Categoría: pensamiento
25 Agosto 2009
En un comentario en Internet leo: "gracias, ahora descubrirán todos tu belleza interior a través de tus poemas". Qué ingenuidad. Hay que recordar con Pessoa que todo poeta es un fingidor. Todo poeta y todo escritor, y todo creador, todo soñador, todo artista, hasta los aspirantes. La creación surge de la ficción, de las ensoñaciones, y de la técnica. La falta de técnica deja desnudas las obras, descubre la arquitectura, el esqueleto de la obra, la trastienda, las enaguas que sin querer se enseñan. (Diferente es enseñar la ropa interior intencionadamente, como cuando en el teatro se enseña la tramoya al cambiar de escenario entre acto y acto sin bajar el telón; cuestión de modas, de tendencias, de actitudes, de desvelamientos, propio de una época en que la ocultación ha transmutado de la discreción a la sospecha). Quien despliega buenos y demasiados sentimientos en su obra o es un mal escritor o una mala persona. Hoy citaba Enric González a Céline y su novela: Viaje al fin de la noche. Decía y suscribo yo: una de las mejores del siglo XX; y se preguntaba: ¿A quién le importa que fuera nazi? Criterios semejantes podrían aplicarse a otros grandes autores: Ezra Pound, Knut Hamsun, Heidegger... ¿Sería Rousseau el padre de la pedagogía si no hubiera abandonado a sus hijos de pequeños? ¿Neruda sería mejor o peor poeta de no desentenderse de su hija enferma? Probablemente mejor persona, pero no mejor poeta. La vida y la obra. El autor y su obra. ¿Hace falta citar a Picasso, Cela, Dali...? Suele ser decepcionante acercarse a un autor a quien admiras a través de sus obras, porque lo idealizas, le pides demasiado, lo sobrevaloras. Decía Oscar Wilde: no hay libros morales ni inmorales, solamente libros buenos y malos. No se limita a decir libros bellos, dice libros buenos. Libros bien escritos, obras importantes que hasta nos pueden hacer mejores, independientemente de quien las haya escrito, aunque algo tendrá que ver su autor. A veces le pedimos demasiado a un autor, además de escribir bien queremos que nos guste él. Las decepciones nos enriquecen, aunque no vale todo. Después de un paseo por el relativismo me gusta recordar a Wittgenstein: ética y estética son lo mismo.
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14 Abril 2009
"Un plan para abolir por completo todas las palabras (...) Es evidente que cada palabra que hablamos supone, en cierto grado, una disminución de nuestros pulmones por corrosión, y, por lo tanto, contribuye a acortarnos la vida; en consecuencia, se ideó que, siendo las palabras simplemente los nombres de las cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de que fuese necesario hablar en el asunto especial sobre el que había de discurrir. Y este invento se hubiese implantado, ciertamente, con gran comodidad y ahorro de salud para los individuos..."
Los viajes de Gulliver, 3ª parte, cpt. 5, Jonathan Swaft
***
"El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo."
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
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"Cuando yo uso una palabra -insistió Zanco Panco con un tono de voz más bien desdeñosos -quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.
- La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
- La cuestión -zanjó Zanco Panco- es saber quién es el que manda..., eso es todo."
