Brooklyn Follies, Paul Auster.

Abrir una novela es como entrar en un túnel. Someterte a las reglas de un juego creado por el escritor. Lo tomas o lo dejas, como casi todo en la vida. Y Paul Auster parte de esta premisa al introducirnos en sus rompecabezas, dejándonos ver como caen las piezas, aun a sabiendas que al final encajarán a la perfección. Que todas caerán en el momento adecuado, en el lugar oportuno.
La prosa de Paul Auster seduce a diversos públicos porque sabe entretener. Parte de personajes, casi siempre escritores, de clase media, sin problemas económicos graves, con un pasado que les disgusta y un presente que les aburre. Ahí llega P. Auster con su barita mágica y surge la chispa. Rocambolescas peripecias secuestran al protagonista de la rutina y entra en un tiovivo de vicisitudes que nos obligan a pasar páginas sin parar.
En Brooklyn Follies un jubilado decide retirarse a vivir tranquilo, a ver llegar la muerte. Abandonado y desengañado de la familia, con recursos económicos, piensa engañar a su soledad escribiendo El libro del desvarío humano. Pero aparece su sobrino Tom y cambia su vida. Nuevas emociones les surgen a los dos y crean toda una nueva familia.
Escrita desde la primera persona, el narrador se permite más proximidad al lector, un lenguaje más directo y sencillo. En la trama hay intriga, investigación detectivesca y altibajos porque “sin tedio, no hay gozo”. Y la atmósfera tiene ese color en blanco y negro, como homenaje a Brooklyn, más próximo al cine negro que al mundo del cómic, que ya se puede llamar austeriano. Aparecen personajes interesantes y seductores (granujillas pero buenos: Harry, Aurora, Lucy ) y otros planos y dogmáticos (los malos: David, Gordon ).
Al final le sale una historia feliz y como anillo al dedo encuentra el 11 de Septiembre para envolver esa dicha como parte del pasado y dejar el interrogante en el lector sobre el futuro que a todos nos tocará vivir. ¿Cómo será?, lo veremos en la próxima novela de Paul Auster.
