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La Coctelera

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4 Mayo 2006

El abuelo.


El abuelo frunce el ceño al asomarse a la ventana. El viento y los nubarrones le producen escalofríos. Una capa de monotonía cubre su soledad y busca fuerzas para salir a la calle. Como siempre, el recuerdo de su nieta le da ánimos para abrigarse. Enfundado en la bufanda y el gabán, sale de compras por el barrio.
Las aceras se han cubierto de nieve, de barro, de una capa pringosa como de café con leche. Pisa con cuidado y se para ante un escaparate con ropas de muchos colores. El maniquí viste unas braguitas que bien podrían servirle a su nieta. Le parecen estampadas, aunque su vista, extraviada por los tiovivos de su memoria, no diferencia con claridad las tonalidades.
Coge las braguitas para su nieta y busca a la cajera con tesón. Se agobia de tanto roces, codazos, empujones…Echa mano de las pastillas en el bolsillo del abrigo, donde deposita, sin fijarse, el regalo para su nieta. La tos, como un huésped vitalicio, mezclada con el asma y los sudores, le acosa sin piedad. Pasa un mal rato y va recuperándose entre carraspeos. Al recuperar fuerzas, se dirige a la puerta de salida. A pesar del frío cree que le sentará bien el aire puro. Cruza la barrera metálica y una sirena escandalosa no deja de sonar, un pitido intermitente que le identifica. Se siente desorientado y al llegar los guardias se excusa ingenuamente:
–No, gracias, ya me encuentro bien, puedo salir solo.
Lo miran con ironía y lo invitan a acompañarles. El abuelo no entiende ni recuerda nada, pero percibe que una mancha de angustia se ha instalado sobre él. La memoria del pasado le trae malos recuerdos de uniformes como estos que le hacen sacar las cosas de los bolsillos. Ahí aparecen las pastillas, los pañuelos, las llaves…y una braguitas que de súbito acaricia y confiesa que son para su nieta.
Los guardias lo miran burlonamente y en tono algo prepotente le explican muchas obviedades. Se siente débil e indefenso, sin muchas fuerzas para explicar lo que resulta ser un simple malentendido.
Minutos más tarde abandona el comercio cabizbajo, y sin braguitas para la nieta. Regresa a su apartamento y deja en el perchero la bufanda, el abrigo y las pocas ilusiones que le quedan. Anochece, el frío cubre las calles, y el abuelo bombea la calefacción para espantar la insolidaridad de la memoria colectiva.

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"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa" (Machado). "La poesía es algo que anda por las calles" (García Lorca). "No hay libros morales o inmorales. Sólo existen libros bien o mal escritos" (O. Wilde).

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