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Categoría: relatos

8 Noviembre 2009

En ausencia de Sonia

 

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=599006

 

La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger, quizá vuelva. Hay papeles y bolis en desorden, abandonados. Sonia no ha venido.

Miro a sus compañeros y rehúyen mi pregunta. Trabajan como si nada hubiera pasado, será que ha pasado algo. Se respira un aire contenido, un clima de voces ahogadas, de pausas molestas. Sonia no ha venido.

Hago las gestiones como casi todos los días que me acerco a su oficina. Hoy la silla de Sonia está vacía. Huele a duelo, a ausencia, a secretos compartidos, a voces profundas y vacías. Se habla más que otros días, en la oficina de Sonia, en su ausencia. Falta su risa.

Me acerco a su mesa, como para ser atendido por su sombra, por el fantasma que puebla mis recuerdos. Sonia no me contesta. Nadie me contesta. Busco gestos de explicación en los brazos que aletean, en los teléfonos que suenan. El teléfono de Sonia no suena.

La recuerdo explicativa y amable: por favor, un momento, no se preocupe, cuando a usted le venga bien, intercalando su sonrisa, acompañando su voz con palabras de ánimo, con empujones de afecto. Todos buscábamos la mesa de Sonia. Te demorabas para que ella te atendiera, para recibir sus consejos, para que con sus manos embelleciera feos trámites.

Nadie se ha atrevido a recoger la mesa de Sonia. Nadie ha puesto flores sobre la mesa de Sonia. Nadie se atreve a sentarse ante la mesa de Sonia.

Ojeo el diario local y mis pupilas se detienen en las esquelas, en busca irremediable de unas iniciales que empiezan por ese. Por la sonora letra que inicia su nombre. No aparece. La silla de Sonia está vacía y su nombre no aparece en las páginas de ayer ni de hoy.

Sonia ya no existe, Sonia dejó su recuerdo como una sombra luminosa que nos vigila desde algún lugar. La ausencia de Sonia es una broma pesada, un agujero en nuestras conciencias. Sonia nos dejó y su silla nos invita a acompañarla en la distancia. Sin preguntas, con voz susurrante.

La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger.

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26 Octubre 2009

Incolora

 

Acurrucado en los matorrales siente el aliento cercano a la yugular. Las gotas de sudor que rebotan en la tierra es el único sonido que percibe. Con la boca reseca, nota el paladar helado. Dolorido, no puede mover el brazo izquierdo. Recuerda momentos de gran placer.

            Envuelto en las sábanas saboreaba el elixir de orgasmos interminables. Nunca pensó que acabaran. Nunca pensó que percibiría sensaciones más intensas, más terribles. Se acariciaban los cuerpos, olían su piel. Se aferraba a sus pechos, humedecidos de saliva. El roce de los dedos, las piernas unidas, lo acercaban al éxtasis. La sangre adquiría el color del fuego.

            Un viento oscuro le atraviesa la nuca. El frío se le incrusta en los huesos y le entran ganas de rezar, después de tantos años. Un olor mortuorio lo sacude. El brazo derecho tampoco le responde. Como una apisonadora, lo aplasta el gélido tacto de una mancha negra. No ve el color de la sangre.

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27 Septiembre 2009

Un capricho

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=591889

Qué caprichosa soy, tengo cuatro primeros para elegir y quiero la ensalada de aguacate y langostinos que no sale en el menú. Sí, soy caprichosa. Me gusta ver las películas que aún no han estrenado, probarme el vestido que ayer adornaba el escaparate, leer un libro descatalogado, me gustaba asomarme al cuarto de mis padres, quería abrir su mesilla, esconderme en el armario, me gustaba el novio de mi mejor amiga, me gusta poseer lo imposible. Lo fácil apenas me seduce. Qué caprichosa soy.

Me identifico con Eva y con la manzana. La fruta prohibida tiene un sabor agridulce, me da un cosquilleo en el estómago que a veces la escupo y otras la saboreo. Se me llena la boca de un jugo afrodisíaco, con la lengua juego a hacer ruiditos con la saliva, hincho los carrillos y mi cabeza empieza a dar vueltas como si celebrara un baile de neuronas. Esa manzana ya no la encuentro en casa. Cuando abro la puerta oigo la televisión y a Julio adormecido en el sofá. Ya sé que no es culpa suya el que no tenga trabajo. Ya sé que tuvo mala suerte en el último empleo, que fue víctima de una que llevaba a la práctica mis sueños y huyó despavorido, mi Julio.

