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La Coctelera

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Categoría: libros

24 Mayo 2012

Te veo triste, Fernando Sanmartín

 

Un viaje sin equipaje, con la ropa de los domingos. Un viaje al pasado, un homenaje familiar, la reinvención de una relación, la demora de una despedida. Te veo triste es un paseo por los armarios que no se acaban de cerrar. Una búsqueda sin final, el abanico que llena el bolso aunque no enfríe el verano. Una historia de desajustes generacionales, una reconciliación póstuma. Te veo triste nos muestra todo lo que se puede hacer por un padre cuando ya no está, nos enseña los peligros de circular por la acera equivocada.

La protagonista de la novela es una traductora, la hija de un escritor, una mujer que mueve hacia atrás las saetas de un reloj que se quedó sin pila. La hija de un escritor que inventa argumentos ajenos y oculta los propios, un escritor enamorado de la clandestinidad, de los viajes y de lo efímero que es el placer.

Te veo triste es un paseo por las ciudades europeas, por un paisaje de ciudades donde la arquitectura tiene mucho de anatomía, donde los cuadros son un espejo, los aviones un hasta luego y las despedidas se parecen al cenicero de un estanco.

En Te veo triste, el amigo se parece al Pijoaparte de Marsé, la lectura del diario recuerda Los puentes de Madison, la presencia de la muerte evoca Los enamoramientos de Marías y el tono literario, En ausencia de Blanca de Muñoz Molina. Referentes literarios en una novela breve con suspense y trama de rompecabezas lineal, sin digresiones más allá de las citas, de los agradecimientos y complicidades con personajes del mundo zaragozano, con quienes acompañan al autor en la lucha contra el cierzo.

Novela de prosa demorada, cuidada, novela de poeta donde las imágenes se imponen, donde la tristeza, el pasado y la muerte son personajes de un álbum que se degusta con el placer de las buenas lecturas. Te veo triste nos invita a desenvolver con exquisito tacto esos envoltorios hermosos que acompañan a los pequeños regalos, a los más queridos, esos lazos y tarjetas manuscritas donde el afecto se impone al dinero, esos obsequios minimalistas por sagrados, los gestos más nimios por entrañables, los besos que podrían no repetirse. Sobre todo es un guiño a la vida, a la fragilidad del amor, una zancadilla al paso del tiempo, una invitación al reposo, a regalarnos momentos de descanso, a tomar un café en Dublín, en Varsovia o en Zaragoza, cerca de Joyce, de Milosz o escuchando a Labordeta.

 

 

 

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10 Mayo 2012

Juventud, egolatría, Pío Baroja

 

Se mete Baroja con los toros, con Unamuno, con Joaquín Costa; a Ortega y a Azorín los respeta, aunque no lo entiendan. Tenía carácter don Pío. Carácter vasco, aunque renegaba de su nacimiento en San Sebastián y de sus vecinos pamplonicas. En Juventud, egolatría confiesa sus filias y fobias, sobre todo estas últimas. Sus manías y antipatías. Rarezas de un europeo vasco, de un tradicionalista anticonservador, de un moderno reconcentrado, de un político antipolítico, a quien le gustaría vivir mejor pero no hace esfuerzos para lograrlo. De un escritor que fue panadero y médico antes que escritor. De quien respeta a Galdós y pocos más. De un hombre austero y bonachón pero con genio, con un temperamento muy suyo, don Pío. Dice su sobrino, Caro Baroja, que escribió las memorias en la mediana edad, fruto de alguna crisis, que luego ya, con los años, se vive más tranquilo, ya no se teme a la muerte, se la ve venir despacio, sin preocuparse.

La preocupación española, el problema noventaiochista, le persigue como a toda su generación. Le disgusta la prensa española, aunque escriba en ella, quizá por escribir en ella. También reniega de los políticos, de casi todos. Se define como liberal, frente a los conservadores y socialistas, y por encima de todo, como anarquista. Anarquista, sin violencia, pero contra la iglesia y contra el estado.  A principios del siglo XX, las sombras de Nietzsche y Freud eran alargadas, y Baroja se cobijó en ellas. Y en las de los filósofos centroeuropeos, a quienes admiraba, a Kant, a Schopenhauer, a Hegel menos.

