Categoría: pinceladas
28 Octubre 2009
Me inquietan las imágenes turbadoras. Dice el poeta que caminamos hacia la oscuridad de la luz. Prefiero asirme a la belleza. A la efímera belleza que reconcilia con la vida. Hallo el elixir purificador en unas sonrisas: la magia de lo indecible. El fulgor de las palabras, la calidez de unas voces cómplices, el arrullo que me abriga. En un día nublado de otoño no siento ni frío ni calor. Desterrado el limbo, queda el purgatorio como espacio de transición, esfera cristalina que mana salud. Bajo los portales evito las sombras, el olvido del infierno, la luz cegadora. En los días impares un viento irisado oculta el sol.
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21 Octubre 2009
Hablar mucho alarga la vida. Lo dice Rojas Marcos. Psiquiatra. También dice que las mujeres, que hablan mucho, viven más, más años. La longevidad, la esperanza de vida, los muchos años como criterio de salud, de salud física y mental. Los que no hablamos mucho, escribimos; algunos hablan y escriben mucho; pobres de los que ni hablan ni escriben. Los que escribimos, aunque hablemos poco, también movemos las neuronas. Pero no es lo mismo, no hace falta llamarse Rojas Marcos para entender que no es lo mismo. No hace falta ser optimista, como Rojas Marcos - optimista antropológico dicen ahora- para saber que no es lo mismo. Al escribir intentas comunicarte, pero no es una comunicación directa, la comunicación es diferida, en espera de un futuro lector, una seudo-comunicación. Si lo pienso bien, es bien triste escribir. Parece que dejemos de hablar para escribir. La escritura es un oficio y dejas de hacer otras cosas para ponerte a escribir. Hay algo de renuncia en el acto de escribir. Es una elección más: toda elección es renunciativa, excluyente. Hasta cuando escribe el optimista de Rojas Marcos hay un elemento de renuncia. Escribir es dejar de hacer algo, mientras escribo no puedo ver la televisión, ni contar las moscas, ni tocarme las narices, ni siquiera hacer cosas más productivas. Sólo jugar con las palabras, no con las personas, sólo con las palabras, porque escribir implica concentración, soledad, aislamiento, renuncias sociales. Elegir es complicado, necesario, es ejercer el libre albedrío, optar, tomar partido, decantarse por esta o aquella palabra en detrimento de otras. Hablar mucho alarga la vida, aunque en Los viajes de Gulliver nos proponían acompañarnos de los objetos para identificarlos y no castigar las cuerdas vocales, nuestras laceradas cuerdas vocales. Pero al hablar no nos referimos sólo a los objetos. ¡Qué va!, lo de menos son los objetos, o las personas, al hablar nos referimos al mundo, a todo y a nada, a las relaciones, sensaciones, deseos, es un pasar el tiempo, un dejar pasar el tiempo. Como cuando escribimos, pero con alguien delante, con alguien diferente a la pantalla del ordenador, que se ríe, que suspira, que mira de reojo el reloj, que se distrae de vez en cuando, que nos responde aunque no siempre nos dé la razón, hablar es diferente, y alarga la vida. Escribir sirve para pasar de página, para matar el tiempo, para jugar con las palabras, pero no te haces más viejo por escribir más. A veces pienso que escribir me aleja de la vida, aunque tampoco creo que la gente hable para alargar la vida. Qué cosas dicen los psiquiatras. Mientras hablan, mientras dicen estas cosas, los psiquiatras creerán que se alarga su vida. Hablar por hablar; a veces no difiere tanto hablar de escribir, de callar.
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19 Octubre 2009
La lluvia es como la tristeza, empapa y empapa, sin tiempo a secarnos. Húmeda y caprichosa, la tristeza, se adhiere a los huesos y no deja salir el sol. La lluvia cae gota a gota, vertical y duradera, hacia abajo, se expande como la gripe. Con el calor se seca la lluvia, la tristeza se adapta al buen tiempo. En primavera y en otoño no hay chubasquero que nos proteja, siempre llueve cuando menos lo esperas. En verano y en invierno somos más precavidos, nos abrigamos o desnudamos más. Pero en entretiempo quedamos vulnerables. Despreocupados nos arrasan los vientos del equinoccio, sea en primavera o en otoño la tristeza se pega a la piel. Como un forastero indeseable la piel se reseca y hace mella en las costumbres, en el mal genio, en la apatía, en el hastío, en el frío que lo cubre todo. Llueva o no llueva, el frío se cuela por las persianas y arrasa con las cortinas, con las lágrimas, descorcha la pintura, agrieta las manos, reseca el carácter. Es triste hasta con el amor, es más triste aún con el amor. Con la falta de amor es permisiva, la tristeza. Con el amor se recrea, hunde sus garras en el amor y lo carcome, con fruición, lentamente, como las termitas. En primavera y en otoño es mejor cerrar bien las ventanas, no dejar un resquicio al mal humor, tender la ropa fuera, ventilar las habitaciones vigilantes y atentos, con la escopeta cargada de alegría. En los tardes de otoño un pájaro de mal agüero deposita sus excrementos en la ventana de nuestra felicidad. Para un otoño placentero hay que desempolvar las alfombras hacia fuera, libres de virus y malas compañías, vaciando los cajones, despejando los pasillos, liberando las motas de tristeza que arañan la memoria. Lo mejor es tender las fotos boca a bajo, como la lluvia, esperar que salga el sol y ver si tienen manchas. Las fotos amarillentas hay que lanzarlas al contenedor de basura que no admite reciclaje: la tristeza es contagiosa.