Me cuenta, Julio, que ha subrayado varios anuncios en el diario, que mañana buscará las calles, intentará precisar algún dato más. Pasado se decidirá a abordarlos. No le digo nada. Por eso me lo repite, bajando la voz, a la espera de mi confirmación. No se me ocurre nada. No quiero herirle. No quiero herirle más.

A mí en el trabajo me va bien. Me han nombrado responsable de zona. Exactamente no es un ascenso, lo llaman una promoción. Dependerá de las ventas que obtengamos este mes para que me dejen fija en el despacho, para que no tenga que salir a diario a vender los productos de limpieza por los comercios. Yo me lo paso bien de vendedora, charlando con los clientes, enseñando los muestrarios, comentando lo caro que está todo, la inflación y esas cosas, tomando cafés en vasos de plástico, aparcando en doble fila. Se crean unos lazos de afecto en estas visitas de comercial que me dejo seducir por mensajes en el móvil, por las tarjetas que me caen en los bolsillos. Cuando las miro tengo ganas de contactar, de saber más de esos comerciantes que sólo pudieron dedicarme unos segundos. Llego a casa cansada. Julio me mira desde su soledad, desde el puente que se eleva entre nosotros.

Me han invitado a esquiar. De niña no aprendí a esquiar. El fin de semana aprenderé a esquiar. Me apetece aceptar la invitación. Me iré a esquiar. Un capricho.

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11 Septiembre 2009

GESTOS RAROS

 

                                 

             Estaba segura de que iba a aprobar. Llevaba todo el año estudiando, desde la tarde hasta muy entrada la noche, cuando el silencio se apoderaba de mí, cuando despiertan los primeros pájaros, cuando los más madrugadores del edificio comienzan su ritual. Los sonidos desacompasados de grifos y tuberías me hacían bostezar y me estrellaba contra los libros, apoyando los brazos cansinos en la mesa. Como sonámbula, dejaba el último café ya frío, me acercaba a la cama y me perdía en mis sueños.

            Los sonidos de la mañana me eran ajenos, salvo el taladro inoportuno de algún vecino. Esperaba al mediodía para desperezarme. Con prisas me acercaba al supermercado a coger una barra de pan y cualquier cosa precocinada: lasaña, croquetas, verdura. Cuando Mario llegaba encontraba la mesa puesta, el mantel limpio, los cubiertos ordenados y algún adorno en el centro. Alrededor, comida recalentada, poco fresca.

            Mario no se quejaba. No se quejaba de nada, eso es lo malo. Entendía que era una opositora, que me esforzaba mucho, que le echaba muchas horas. Entraba de puntillas para no despertarlo y él supongo que hacía igual al levantarse, apenas nos veíamos.

            A la comida, sí. Nos recibíamos con un sonoro beso: los primeros días, los primeros meses. La convocatoria se fue retrasando, el BOE se convirtió en nuestro enemigo, en un amante indiscreto.

            - ¿Ya salió en el BOE?

            -No, todavía no.

            Un silencio nos acordonaba, como el que me daba sueño de madrugada. Pero éste era más prolongado. Encendíamos la tele, fregábamos los cacharros, él ojeaba la prensa y yo me distraía con mis postales, con la ropa, con cualquier cosa que difuminara nuestro futuro.

            Mirar el BOE era tarea de mi hermano. Lo llamaba cada día y siempre respondía:

            -No te preocupes, dicen que pronto saldrá.

            Para darme ánimos. Mario también, pensaba yo entonces. Me lo creía. Al principio, durante meses lo creí, cuando llegaba hambriento a saborear la comida. Luego perdió el apetito, poco a poco. No me había dado cuenta, como no percibes un kilo de más en quien ves a diario. Mario no tenía  un kilo de más ni de menos. Estaba igual, de aspecto físico. Me di cuenta el día que me puse a cocinar. Me había hartado de esas comidas. Compré ternera para guisar. Y alimentos frescos: pimientos, tomates, zanahorias. Quería sorprenderlo. Pero no, no se sorprendió. Disfrutó tan poco como con cualquier otro plato. No untaba pan en las salsas, no se acabó el vaso de vino, ni quiso postre.