Alicia a través del espejo, Lewis Carroll
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14 Abril 2009
Arbitrariedad e inmutabilidad (qué palabros). El signo lingüístico es como la vida. Arbitrario porque se puede poner cualquier nombre, cualquiera (al perro lo llamamos perro, o can, o chien, o dog, como lo podríamos llamar gato, o cat, o chat). Una vez decidido un nombre (¿quién lo decide?; ya estamos) por convención, acuerdo, o por imposición, una vez decidido (al “perro” en castellano lo llamamos perro) ya no se puede cambiar, ya es inmutable, lo contrario sería un caos. Funciona como las normas, como las leyes, como las reglas sociales de convivencia (si cada día cambiaran las señales de tráfico…). El modificar las normas sobre la marcha se considera flexibilidad, capacidad de adaptación (no funciona este ministro…ponemos otro). La capacidad de adaptación al medio es la inteligencia. No somos muy inteligentes quienes no nos adaptamos a los cambios, quienes no entendemos que cambien demasiado las normas (ya vale de leer el Quijote, ahora a escucharlo por Internet). La variación del entorno, del medio externo, genera adaptarse a esas variaciones. Por pura supervivencia. Cuando no hay causas externas sobrevenidas, sólo se justifican los cambios por ineficiencia, porque un sistema no funciona. Cambiar por cambiar, por capricho, no está justificado. Los cambios producen de entrada una reacción de rechazo. Exigen un sobreesfuerzo. No estamos para sobreesfuerzos, vamos justos de fuerzas. Cambiar por cambiar, no. Una sociedad en constante transformación es una sociedad dinámica, o una sociedad en crisis, o las dos cosas. Una sociedad en la que cuanto más grandes son los cacharros menos duran, es una sociedad mutante, en transformación. Cada vez duran menos las lavadoras, los coches, las estufas. Me falla la maquinilla de afeitar, quizá si la arreglara… Cómprate otra: cuestan más las reparaciones que los objetos nuevos, hay que mantener el sistema productivo. Los aparatos se fabrican en serie, en un rato, mientras te tomas un bocadillo de calamares y un cortado se ha fabricado un coche, o más. Y el coche que se fabrica hoy es diferente del fabricado ayer. Mutantes. Las nuevas tecnologías, la cultura de la imagen, las experiencias múltiples, superficiales y múltiples, preparan a los jóvenes (las nuevas generaciones los llaman) para un mundo a golpe de click, bajo la lluvia de esemeeses, con el paraguas del Mp3, o Mp4, disparando fotos a todo lo que se mueve, hasta a lo que no se mueve, por raro, por anacrónico. Antes el que no se movía no salía en la foto, hoy hay que moverse porque el marco no es fijo, no quedan fotos-fijas, la pantalla es…digital. Llega el apagón analógico y falla el encuadre. Decía Eliot: voy a enseñarte lo que es el miedo en un puñado de polvo.
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29 Marzo 2009
De Cuatro cuartetos de T. S. Eliot:
Intentando aprender a utilizar las palabras;
y es cada intento un comienzo totalmente nuevo
y un fracaso de orden completamente distinto
porque sólo se aprende a dominar las palabras
para decir lo que uno ya no quiere decir
o para decirlo como a uno no le gusta
ya decirlo. Así cada empresa es comenzar
de nuevo;
la lucha por recuperar lo que se ha perdido
y encontrado y vuelto a perder mil veces; y ahora
de nuevo en circunstancias que parecen adversas.
Pero tal vez no haya ni pérdida ni ganancia.
Para nosotros no hay sino el intento.
Lo restante no es de nuestra incumbencia.
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18 Marzo 2009
Dejará de ser gratis escribir. Los arbolitos lo agradecerán. No serán los únicos. Cuando escribir no sea tan fácil, cuando se acabe la tinta, cuando no quede papel, cuando ya no haya que esconderse para emborronar el papel, dejará de estar mal visto este oficio. Dejaré de esconderme para escribir. Esto lo escribo sobre un contenedor. De basura, sí. Aún no me he lavado las manos. No sé si escribiré cuando sea escritor. No sé si mis manos huelen mejor o peor que cuando rozaron a Maribel Verdú. Duele saber que la belleza es pariente de la basura. El saber es la suma de las derrotas. La belleza también se recicla.
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Los días largos y la vida corta
Tan fácil es morir como difícil vivir
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Hay hombres que nunca compraron unos calzoncillos.
Hay mujeres que siempre compran calzoncillos.
Hay días que cierran las lencerías.
La ropa interior está sobrevalorada.
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El día que cogiste unas bragas del tendedor sentiste que la vida quedaba colgada en las pinzas. No recuerdas el color de las pinzas. Las bragas se han descolorido.
