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La Coctelera

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Categoría: relatos

6 Junio 2011

SÁBANAS

 

 Me dijo: te regalaré mis sueños, y me agarré a la barandilla cuando un viento eterno nos inundó. Volaron sus sueños por la escalera y se elevó a alcanzarlos como una mariposa en celo. Se acurrucó en el sofá con el ronroneo de las gatas que saben acariciar el futuro, desplegando su dulzura por la habitación. Con un vasito de agua mojó mis ilusiones. Olvidó sus calcetines de colores entre las sábanas de placer. Quise probármelos con ayuda del calzador del deseo y pude darles forma entre la almohada y el edredón. Espero que alguna ráfaga venturosa atraiga hacia mí la dicha que me inundó. Arrimado al teléfono, cambio calcetines por sueños, sediento como pájaro que no sabe volar.

 

 

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6 Junio 2011

DENTISTA

 

  Coincidimos en la sala de espera. Me miró desde su flemón, sin sonrisa, con dolor. Me acerqué al revistero y hojeé una publicación de implantes, caries y dentaduras postizas. Me juré que me lavaría siempre los dientes, que aprendería a sonreírle. Cuando entró a la consulta, la oí gritar desde un sufrimiento insoportable. Sentí sus quejidos, cómo era perforada con un torno, violada por un brazo articulado. Tiré la revista y fui a salvarla del hombre de bata blanca que le clavaba el bisturí. Cuando abrí la puerta, la sorprendí en el aspirador de saliva, sonriendo.

 

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6 Junio 2011

GRATIS

 

            Le dijeron que todo era gratis y se lo creyó. Creció en una burbuja rodeado de atenciones y mimos. Coge lo que quieras, niño. Y él entendió: todo se ha hecho para mí. Su nube se fue empapando al sonar las alarmas de los supermercados, o al no robar todas las sonrisas que deseaba. Lo compensaba con sustancias peligrosas, refugiado en la magia de su tarjeta de crédito. Paga el banco, pensaba. Disfrutaba día y noche porque todo le parecía gratis. Lo ascendieron por su maestría, por esa habilidad suya de no pegarse a las cosas, de ser generoso sin saberlo, de sentirse el emperador en el país de los eunucos. Subió y subió más peldaños con la facilidad con que desciende un escalador. Cuando lo detuvieron, se extrañó de que en la cárcel todo fuera gratis.

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31 Mayo 2011

Futuro

 

Siempre que me llama me recuerda lo mucho que me quiere. Me habla de deseos,  intenciones, de su inmenso amor hacia mí. Me lo creo, me gusta que me halague, me gustan sus susurros, al otro lado, allá lejos.

Algún día nos veremos.  

 

 

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23 Mayo 2010

Babel

 El bibliotecario escondía los libros por los rincones. Fue acumulando páginas y páginas hasta recurrir a las cañerías del edificio. Los orificios pedían a gritos ser llenados. En las tuberías se intercambiaban las palabras en un puzzle desordenado.  Palabras como Amor, Simpatía, Frescura, Ligereza se agolpaban letra a letra con Cabezonería, Peluca, Prótesis o Frontispicio. Un tapón de letras convulsionó la biblioteca. Lluvia de sílabas se desparramaron por las salas. De Ternura y Franqueza surgió Terqueza; de Lavabo y Ciempiés,  Lavapiés; de Gordura y Simpleza, Singordura. Un nuevo lenguaje iba ganando espacio entre las mesas y los estudiantes cerraban los libros por temor a que cambiaran de significado. Alicia a través del espejo pasó a llamarse Índira  en el sofá de cristal, Cien años de soledad La noche más concurrida, Don Quijote de la Mancha Los aerogeneradores de Castilla-León, La metamorfosis de Kafka Sueños de un insecticida, La metamorfosis de Ovidio El cambio climático. Se cerraron las puertas, se sellaron las ventanas y expertos en desinfección y bibliotecología con guantes y mascarillas analizaron el trasvase de fonemas que producía mezcolanza y vértigo, curiosidad y desparpajo gramatical. Como si de un nuevo esperanto se tratara, todos salieron balbuceando un extraño esperanto en busca del bibliotecario que escondía libros por los rincones, en busca de un nuevo saber entre borgiano y kafkiano, de una palabras novedosas y raras a las puertas de la era digital, ante el silencio de los últimos árboles caídos.  

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11 Abril 2010

Garajes

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=623936

 

Con una bolsa en cada mano vuelves del súper. Entras por el garaje porque es más corto el camino. Está bien iluminado, nada que temer. A mitad de trayecto, entre coche y coche, se apaga la luz. Te impregnas de oscuridad. ¿Dónde están los interruptores? ¿Qué hacer, cómo salir? Miras a tu alrededor, adelante, atrás, no ves nada. Con las bolsas en las manos te sientes indefenso.