            Llegó el examen. Me sabía el temario de memoria, aunque me puse nerviosa. Estaba convencida de mi éxito. No podía fallar.

            Mario estaba expectante, como quien ve una película en un idioma que no entiende. Me empezó a mirar algo raro. Eso me parecía a mí.

            -Cómo me miras, Mario.

            -Cómo te voy a mirar, tú eres la que hace gestos raros.

            Yo hacía gestos raros, según Mario. Nunca olvidaré esas dos palabras. Me veía como a una drogadicta con el mono, al menos podía haberme visto como a una embarazada con antojos.

            Salí del examen contenta, satisfecha. Relajada, no. Mario esperaba que estuviera relajada. Que todo volviera a ser como antes. Que no hubiéramos dejado de hablarnos, de confiar el uno en el otro. Que pudiéramos hacer bromas. Al final lo que menos le importaba era si aprobaba o no. A mí al final lo único que me importaba era si aprobaba o no. Sólo quería aprobar mi examen: ya no era nuestro examen.             Cuando llamó mi hermano, el teléfono sonó diferente. Triste y lloroso, me comunicó el suspenso.

            Mario ya estaba recogiendo sus cosas. Se llevaba sus cuadros, los muchos discos que compró, los pocos libros que tenía, la bici me la quería regalar, oxidada, se la rechacé, la tiramos al contenedor, se fue sin besarme. Sin preguntarme la nota.

            Me quedé sentada muchas horas, inmóvil, sin entender nada, como viendo una larga película en chino o en árabe. Por fin me di una ducha muy fría. Caía por mis pechos un chorro que no se dirigía hacia la izquierda ni hacia la derecha. Un chorro de agua neutro y frió que me hacía poner caras, gestos raros, muy raros, porque no sabía si había perdido más el tiempo con la oposición o con Mario. Todavía me lo pregunto cuando me sorprendo ante el espejo con gestos raros.

 

 

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26 Agosto 2009

Manchas

Una mancha en la alfombra. Una mancha verdosa se extiende por la alfombra. Gorgotea impúdica. Reverbera ante mí y me atemoriza. Me hipnotiza con su cadencia, con un sonido cristalino, con lo monstruoso de su presencia. Chirrían las puertas y me hipnotiza. Se abre la ventana y me lanzo al vacío. Ríe sin piedad la mancha verdosa de la alfombra, ante mis miedos, ante mi pasado. Ventilar las alfombras es peligroso.

 

 

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26 Agosto 2009

Sin estufa

 

 

            La tarde escolar quedó fría, con la estufa gripada, las bufandas al cuello y los catarros al aire. Agachados tosíamos mirando el techo calcinado, el hollín que ensuciaba el aula, abatidos, pegados al suelo como ratas. Como roedores que se auscultan, miserables. El maestro se ausentó del aula y nos dejó encharcados, hundidos en el fango de nuestros deseos. Alguien encendió un cigarro y el humo se coló por nuestra ansiedad. Una compañera juguetona, rubia, inocente serpenteaba por los pupitres. Con la cremallera bajada, rota del pantalón vaquero sonreía sorprendida y asustada. Tras los cristales se hacía la oscuridad. Las demás chicas abandonaron la clase, y ella, presa en un laberinto, quedó atrapada en la ratonera. Los alientos se mezclaban, los cuerpos se juntaban. Cuerpos de adolescentes grasientos, bigotudos, con granos machacados por la cara, por todo el cuerpo, apelotonados como cochinos, en una granja con jadeos, sin estufa, con olor a machos salidos tras el perfume de una joven, de ella. El tumulto produjo empujones, soplidos, toqueteos, caídas, frotamientos, sudores, lágrimas. Mucho ruido y poca luz, que se apagó. En unos segundos los pantalones se repusieron y la espantada fue general.  Cada uno se refugió en sus granos, en la soledad de amarillentas pañuelos. Ella, abandonada, tocada, se ocultó en un pantalón macerado. Huyó desconsolada, víctima de una estufa apagada, del calor del establo.

