Llamadas telefónicas.

Así titula R. Bolaño uno de sus libros de relatos.
Yo me acuerdo más de P.Auster que me pisó el tema literario. Como él en Ciudad de cristal recibí llamadas telefónicas preguntando por un detective. Debía ser que el anterior usuario de mi nº era un detective italiano. Cada nueva llamada estuve a punto de suplantarlo, de convertirme en un Carvallo.
Otras veces aparece en el visor "llamada oculta". Al contestar te cuelgan y te quedas sin comunicación. Acabas pensando, con O.Wilde y Valle Inclán, "que hablen de uno, aunque sea bien". Lo malo es que ni hablan, ni te dejan hablar. Te cuelgan, te molestan, te importunan. ¿Por qué? ¿Para qué?
En los hoteles dejas señal para que te despierten y suena el teléfono con desagradable puntualidad. No hace falta cogerlo porque es un mensaje grabado.
Ahora, con los móviles, es gracioso lo que grita la gente, por la calle, en las bibliotecas, en bares, y menos graciosos son quienes olvidan que están contigo porque un tercero le habla por ese objeto totémico, fetiche, mágico. Se podría aplicar también al móvil las palabras de J.L.Borges en El Zahir:
"Hubo un astrolabio de cobre, construido de tal suerte que quien lo miraba una vez no pensaba en otra cosa, y así el rey ordenó que lo arrojaran a lo más profundo del mar, para que los hombres no se olvidaran del universo".