Avanzas un poco a ciegas, desconcertado, vulnerable. Oyes ruidos de cañerías, hueles la humedad que inunda el garaje. No quieres desprenderte de las bolsas, de tus bolsas, de tu compra. Quedas por un momento paralizado, pierdes la orientación, la noción del espacio, no te atreves a medir las distancias, estás ciego. El tiempo se alarga, lo cuentas, uno dos tres segundos, una eternidad. Ya volverá la luz, piensas. Por arte de magia, o de algún samaritano que encienda el interruptor.

Ves un destello de luz y acercas tu mano. Te da un garrampazo. Lo malo no es el calambre, lo malo es la cara que se te queda, y el miedo, el miedo que se pega como las telarañas. Oyes ruidos, voces extrañas. Alguien anda tras de ti. No te atreves a girar la cabeza, ¿para qué? Recuerdas cuando te asaltaron con la navaja, cuando quedaste encerrado en el ascensor, cuando te atropelló el coche, recuerdas cuánto miedo has tenido: no te atreves a mirar atrás.

Los pasos siguen su cadencia, ahora a tu izquierda, acompasados, te giras un poco y oyes por las rendijas de la ventana cómo se alejan, ahí fuera. Tú sigues aquí en el garaje a oscuras, oyéndote la respiración, con las bolsas a tus pies. El congelado se irá derritiendo, la fruta aún estará madura, la carne todavía no está putrefacta, ni huele a pescado, porque sólo han pasado unos segundo. Unos largos segundos desde que se fue la luz. Como mucho unos minutos.

Los cinco minutos, ahora recuerdas, a las ocho de la tarde, de apagón solidario con el clima.

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21 Marzo 2010

El reloj del cura

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=620743

La sacristía se impregnaba de silencio. Los techos altos hacían que todo pareciera grande, enorme desde los ojos de un niño. La presencia de don Jesús imponía, tan serio, tan grande. Te miraba y creías todo lo que decía. Sus brazos de piel morena contrastaban con el reloj metálico, plateado. Le ayudabas a ponerse la sotana sobre los pantalones de tergal y se trasformaba. Al dejar sobre la mesa el reloj nos perdíamos en el tiempo como si entráramos en una postal. Ayudarle a vestirse era un ritual. Levantabas los brazos, hacías ademán de echarle una mano y se arreglaba ante el espejo.

Con el otro monaguillo, murmurábamos por lo bajini, sonreíamos. Pero cuando estabas a solas te ponías solemne, con cara de álbum de comunión, de niño bueno. Llegaba el mosén y te acariciaba la nuca. Te importunaba, como cuando te dan una colleja.

Lo más emocionante era tocar las campanillas, plateadas como el reloj del cura que quedaba en la sacristía durante la misa. Te hacías marca en los dedos, casi te salían callos. Acertar el momento exacto de hacerlas sonar era tan difícil como recoger la mesa en casa sin tirar un plato. Mirabas hacia arriba con disimulo en busca de alguna pista y te cegabas de la luz que entraba por las vidrieras.

Lo más especial eran las vinajeras. Sobre todo la que llenaba el cura de vino. Después guardaba la botella bajo llave y te sonreía con picardía. Era como decirte: cuando seas mayor, ya verás, ya.

Al pasar la bandeja te echaban calderilla. Pesaba tanto por las monedas que llegabas a creer que tenían mucho valor. Los que no echaban nada miraban para otro lado. Don Jesús contaba el dinero, con minuciosidad, pero sin alegrarse mucho. A mí no me tocaba propina, para eso tenía que haber una boda, o algo así.

Al dejar la sotana, don Jesús parecía que se quitaba un peso de encima. Volvía a sonreír, como los astronautas al volver a la Tierra. Pero ese día buscó el reloj y no lo encontró, había desaparecido. Menudos juramentos se oyeron.

Abandoné la iglesia cabizbajo, con los bolsillos vacíos, frotándome las manos por imitar al cura, o por el frío.

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18 Marzo 2010

Nuevos tiempos

De no escucharlo, de no prestarle atención, se muere mi radio-despertador. Con una voz ronca, agonizante, pronuncia su último quejido. Perdidas las emisoras por el paso del tiempo, el sonido de la alarma desaparece.

Lo sustituyo por un aparato digital, más exacto, de precisión irritante.

Resintonizo las ondas del viejo reloj y vuelve con una voz desconocida. Parece hablarme desde el más allá, como un predicador en el desierto. Más allá del tiempo, es un joven resucitado que reinterpreta el pasado, que se adelanta al futuro, se burla de la censura y me augura agridulces sucesos.

Me resulta insoportable su memoria, ahora que iba a ser feliz en un mundo previsible.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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