 

 

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17 Agosto 2009

Hipócritas sonrisas

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=585509

 A mis setenta y nueve años soy vieja; otras querrían estar como yo. Lavo mis blusas, me aseo a diario, salgo a comprar por las mañanas, hasta tengo móvil. Nos mandamos mensajes con mi nieta, cuando usa abreviaturas que parecen jeroglíficos ni su madre la entiende. Toda la vida haciendo caligrafía, poniendo comas, haches, acentos, y ahora a desaprender: a mis años, cuesta.

Mi hijo se extrañó el otro día al verme con una zapatilla de cada color. Me confundí al ponérmelas, sí, lo reconozco. La primera vez que me equivoco en los últimos cuarenta años. No es tan grave, pero sé que le impresionó. Como a mí. No dijo nada. Por eso mismo sé que se asustó: los silencios dicen más que las grandes palabras.

Leo muchos libros. Me gusta más que ver la tele, llena de gritos y noticias tristes. Con los libros entro cada vez en una nueva aventura, como de niña cuando correteaba por el patio, perseguía las gallinas, me escondía detrás del pozo, subía a la tapia o aprendía a montar en bicicleta. Paso las páginas y mis recuerdos viajan por un desordenado álbum de fotos. Aparece el día de mi boda, el nacimiento de mi nieta, mis compañeras de colegio... Me quedo transpuesta en el sofá, despierto al caer el libro al suelo y me voy a la cama.

Ahora necesito una pastilla para dormir y refugiarme entre las sábanas. No huelen a sudor ni a sexo. Están limpias, ni frías ni calientes, suaves como mi camisón, como fue un día mi piel. Minuto a minuto se oscurece todo, descanso una noche más.

¿Mañana Mañana ordenaré el armario del trastero. Quitaré telarañas, ahuyentaré fantasmas, destaparé vetustas cajas y fregaré el suelo: con fuerza, con lejía, abrigada por mi soledad.

Por la tarde iré a las pruebas médicas. El hospital, la iglesia y el cementerio me resultan tan familiares como a mi nieta las discotecas, la universidad o los preservativos.

En el bolso escondo una muda limpia porque sospecho que pronto mis viajes de entrada ya no tendrán salida. Los hospitales son níveos, limpios, asépticos, como la sonrisa de los hipócritas. El que quiera morirse que espere unos días, que agonice como un insecto, que implore minuto a minuto, que rece mucho. Yo cada vez rezo menos.

 

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7 Mayo 2009

Bajo los soportales

 

El Cojo se acurruca bajo los soportales. Se repliega, cansinamente, enfundado en su raído anorak. Con la piel curtida por los años y las heridas, se pone cómodo, estira una pierna. La otra, la que perdió de joven, hace como que la flexiona. Ahí, larguirucho, muestra el muñón, para aprensión y desagrado de los viandantes. Sin escrúpulos -quien nada tiene, nada tiene que perder - se exhibe al mundo, le ofrece su desnudez, la autenticidad de un hombre, o lo que de él resta.

Impertérrito, socarrón, el Cojo se ajusta la gorra de ciclista con el mimo de la modelo en la pasarela. Pero no lleva espejo ni usa maquillaje, sus cicatrices son producto de compañías mal avenidas, de noches interminables y oscuras. Sitúa un miserable pañuelo sobre las baldosas de los porches, y espera. Su trabajo es esperar, contemplar las caras de asombro y de desprecio a su alrededor; hacer una mueca, con sonido gutural incluido, cuando algún despistado echa una moneda. Por caridad, piedad, o por vaciar de calderilla los bolsillos; igual le da. A sus años no conoce de razones y menos de moral.

Hace frío, el Cojo tiene frío, y se frota las manos con la ansiedad del vendedor que va a cerrar un gran negocio. Pero el Cojo no negocia, sólo escupe con rabia en sus bastas manos para restregarlas por su ropa, por el suelo y por los arrugados cigarrillos que quema sin parar. La calle, ese espacio abierto de libertad, al Cojo le da frío, nauseas, porque es su casa, el único hogar del que no puede escapar. La calle es su cárcel, una isla en la que está condenado a perpetuidad, donde las casas son un muro como el agua para quien no sabe nadar.

Las noches, largas y silenciosas, reverberan en su memoria en forma de pesadillas, de fantasmas sin civilizar. Los noctámbulos que las recorren a horas intempestivas lo despiertan, lo devuelven a su cruda realidad. Con la botella siempre próxima, se enjuaga la garganta y las penas para recuperar la somnolencia. El alcohol es el desinfectante que apaga sus recuerdos y lo libera, temporalmente, como un secuestro o un viaje en la noria, de un presente anodino e insípido.