En Juventud, egolatría repasa su vida, aunque en realidad repasa su tiempo, su país, su época, la vida de un escritor en los márgenes, un escritor que ya había logrado un espacio literario, a pesar de sus descuidos gramaticales, o precisamente por su tendencia a alejarse del barniz literario, por su independencia, la búsqueda de independencia, que él lo llama sinceridad.

Se lee con facilidad y comodidad este opúsculo memorialista donde el autor de El árbol de la ciencia confiesa pequeñas miserias familiares de antepasados, batallas del mundo literario de la época, en tono siempre comedido, sin grandilocuencia, con su prosa ya barojiana, fluida e imperfecta, digerible que deviene en placentera. Juventud, egolatría es un libro contemporáneo donde se nos cuentan pequeñas cosas del día a día, donde el tono menor engrandece las pequeñas verdades, las dudas y contradicciones de quien tiene algo de contreras, pero más de civilizado, de hombre sensato a través de los hechos.

 

 

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1 Mayo 2012

Estrategias de la usura, Jesús Alonso Burgos

 

Las huellas se asientan en la tierra y los cementerios, en el paso del tiempo, en el invierno. En las paredes de los monasterios. En el ciclo de las estaciones, en el rigor de la vida. Con rigor léxico (ballueca, limo o besanas), con lenguaje austero, con versos de poeta en los márgenes, de los instantes que brillan cerca  de la meta-poesía. La usura es la estrategia que talla la ausencia, el recuerdo y el frío, el corazón de la tristeza. Cerca de la pena y la culpa, en la nieve de primavera, ante el dolor de la resurrección. Heridas abiertas en la musicalidad, que cicatrizan sin abrigo, entre lobos y vino. Paisaje sobrio donde "primero fue el páramo infinito" de la narratividad, el paisaje a la sombra de los Cuartetos de Eliot, sin sol, donde habitan las orquídeas viudas, cuando las ruinas y los morosos se visten de alimañas y hay que pedir explicaciones a los cajeros de las cuentas de la vida.

En Estrategias de la usura se traza el baúl de la memoria en la alacena del recuerdo, ahí donde reposan las hipotecas del amor. Lejos del pasado, cuando los dioses reposan en las charcas y se busca una casa para callar juntos, cuando las cuentas no salen.

Poemario ganador del Premio San Juan de la Cruz en 2011, Estrategias de la usura repasa  el paisaje tras el viento y el humo, el calor que se evapora. Divido en tres partes: Oficio de difuntos, Teoría y Retorno, juega con los textos narrativos y los versos de arte mayor y menor en la búsqueda de un espacio entre paredes,  de la unidad donde las fronteras interiores se difuminan en el espacio exterior.

Jesús Alonso Burgos se atreve con el verso clásico y el versículo más solemne, con el poema tradicional y el espacio abierto donde los árboles se talan en la verticalidad del silencio, ahí cuando el recogimiento escucha voces indefinibles, ecos que se repiten en vericuetos que algunos resumen con dos sílabas, en los muros de los que no ven los árboles. Bosques ante la argamasa, campo y ciudad son estrategias híbridas del amor, espacios que amenazan al tiempo más temible, "verdad y mentira,/ belleza y fealdad/ se deshilachan/ en la usura".

El misterio se adueña de la usura porque "los juguetes mecánicos/ de la infancia/ ya no reciben a ningún dios,/ su música/ ya sólo resuena en tu memoria." Estrategia contra el dolor y toma de conciencia, poemas de desolación entre las nubes y el sol.  

