Pálida luz en las colinas, K. Ishiguro.

El escritor Kazuo Ishiguro (1954), de origen japonés, vive en Gran Bretaña desde los 6 años. Esta novela está narrada por una mujer japonesa que se trasladó a Inglatera, donde se suicidó su hija mayor. En ella se entremezclan el recuerdo no superado de esta pérdida con vivencias del pasado en el país nipón.
La imagen de una niña en un columpio está presente a lo largo de la obra. Y a mi me remite a la anterior novela reseñada aquí (El columpio, de Cristina F. Cubas). Casualidades austerianas. Bonitas coincidencias que enlazan unos libros con otros, donde las palabras se entrecuzan e intercambian, y es agradable verlas juguetear por sus páginas, en estos juegos malabares.
Destaca en Pálida luz en las colinas el enfrentamiento generacional, la ruptura producida en Japón a raíz de la 2ª Guerra Mundial. Cómo los mayores se agarran al pasado y los jóvenes rompen con la tradición: antiamericanismo frente a la democracia occidental. Son jugosos los diálogos que estas disputas suscitan.
Quizá lo único que se demora en exceso son esas conversciones, mayormente femeninas, donde se repiten y alargan las charlas. Quizá sea el ritmo oriental pretendido, como cuando ves una película de A. Kurosawa que tienes que entrar en otro tempo, aceptar que todo es más lento, más pausado (como en el anuncio del ron caribeño).
Hay una niña en la novela que bordea lo fantástico, la otra realidad, como una funambulista que no llega a caerse; una niña bruja, encantada, traumatizada, apasionadamente malvada. No opino así de los que he encontrado en lo poco que leí del Nobel Kenzaburo Oe, que me recordaban a esos histriónicos niños de los concursos de videos orientales, donde lo macabro se disfraza de normalidad. Sí me gusta Yasunari Kawabata; y espero leer pronto Tokio blues de Haruki Murakami.
Leer Pálida luz en las colinas es adentrarse en un libro de fácil lectura, agradable, que seduce y da ganas de conocer más la obra de K. Ishiguro.