El Cojo descansa y ronca en su palacio de cartón cuando unos jóvenes, altos, limpios y alegres, lo rodean y golpean con patadas. Regresa al mundo de los vivos sorprendido, asustado. Ante él ve a tres muchachos imberbes y bravucones. Los oye gritar, reír, burlarse de él sin disimulo.

La calle se deviene por enésima vez en prisión de sus anhelos. No se pregunta qué habré hecho ahora. El Cojo no sabe de causas o porqués, sí de hechos consumados, de barbarie y salvajismo. No hace falta disponer de un cómodo salón amueblado, con televisión en color y pantalla ultraplana, para conocer que son frecuentes los apaleamientos a vagabundos como él.

Mira a los ojos al más fortachón de los tres, sabedor de que siempre hay que cortar las flores más crecidas para igualar el jardín. Se mantienen la mirada: uno, dos, tres segundos, casi una eternidad. Y el silencio, que se puede cortar con el filo de una navaja, se apodera de la noche, la impregna del suspense propio de películas inundadas de heridos y cadáveres. 

El viento atraviesa los porches como pidiendo perdón, sin querer molestar, con un susurro que hace aún más siniestra la noche. A lo lejos, un perro ladra desconsolado cuando los semáforos se ralentizan, adormecidos. Todo se demora, como las voces en los velatorios.

El Cojo escucha el nombre de su madre, de toda su familia, y siente miedo, pánico. Como dice la leyenda, por su mente pasa filmada la película de su vida. En blanco y negro, cómo si no en una vida oscura y gris, sin el bullicio de los niños o el calor femenino, sólo salpicada por el rojo de la sangre y el amarillo de la desolación.

El Cojo parece que va a rendirse, que vaya a implorar la piedad de alguno de esos santos en los que nunca llegó a creer.

Un transeúnte se acerca por la otra acera, con paso dubitativo. Mira con dificultad, producto de una miopía repentina, crepuscular. Se frota los ojos, balancea los brazos como quien lucha con el diablo, con su diablo, y sigue caminando.

Los tres jóvenes demoran sus actos como fruto de un ritual. Marcan el paso con aire marcial y dibujan un semicírculo en torno al Cojo, que recuerda las imágenes de una gran olla ardiendo rodeada de caníbales. Acerca su mano derecha al bolsillo, en un gesto mecánico, aprendido, como cuando de joven frecuentaba los aparcamientos y protegido por la nocturnidad forzaba las cerraduras de los coches. Para ello disponía de algún objeto punzante, pero tras algunas reyertas y sórdidas noches en los calabozos, no le queda ni una navaja a la que agarrarse. Sólo encuentra un sucio pañuelo.

 Cuando se refleja en el espejo la dama negra, cuando todo está perdido porque ya nada tiene sentido, es el momento de enfrentarnos al futuro. De mirar hacia abajo, ante el precipicio, como ahora mira el Cojo a sus enemigos. Con los ojos acaramelados, arruga la frente, se araña la cabeza, y saca dolor, odio.

De lo más profundo de sus entrañas, procedente de algún inhóspito rincón donde se depositan las energías más poderosas, emerge un grito salvador que ni él mismo reconoce suyo. Un grito penetrante como una aguja. Un grito estridente como las sirenas de las fábricas. Una voz grave, ronca, que hace iluminar las ventanas de la vecindad.

 Este grito redentor desconcierta a los jóvenes, que dudan, discuten entre ellos y se frotan los ojos molestos al descubrir los primeros rayos que les deslumbran al llegar la noche a su fin.

El Cojo ve cómo se distancian los jóvenes, cabizbajos, con desgana. Por esta vez se ha librado. Como un lobo estepario, se queda con el tatuaje de su soledad. Una mancha que ya no le abandonará.

 

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"La literatura es un oficio peligroso"(R.Bolaño). "Escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir" (Chejov). "Una persona moralmente irreprochable no escribe libros" (Giorgio Manganelli). "Compadécete de los que están mejor que tú" (Ezra Pound). “Siempre me ha producido verdadero espanto llegar a ser una persona útil” (Cioran).

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