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26 Abril 2012

Caperucita en Manhattan, Carmen Martín Gaite

 

  Érase una vez una niña buena que vivía con sus papás en el piso catorce de una gran ciudad. Se llamaba Sara y tenía una abuelita que vivía muy lejos, tan lejos que Sara y su mamá le llevaban todos los sábados en una cesta una tarta de fresa. Sara vestía con una capa roja como una caperucita feliz. Feliz y soñadora inventaba palabras, fantaseaba en el metro, el autobús, en el parque y pensaba en el vampiro como en el lobo feroz. La ciudad le daba alas para imaginar que su abuela estaba contenta y que algún día ella sería también libre. Ese día llegó cuando el papá fontanero y la mamá cuidadora de ancianos se fueron de funeral. Caperucita salió con la cesta de la tarta de fresa y el pañito de cuadros blancos y rojos a recorrer sola los puentes, las calles y los peligros de la gran ciudad. Encontró a una mujer, muy mayor, tanto como la estatua de la Libertad. Se hicieron amigas, compartieron secretos, fueron al cine y tomaron batidos dobles de chocolate, y espantaron los miedos al ver desfilar con bandejas a jóvenes patinadoras. La amiga de Sara, miss Lunatic, le dio buenos consejos y le enseñó a quererse, a no obsesionarse con el tiempo ni con el dinero, a disfrutar del presente, a saborear la vida. Y caperucita se fue al bosque porque se sentía más mayor y le parecía que la realidad se mezclaba con la ficción, que el mundo estaba bien hecho y creía haber pasado de niña a mujer. En el parque encontró a Mister Wolf, un millonario infeliz que no tenía cara de lobo pero podía ser feroz. Le dejó probar la tarta de fresa de su mamá y se subió a la limusina con chofer para viajar y dormir. Llegó a casa de la abuelita y el lobo feroz era un dulce lobo que bailaba una música celestial y acompañaba a la abuelita como pareja de amor. Caperucita se fue a la calle a disfrutar de su libertad, dejando atrás al gato de la abuelita, a los coches aparcados en la calle y quiso conocer una librería donde vendían libros como Robinson Crusoe, Alicia en el país de las maravillas o Caperucita Roja, libros que hablan de los niños y la libertad. Sin tarta de fresa y con linterna, plano y brújula se sintió poderosa como dueña de la gran ciudad, libre y valiente para cruzarla. Se acercó a la estatua de la Libertad, se coló por una alcantarilla y viajó al mundo de la fantasía lejos de los miedos como una mujer segura y feliz. Y colorín colorado este cuento se ha acabado porque Caperucita que aprendió a hablar con río luna y libertad, que disfrutaba diciendo Miranfú, se escurrió por la alcantarilla de la libertad.

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22 Abril 2012

Diario de invierno, Paul Auster

 

Mirar atrás es abrir la ventana para que los vientos del pasado nos refresquen la memoria. En Diario de invierno el afamado autor neoyorquino repasa su biografía lejos de la ficción, sin entrar en el espacio nebuloso y ambiguo que permite la autoficción. Sí se toma la licencia de recurrir a la segunda persona, con una voz que se distancia del protagonista, que le interpela a él al tiempo que nos cuenta su vida. No hay afán en el libro de memoria o autobiografía, si de repasar el álbum vital para rememorar los episodios que surgen, inesperadamente o por sorpresa, aquellos que le han dejado más huella. Es inevitable el desorden, la elipsis, los saltos en el tiempo, lejos de la estructura novelística tan querida por el escritor. Los episodios de la infancia, adolescencia, juventud y años posteriores suceden en aparente azar (esto si es característico del mundo austeriano) donde  lo vemos en la escuela jugando al béisbol haciendo y deshaciendo amistades, acercándose a las chicas o viajando por un mundo que nos resulta menos invernal de lo que quisiera transmitirnos. La pasión vital es algo que nos contagia el autor en casi todas las paginas, a pesar de haber seleccionado muchos episodios de sus vivencias no necesariamente gratos, los más espectaculares, aquellos en que la velocidad o la violencia nos arañan en secuencias más vívidas. Nos advierte de un sempiterno consumo de alcohol y tabaco y nos invita a acompañarlo por una vida familiar donde las parejas cambian pero siempre son el eje, el núcleo donde padres e hijos aterrizan. Un mundo fundamental para quien nos confiesa no haber llorado en el entierro de los padres, para quien ya no cabe el arrepentimiento pero sí la insatisfacción por episodios ya lejanos, la extrañeza que acompaña el escritor y que le ha servido de inspiración  o búsqueda en una escritura móvil, visual, en un paseo literario donde se escribe en imágenes, donde se escribe mejor andando, más cerca de la danza que de la reflexión. El cambio de vivienda en más de veinte ocasiones, los accidentes de coche en un conductor seguro y valiente aparentemente permiten una pausa, momentos de recogimiento y toma de fuerzas para seguir creando y viviendo. Las reflexiones sociales y políticas son menores pero inevitables en quien tienen gran capacidad de adaptación al mundo pero sabe confesarnos sus carencias sin caer en derrotismos ni victimismo, en quien demuestra gran capacidad de adaptación a los cambios.

