. ¡Jo! pensé que sería un delincuente, como en las pelis. Pero no le pusieron las esposas, ni nada. La gente comía, aunque todos miraban hacia allí, por el rabillo del ojo, disimulando.
–Sigue comiendo, hijo.
–Pero, ¿qué ha pasado, papá?
Mi padre hacía un gesto con la cabeza que quería decir muchas cosas, aunque no decía nada. A ese señor lo había visto jugando en el pabellón, no sé si era de los buenos.
Algunos jugadores mayores parecían un poco raros, metidos en su mundo. En las mesas extendían tableros pequeños y sacaban las piezas. Mientras comían comentaban las jugadas. Que si el caballo salta aquí, que si la torre defiende al rey, que si el alfil…no sé, les escuchaba, pero mi padre me distraía. Decía que no había que estar todo el día pensando en el ajedrez. Y eso que estaba muy orgulloso de mí. Y mi madre también, pero se había quedado en la ciudad porque tenía trabajo. El fin de semana vendría a vernos. Me acabé el postre, unas natillas de chocolate muy dulces y mi padre me dijo que saliera fuera a jugar a la pelota con otros chicos. Yo no quería irme, quería saber qué pasaba con los guardias y con ese hombre que sudaba tanto. Pero insistió y me fui con el balón. Me prometió contarme todo. Mi padre siempre me hace promesas. A veces, las cumple.
El pabellón estaba lleno de mesas con manteles verdes. Sobre ellas colocan los relojes, las planillas para anotar las jugadas y un montón de juegos de ajedrez. Esa tarde no vi en la sala al señor que sudaba tanto. Lo busqué con la mirada por todos los sitios, pero nada. Mi padre dijo que me concentrara en la partida, que me olvidara de todo. Tenía razón. Pero no conseguía concentrarme.
Jugaba contra una niña de gafas. Parecía mayor que yo. No sé, estaba más crecida. Más desarrollada, dijo papá. Era muy seria, como las de mi colegio. Pero esas no juegan al ajedrez. Esta sí. ¡Jo! Y muy bien. Me ganó en pocas jugadas. Menuda paliza. Yo pensaba que las mujeres no jugaban tan bien. Papá me explicó que había una húngara entre los diez mejores jugadores del mundo. Y que históricamente, por cosas culturales no habían practicado, pero ahora sí, ya lo había visto. Cuando se fue, la chica de gafas me sonrió. Papá dijo que tenía que acostumbrarme y se río. Sé que no se burlaba de mí, dijo que eran los nuevos tiempos. No lo entendí mucho.
A la hora de la cena tampoco estaba ese señor que sudaba tanto, ni los guardias. Papá me hizo comer una macedonia de frutas. Porque alimenta mucho y además mi madre se lo había indicado así. Pero no me convenció mucho, mientras lo decía miraba todo el rato a la camarera con minifalda. Bueno, casi acabé el plato. Muy colorista sí que era: amarillo, rojo, verde…pero de sabor sigo prefiriendo las natillas de chocolate.
Dimos un paseo y papá me contó historietas del valle. Del frío que hace aquí en invierno y de lo frondosos que son los bosques. Y, sobre todo:
–Ese señor, hijo…
– ¿Ese señor que sudaba tanto?
–Sí, estaba enfermo, era muy nervioso y se había escapado de una residencia…
– ¿De un manicomio?
–Bueno, había venido a jugar porque tenía mucha afición.
– ¡Jo!
–Se lo llevaban para curarlo.
–Oye, papá, y ¿si yo juego mucho, mucho…?
– ¡Bah!, hijo, no te preocupes. Tú mientras disfrutes, sigue jugando. Hay que bajar la comida un poco antes de acostarse y este paseo nos va muy bien a los dos.
Y como corría brisa, me puse la chaqueta y papá me la abrochó hasta arriba, no fuera que me enfriara. Al día siguiente jugábamos de nuevo.