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15 Octubre 2009
Se llama Watches. Parece ser un spam, un correo que me envía mensajes indiscriminadamente. Llevo todo el día recibiendo estos correos, que ahora he conseguido banear. Si no cambia de IP, no me molestará más. Cosas de la informática: Ipes, spam, baneos, emails. La jerga informática, los nuevos lenguajes, la tecnología, las herramientas de la información, de las telecomunicaciones. Me siento ante el ordenador, desde la oficina o desde el escritorio de casa y creo ver pasar el mundo ante mí. Y me entra la sospecha de que éste no es el mundo. Será la realidad virtual. En pocos años nos hemos familiarizado con unos conceptos tan explícitos que resultan sospechosos. Watches anuncia relojes y joyas, se publicita en inglés ante mí, ante mi blog, ante mí, aunque yo no sepa inglés. Lo de menos es el trabajo, el esfuerzo absurdo de borrar más de cien comentarios, que se parece a espantar moscas. Cuando las moscas me rodean, cuando parece que son más poderosas que yo, llega un momento que me rendiría, que me flojean las fuerzas, que me canso de luchar, si me paso el día matando moscas pocas cosas más podré hacer. Las moscas me acercan a lo efímero, a la naturaleza etérea, prescindible. Los relojes (Watches) ven pasar el tiempo, que corre y corre. Creo que era San Agustín quien decía que sabía lo que era el tiempo pero era incapaz de definirlo. A Lope le ocurría con el amor. Hoy ya son habituales los novios virtuales, los amores por internet, las relaciones que pasan la prueba del tiempo. Queda en el aire una sensación indefinida, un extrañamiento que se pega en la piel, un cierto malestar, un picor agridulce con el contacto del teclado, un viaje sin movimiento, el pasar de los años tan pausadamente, letra a letra, como las agujas del reloj.
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5 Octubre 2009
Si la página no aparece a la primera, vuelvo a teclear. Es muy fácil teclear, con sólo mover el dedo índice lo reintento. El tecleado digital nos acostumbra a llamar dos y tres veces, a volver a probar. En el mundo analógico estábamos acostumbrados a que un No era un No, con los ordenadores comprobamos que nada es definitivo, que la provisionalidad forma parte de nuestra vida diaria, que llamar de nuevo a la puerta tras una negativa es lo habitual. La señora del Banco me dice que me cobra comisión, pero si hacemos un atajo, un apaño, un trato que ella misma me propone, no me la cobran, la comisión. Sumiso y obediente le digo que sí, que lo que ella diga, que hasta yo prefiero que no me cobren comisión. Qué fácil, que fácil es contentarnos. Ante los Bancos, antes los grandes números, nos doblegamos y casi volvemos a la calle contentos, humildes, dignos. El dinero tiene el sabor amargo de la suciedad de los billetes que se llenan en los bolsillos de motas de polvo. En esta mañana otoñal, de un lunes soleado y fresco, compruebo que las mayores colas se forman ante los Bancos (siempre con mayúsculas) y los estancos, que incluyen tabaco y loterías, los vicios. Como con el dinero, nos pasamos los días contando, midiendo, comparando. El índice de desarrollo humano, la enigmática calidad de vida, el índice de confianza del consumidor. Llenamos el ordenador de números y él nos da el resultado, y nosotros nos lo creemos, nos lo queremos creer si nos favorece, si no buscamos excusas. Los datos que no nos favorecen nos devuelven el frío de la infancia.
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2 Octubre 2009
Una foto otoñal de un almendro en flor. En la escuela nos contaban la leyenda del califa cordobés que plantó almendros para simular una nevada. Por amor. Por amor dijo Neruda: quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos. La primavera es propicia a los excesos. En otoño nos conformamos con el caer de las moscas.