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La soledad es una calle cortada. Las obras te impiden llegar a una cita. A la cita que habías preparado con tanta intensidad como las cien anteriores -que ya has olvidado-. La repetición no existe. Esta cita presumía ser diferente, resultar la última. Las prisas, las obras, la calle cortada, tus dudas, el GPS que no usas, el tráfico, tus miedos, las ramas que devienen en hojas, el coche que se para, la marcha atrás que no entra, tus ilusiones que no son las mismas, las excusas, el bostezo de un cachorro, la vagancia de quitarte la ropa. La concejala de tráfico bastante tiene con que no suenen las bocinas. No le pidas que regule la circulación de tus arterias. El día que de niño abriste un armario se contaminaron tus venas de deseo. La calle está cortada y los mapas no señalan el límite. Las calles siempre estarán en obras.
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La mancha que ves en la mesa no es lo que la afea. No es la mancha lo feo. Límpiate los ojos. Mírala otra vez. Mira con otros ojos lo hermosa que es la mesa con esa mancha. Los sueños siempre son reales.
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Escribir con una almohada eléctrica a la espalda
es como pasear por el cementerio,
es no encontrar tu nicho,
resucitar entre esqueletos.
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La falta de destreza de muchos hombres para abrir las bolsas de plástico de los supermercados probablemente no sea genética. Las cajeras no se ponen de acuerdo. Ni los científicos.
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Me dice la farmacéutica que a su padre le va muy bien la almohada eléctrica. Que se mueve mucho, con una alargadera conectada a la red, a sus noventa años. Que también tiene la farmacéutica pastillas, parches, pomadas - y preservativos sin caducar- . El dolor es un estado de ánimo. A su padre le va bien, es muy movido. Como los que se sientan en los veladores de los porches y ocupan la calzada. Los municipales van a marcar en el suelo el límite de las sillas de las terrazas de los veladores. El camarero ya piensa en subir los precios. Oigo cómo habla de competencia desleal, mientras acuerda la subida de precio con los vecinos. El padre de la farmacéutica no está para veladores. ¿Quién a los noventa años aceptaría una subida de precios en los veladores sin un enchufe para conectar la almohada? La política municipal es como la vejez, como las farmacias, como las sillas de los veladores remendadas en mil colores.
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10 Marzo 2009

En el Centro Pompidou se han quedado las paredes vacías. En blanco. Vacíos-una retrospectiva se llama la exposición. No hay cuadros, ni esculturas, no hay nada. Las salas exponen la nada. El vacío como concepto, como sensación. El ser y la nada de Sastre, La era del vacío de G. Lipovetsky. Nueve salas en blanco. Hasta ahora conocíamos los lienzos en blanco. Una novela se titula: Trazo blanco sobre lienzo blanco. Hace unos años vi representada en Madrid: Artea, la obra de Yasmina Reza; la adquisición de un cuadro en blanco como reflexión sobre los límites del arte y de la amistad. Los agujeros negros se hacen blancos, las paredes se llenan de la nada. El arte conceptual, el minimalismo extremo, cruzar al otro lado del espejo y preguntarse: ¿qué ves, qué sientes? No hay colores, no hay formas, las luces y las sombras se difuminan y la percepción adquiere otra dimensión. De dentro afuera. Ante las obras de arte buscamos fuera lo que no hallamos dentro. Aquí, en París, no nos ofrecen nada. Ante el vacío nos invitan al vómito, a la nausea, a expulsar nuestros fantasmas, a transitar por un no-lugar, a imaginar, a caminar descalzos, a ver como los ciegos, a acercarnos al precipicio y mirar abajo, y arriba, de frente, de lado, mirar sin ver, un ejercicio cotidiano que como representación adquiere valor catártico, desinhibidor, terapéutico o simplemete estulto. ¿Nos vamos a París a no ver nada? A ver la nada. El arte como representación, como verdad, como mentira, el juego de los abalorios, la mirada al abismo, el sinsentido, una pecera sin agua, los peces por el aire. Siempre nos quedará París.
