Un millón de Luces, Clara Sánchez.

La Torre de Cristal es un gran edificio de oficinas, una colmena inmensa, con sus redes y celdas. En ella trascurren las horas de un enjambre de empleados que contemplan “Un millón de luces” a través de los cristales.
Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) ganó el Premio Alfaguara de Novela del año 2000 con “Ultimas noticias del paraíso”. Los habitantes de un barrio residencial eran ahí los protagonistas de su radiografía de la ciudad moderna y de la vida urbana contemporánea. En “Un millón de luces”, su última obra, se centra en los trabajadores; en particular los ejecutivos de una gran empresa.
En su inicio, la novela muestra ambientes con rasgos kafkianos, y conforme avanzamos se trenzan intrigas y tramas que nos involucran en las vicisitudes de los personajes. Ellos y ellas son actores que desfilan ante nuestros ojos como en una película; así era de esperar de una cinéfila como la autora.
La protagonista se sitúa en una fría oficina, donde pasan las horas, como en los entrañables cuentos de Benedetti. Desde la primera persona, nos relata las grandezas y miserias de los compañeros y, sobre todo, de sus jefes.
El edificio de “La Torre de Cristal” es un “no-lugar” (como dijera Marc Augé), un espacio que se reinventa a sí mismo, donde ocurre de todo, y en él nos encontramos casi como en casa.
Clara Sánchez sabe trasmitirnos detalles y matices de los lugares que nos describe, como un detective, y como buena escritora nos acerca con sutileza a esa otra realidad que habitualmente no sabemos ver.
Como un apicultor ante el panal, en “Un millón de luces” vemos desfilar abejas reinas, zánganos y abejorros, todos dispuestos a conseguir la mejor miel.