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2 Octubre 2009
También el deporte está sobrevalorado. Parece fácil decirlo hoy, el día de las olimpiadas, que ha sido el día de las no-olimpiadas, para Madrid. No hace falta estar en contra de las olimpiadas, no hace falta desear el no de Madrid para reconocer que el deporte es un gigante de papel. El deporte, incluido el fútbol, sobre todo el fútbol, y el deporte competitivo, el deporte de competición, que en realidad es un pleonasmo porque todo deporte es competitivo por definición. Recuerdo una conversación años ha entre Vargas Llosa y Sánchez Drago contra los excesos del deporte, Vargas Llosa que está ahora en la cátedra del Real Madrid y Sánchez Dragó que era hijo de locutor deportivo. El director de la cátedra del Real Madrid escribió unas diatribas muy divertidas contra el deporte en Los cuadernos de Don Rigoberto en las que se burlaba del tópico mens sana in corpore sano. Yo también desconfío de las bondades del deporte, de la práctica del deporte, del demasiado deporte. Los más deportistas, los muy deportistas, son obsesivos, tan obsesivos por otro lado como otros que encontramos fuera del mundo deportivo, pero de ahí a considerarlos sanos, los más sanos por lucir un cuerpo vistoso y flamenco hay mucha distancia, cuando se comprueba a diario que los más deportistas son los más sensibles a los cambios de temperaturas, con pocas reservas, tan faltos de grasas que son físicamente muy vulnerables, expuestos al movimiento del viento como las ramas de los árboles. No envidio a los deportistas. De joven practiqué deporte, practiqué demasiado deporte de joven y ahora me conformo con verlo por la tele, de vez en cuando, dosificadamente, no como cuando lo practicaba que era exagerada, obsesivamente. Ya sudé bastante el chándal de joven, hice ya deporte para toda la vida, no quiero volver a salir de casa con el chándal puesto, es de los casos en que tengo clara la unión entre lo ético y lo estético. Los viejos chándales los utilizo para limpiar y otras faenas menores en casa, que envejezcan conmigo, los chándales, que sufran, el deporte es otra cosa, el glamour exterior frente al sufrimiento interior. Es muy sufrido el deporte. El entrenamiento es duro, constante, repetitivo. Me recuerdo con quince años yendo a entrenar con la bolsa a cuestas (de niño me veo con la cartera a cuesta y de joven con la bolsa deportiva), cruzar mi pueblo durante más de media hora para cambiarme de ropa, entrenando diariamente, subir y bajar cuestas pisando el barro en tardes oscuras con las zapatillas manchadas, saltando charcos pringosos a cero grados de temperatura, todo para preparar el partido del domingo, para intentar jugar unos minutos en el partido del domingo, un partido que probablemente perderíamos por goleada, en pueblos donde nos recibían con malas miradas, para enfrentarme a los insultos y empujones de los defensas, para acabar bajo la ducha de agua fría en tardes de invierno desapacibles, poco deportivas. La práctica del deporte, del deporte competitivo la revivo más como dantesca que lúdica. El deporte, el demasiado deporte, las medallas de plata, las copas que se oxidan y amarillean en los estantes, las gotas de sudor que mezcladas con lágrimas mojan las camisetas, las pruebas contra reloj, las pastillas, los empujones y zancadillas por quedar el vigésimo primero y no vigésimo segundo, los árbitros, los comités, la prensa, la familia, los entrenamientos, las duchas frías. El deporte sabe a cerveza caliente, a paella recalentada.
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1 Octubre 2009
Retrasar la edad de jubilación es injusto para los más pobres. Lo dice un Observatorio social, un mirador, un organismo que se ocupa de nuestro bienestar y del bienestar de los mayores y de los pobres. Los pobres están de enhorabuena: todos se ocupan de ellos. En las ordenanzas municipales, en la Ordenanza de convivencia de Huesca, se prohíbe la mendicidad. ¿Qué harían si no los servicios sociales del ayuntamiento? La mendicidad no cotiza -como la prostitución- ni paga impuestos. Ahora van a subir los impuestos. Para que todos contribuyamos, para que paguemos un poco más. La edad es un grado y los pobres también quieren jubilarse. Es injusto trabajar más para seguir siendo pobre. Llega un momento, con la edad, que compruebas que ya no serás rico, que nunca llegarás a rico, lo que también supone un alivio, una descarga de responsabilidad. Polanski se había acostumbrado a un ritmo de vida alto y ahora sólo dispone de cinco euros diarios en prisión (nunca he sido muy de Polanski pero si fuera un intelectual de prestigio también firmaría a favor de su excarcelación). Dice Belén Gopegui que con frecuencia confundimos apoyar una causa con el compromiso. Yo estoy por el tercer mundo, yo por los pobres de mi barrio, yo lloro por las despistadas ballenas que se acercan a las playas, yo soy partidario de que se limpie el monte. Empezar una frase en primera persona y acabarla en tercera es sospechoso. Retrasar la jubilación es injusto, hasta para los pobres, sobre todo para los pobres. Trabajar a cierta edad resulta repetitivo, por muy deprisa que pase el tiempo, y cada vez pasa más rápido el tiempo, trabajar cansa y envejece. Si te retrasan la jubilación, te sientes un niño victima de promesas incumplidas. A cierta edad ya no crees en el futuro, miras más atrás que adelante, piensas que llevas el reloj al revés, como si anocheciera antes. A mí me ocurre al escribir, cuando llego al final de la página, aparece un espacio en blanco, el salto de página, un vacío, como si me jubilara, una sensación de vértigo, ¿sigo escribiendo?, ¿me empobrezco más? Escribir es saltar a ciegas a la caza del lector. Con la edad, dudas si enriquece jubilarse.
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