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8 Marzo 2009
Produce hartazgo. Entrar a un hiper por primera vez es como conectarse a internet, como ver tantos libros en una biblioteca. Los demasiados libros. Borges casi se disculpaba de leer tanto. Como asumiendo que dejó de hacer muchas cosas. En la vida. La dicotomía literatura/vida. Luis Landero juega con esta dualidad y cita a Simbad y al Quijote. Simbad primero recorrió los mares y luego se dedicó a contarlo. El Quijote, al revés; después de mucho leer salió a los caminos a vivir aventuras y desventuras. Parecía que con el realismo sucio se rompía esta barrera. Los escritores norteamericanos (Carver, Bukowski...) nos hablan de historias cotidianas, de la vida. En realidad, de la mala vida. Las historias felices son menos literarias; hace falta un conflicto para atraer al lector, al espectador, al oyente. Romper el discurso. Rilke decía que se escribe por necesidad. Que el escritor lo es igual viajando que encerrado en una celda. Escribir de dentro a fuera. Las grandes emociones, los recuerdos más vívidos proceden de nuestra infancia. Se escribe desde las carencias, desde la insatisfacción, pero disfrutando y sufriendo, con pasión. Kafka, Juan Ramón, César Vallejo, Pessoa son ejemplo de autores vocacionales, para quienes lo más importante era escribir. Lo único importante. Quienes no concebían la vida sin la palabra, sin la letra impresa, sin la maldita literatura. Escribir es como el biberón para el niño. Fischer se enfadaba cuando le decían que el ajedrez es como la vida, para él era sencillamente la vida. Landero dice que el éxito crea adición. La literatura, como las drogas duras, entra por las venas.
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2 Marzo 2009
Según te haya ido la fiesta. Las diferentes versiones de un mismo hecho pueden llegar a ser opuestas. Y a quien ayer veías grandes hoy te parece insignificante. Oír versiones desapasionadas te ayuda a comprender que el rey camina desnudo. Ver con otros ojos te da distancia para quitarte legañas. Da pereza cambiar de sitio, pero es sano. De todas formas, todos los álbumes se amarillean. Lo que no quita que el pasado está ahí. Esta semana, desde su atalaya, Javier Marías reivindica el pasado. Algo nostálgico y manriqueño en la línea de cualquier tiempo pasado fue mejor. Según te haya ido la fiesta, ya digo. Mirar atrás tiene sus peligros. Te puedes estancar, quedar atrapado en el tiempo. Sí es cierto que vivimos en una época apresurada. En un carpe diem, en un canto al presente, en la vorágine de la velocidad, de la moda, del presente, efímero por definición. Los longevos miran hacia atrás y dejan las frases inacabadas: si yo te contara... Pero ¿de verdad existe el pasado? Dónde acaba la memoria y dónde empieza la imaginación. Ayer le decía mi tocayo Punset a Buenafuente que el cerebro es tomado como la mayor creación del universo y realmente es muy tontorrón, muy imperfecto. Él lo debe comparar con las máquinas. Creo que era Ray Loriga - el Beckham de la literatura- el que decía que la memoria es como un perro que le tiras un hueso y te trae cualquier cosa. Este verano le oí al psiquiatra Castilla del Pino explicar la falta de memoria con la imagen de la cebolla. Archivamos la información por capas y lo más reciente está en las capas superficiales. Lo más antiguo queda en el centro, y es lo que más perdura. Con la desmemoria se olvida lo reciente, lo superficial, las primeras capas, pero afloran lejanos recuerdos que grabamos en tiempos remotos. Ante acontecimientos importantes, decía Punset, ralentizamos el tiempo para grabarlos con más precisión. Los neurobiólogos, como los psicoanalistas, como Proust, igual que los informáticos quieren aumentar los discos duros, introducen el bisturí ahí donde se han amarilleado las fotos. Olvidando la infelicidad del borgiano Funes el memorioso. Algo tristón queda esto de la memoria, de la desmemoria, del tiempo, en este lunes lluvioso que se resiste a abandonar el invierno. Al fondo canta Silvio R. que mucho más allá de mi ventana mi esperanza jugaba... como esperando abril. Cambiaré de disco.
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