En tono más confesional que grandilocuente,en una obra menor pero cercana, con su facilidad narrativa característica, nos muestra multitud de sucesos en forma de lluvia vital. Cerca de los 65 años mira con la cabeza alta agradecido de seguir aquí, cómplice en un mundo con sus aciertos y errores, un ciudadano que vive el siglo XXI con pasión en este Diario de invierno que transita por las cuatro estaciones.

 

 

 

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2 Abril 2012

La tregua, Benedetti

 

Viudo con tres hijos mayores, Martín Santomé aguarda la jubilación como quien espera el último tren. Acostumbrado a la rutina de la oficina y al silencio de las cenas familiares, inicia el diario de un hombre en la crisis de la mediana edad, el diario de de un mundo teñido de monotonía. En el Montevideo de los años 50 rememora su pasado, un breve matrimonio con hijos, acreedores y sexo, la pérdida de Isabel que le deja dolor, trabajo y unos hijos ya crecidos.  

Un fogonazo con nombre de Laura Avellaneda aparece ante él. Una joven compañera vestida de tregua ante la infelicidad. Una luz que lo arroja a la libertad o el amor. Ahí donde lo verdadero siempre es un poco cursi, donde la objetividad no cambia el mundo y el sol se filtra entre las hojas. Es un tiempo de bromas de oficina y dudas sobre Dios, de celos y fotos de la infancia, de acercamiento a los hijos, de condena de otras inclinaciones sexuales, de ocultamientos y excusas, de una personalidad obsesiva que tiene miedo al futuro.

A quien le cuesta mostrarse cariñoso, una llamada de teléfono lo devuelve a un pasado gris. A un mundo donde toda la vida será domingo, cerca del tipo del espejo, ahí donde la peor soledad es no tenerse ni a uno mismo.

La tregua es una novela poblada de humor negro y desencanto, el último aliento de una vida en blanco y negro que por momentos se tiñe de color, donde los secundarios, los amigos, compañeros de trabajo y jefes, los hijos, la suegra, el sastre y su mujer, los camareros, dibujan un cuadro costumbrista de héroes sin coraje, de hombres de buena madera, de burocracias y emociones escondidas, de jerarquías y falsos boletos de lotería, de una sociedad no tan lejana, en la que las nubes y los rayos de sol alteran la  postal, de un país que es agosto en invierno pero las estaciones de la vida nos son reconocibles y cercanas, como un apartamento por amueblar o el taxi que para a poco mas de dos cuadras, imágenes exportables a cualquier ciudad o tiempo.

 

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1 Marzo 2012

Hostal Parisién, Antonio Fontana

 

