Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías.

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda.
Hay inicios de novelas que por su contundencia marcan el territorio, acotan el espacio por el que ha de moverse el lector.El argumento cuentan que está inspirado en una antigua novela de A. Moravia.
Javier Marías juega con el tiempo, y el mañana del título -que procede de Shakespeare- se confunde con el pasado, y en ese juego de memoria, de conciencia, de secretos, ocultamientos, presencias y ausencias, con la muerte y sus fantasmas que se enredadn con los nuestros, es por donde transita Mañana en la batalla piensa en mí.
Desde la primera persona, el narrador nos relata las peripecias de un personaje urbano, culto, posmoderno, de laxa moral, adúltero...que constantemente está cuestionándose sobre las situaciones en las que se ve involucrado. Un personaje poco empático, con el que resulta difícil identificarse asépticamente, al tiempo que nos quiere involucrar en sus desventuras, como si nos preguntaran: que levante la mano quien no tiene algo turbio en su pasado, algún suceso que quisiera borrar de su biografía. Y estos sucesos son los que manchan nuestro mañana, de los que queremos limpiarnos y librarnos, aunque nos atraigan peligrosamente.
Frente a la culpa dostoievskiana del XIX, el individulismo de finales del XX como ejercicio de supervivencia cotidiana.
Son más simpáticos los pasajes en los que los cenáculos literarios no salen muy bien parados. Pero los momentos cumbres de la novela se encuentran en el personaje del rey (el de España, sí). La parodia, irónica, respetuosa, divertida, reveladora, podría ser un homenaje al costumbrismo palaciego, o una caricatura del poder.
La obra se mueve por la introspección psicológica, por la narrativa ensayística, con el narrador-conciencia con largas parrafadas en las que llega a confundirse la voz del protagonista, con la del rey, con la del marido, por emplear el mismo registro linguístico, y quizá por ello, Ruibérriz que se nos vende como el más amoral de todos, acaba siendo el más simpático, el más sincero, el personaje mejor trazado, el hombre sencillo y directo en un mundo donde nada es lo que parece, en una sociedad dominada por las apariencias, donde se nos recuerda que
el cortejo sólo es el disimulo de lo que no es más que instinto,
donde
el disimulo es siempre forzado en las noches inaugurales,
las noches que se fingen impremeditadas.

Antonio Ruibérriz de Torres dijo
Pues que queréis que os diga, estoy totalmente que Javier Marias me saque como personaje en sus novelas. No es que yo sea tan amoral como el personaje, pero me gustó leerme. Otros en mi familia le reprendieron por utilizar el apellido familiar y él aprovechó la ocasión para escribir un artículo en el Semanal.
Yo no soy capaz de llegar a la profundidad del análisis que habéis hecho, sin embargo sé que la novela me gustó y que su estilo me pareció excelente.
20 Septiembre 2006 | 11:01 PM