Las fotos de un lejano viaje a París sirven de inspiración a los habitantes del Hostal Parisién. Un hostal sureño, más cerca de Málaga que de París, donde la familia del protagonista sueña y crece. La educación sentimental del narrador en primera persona transcurre entre habitaciones y clientes de paso, extravagantes visitantes de un espacio evocado cercano más al deseo que a la realidad. Es el hostal de las Pelusas Voladoras, donde "las comidas son copiosas y las noches fogosas". Un lugar familiar y público en el que las paredes oyen y se grita sin subir la voz. Un homenaje a la memoria, una evocación cálida del tiempo y los juegos de los niños. Y sobre todo un homenaje a la madre. Una narración arriesgada que interroga al lector y sirve de altavoz a esa voz materna que se va consumiendo página a página, año tras año. Los niños se hacen jóvenes, mayores, y sienten la humedad de una gota de agua que desliza por las profundidades del escote de una chica. El Hotel Parisién huele a Mediterráneo y a chanquetes, a pescados fritos y calamares, a sepia y boquerones, a Andalucía, a un sur evocado por los viajes a Europa, por las distancias y los reencuentros, por apariciones que pueblan un mundo de emociones y cariños, de barcas que ganan la orilla. La niña Frégoli, Mercedes, el Tonto del Pijo son una muestra de variopintos miembros de una saga que tiene algo de historia del TBO, de personajes de dibujos animados, de seres etéreos y simpáticos que se cuelan en las páginas sin consultar al lector, quizá sin consultar al autor. Con pulso narrativo fuerte, con cambios de registro y versatilidad narrativa, Antonio Fontana despliega su calidoscopio figurativo con energía. Salpicada de diálogos, esta novela costumbrista e imaginativa nos pasea por Torremolinos o Cádiz, por la playa y los chiringuitos, por las series televisivas de los 70, por ritos de iniciación a la vida adulta. Los abuelos y los niños se intercambian papeles y al hacerse mayores estos imitan a aquellos y repiten giros del idioma, vocablos y frases que ya no pasarán de moda, un léxico rico y moldeable según las circunstancias, los paisajes, los aromas. El buen hacer de Antonio Fontana convierte una historia local en un viaje por olores y fragancia que nos resultan familiares. Como la familia del narrador que serpentea por el libro con sigilo y perseverancia, entre fogones y guisos, dejando un sabor dulzón, el aroma de los sofritos. Los aceites y los jabones no podían faltar en un alimentario paseo por colchones y camas de huéspedes, por cerraduras que se abren, por un hospedaje con billete de vuelta, por alquileres baratos con acento parisino, pronunciados con gracejo andaluz.

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27 Febrero 2012

El jugador, Dostoievski

 

Rusia es tan extensa que a los rusos les queda pequeña. Viajan por Europa y sueñan con la patria. Se comparan con polacos e ingleses, con franceses y alemanes. Los personajes de Dostoievski son almas que vagan como sombras. Seres descarriados que piensan y se atormentan, apasionados hombres y mujeres que no encuentran su lugar en el mundo.

La llegada a una ciudad balneario centroeuropea de una familia rusa se parece a abrir un baúl y encontrar lo más insospechado. En cada ciudadano bullen y palpitan emociones contradictorias, pasiones y tensiones difíciles, imposibles de controlar. El juego y el amor, el amor y el juego, el endemoniado encanto de la ruleta y los sinsabores del corazón se confunden en personajes a la deriva, barcos sin rumbo que emiten señales de alarma, suspiros de lamentación.

En la búsqueda de la libertad Alexei Ivanóvich nos narra su naufragio, entre el delirio y la lucidez, desde el desparpajo y la perplejidad, cerca del ridículo y la desesperación. Alexei es un tutor, un secretario, un jugador, un joven inquieto e inestable que viaja hasta París hipnotizado por la pasión, seducido por la irracionalidad.

La aparición de la abuela, de la rica abuela que todos esperan que muera para solucionarles los problemas, transportada en una silla elevada como alma mater, como gran matrona, como matruska que esconde capas que ni ella conoce.

 Imposible aburrirnos con las desavenencias de una familia venida a menos, con un general en decadencia, una francesa aficionada a la vida fácil, un inglés enigmático, un francés seductor y una joven rusa que es el centro del deseo y la desesperación de más de un hombre.

Entre el poder y el placer, lejos de la cúspide, un mundo variopinto y gris, de marionetas perdidas en la ludopatía que retan a la suerte. Generales o lacayos, seres infelices que se ponen los impertinentes condenados a jugar para perder, a engañarse a sí mismos como otra adicción. Antihéroes contemporáneos, jugadores europeos en crisis.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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