Categoría: libros
7 Noviembre 2009
Es extraño llegar a un sitio sin saber de donde vienes. Es extraño no reconocer ese lugar. Extraño es no ver una ciudad si te dicen que ahí hay una ciudad. El personaje de La ciudad camina por un espacio atemporal en el que la bruma y la indeterminación delimitan un territorio atípico, inverosímil, peligroso, hostil. La atmósfera de esta novela se emparenta con los road movie, con los espacios abiertos en los que la carretera es la protagonista. El camino como discurso, el deambular como razón de ser, lo etéreo como esencia. Un hombre sin pasado se pierde en una carretera. Como en las novelas de Onetti y de C. McCarthy un paisaje abrupto y desértico acompaña al protagonista. Un camionero y una joven lo introducen en un mundo onírico del que no puede ni casi intenta escapar. Los zapatos gastados, la falta de cigarrillos, las miradas de soslayo al forastero o la depresión de éste se conjugan con el deseo sexual, con su memoria, con la falta de memoria, con escenas en espacios laberínticos, con una estación de servicio que oculta otra realidad. El poder representado por el reglamento, por la Empresa, por la legalidad, se ejerce desde la ausencia, por la fuerza del miedo, se impone por una autoridad omnímoda que nunca está presente. Todos ellos son elementos kafkianos que configuran un territorio mágico, siniestro, desapacible. Como en las novelas de Kafka, los personajes se pierden en pequeños gestos, en movimientos absurdos, en escenas hilarantes, en un pasar el tiempo en el que el absurdo se incorpora a nuestra cotidianidad. La puerta cerrada de una habitacion prohibida puede ser la llave que aflore lnuestros instintos más salvajes. La estación de servicio donde es hospedado el protagonista sin nombre de La ciudad es una gasolinera sin clientes, una empresa sin presente con mucho futuro, un lugar sin coches donde los trenes quizá nos alcancen a Montevideo. Mario Levrero es un autor uruguayo redescubierto ahora en España que incorpora elementos de la literatura costumbrista y de la fantástica, que incomoda por la cercanía de sus propuestas. Como en los cuentos de Borges, hay una estructura oculta que se va cerrando y desvelando conforme nos alejamos de la realidad, conforme nos acercamos a nuestros fantasmas. La ciudad de Levrero deviene en contemporánea, en cómplice de nuestros deseos ocultos.
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2 Noviembre 2009
Entre el arte de la guerra y los juegos de los niños. Con frases cortas, Amélie retrata un paisaje impresionista en el que las nada inocentes escaramuzas de una niña de siete años quieren poner en jaque el satus quo mundial. Como novela iniciática, El sabotaje amoroso es el campo de batalla de China, lugar de encuentros y desencuentros amorosos. Una niña de siete años, la protagonista, quiere convencernos de su amor desmedido por una joven italiana. Un tablero internacional en el que mientras los adultos juegan a la guerra, las grandes batallas las entablan los pequeños. Escaramuzas, venganzas, muchas peleas, disputas territoriales, incursiones en el bando enemigo, artimañas y sabotajes amorosos completan un fresco en el que la crudeza, teñida de amor cruel, salpica estas páginas. Rememora la escritora belga sus primeros años en la China de los setenta, un espacio multilateral ocupado por diplomáticos europeos donde el comunismo es una excusa más para que los niños jueguen a la guerra. Con frases afiladas, Amélie nos recuerda que "todo lo que no es espléndido es horrible", "nadie es indispensable salvo el enemigo", "un país comunista es un país en el que hay ventiladores", "nada resulta menos inocente que la sintaxis". Con la Iliada de Homero como telón de fondo, con una Helena troyana como eje de los vientos amorosos, con citas de Wittgwnstein, en El sabotaje amoroso se cuece un plato refinado con más especias que sustancia. El regusto que nos deja saborear Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán no se alcanza en esta obra menor por previsible y reiterada. El sabotaje amoroso con sus 160 páginas queda como una novela demasiado larga; en las primeras veinte páginas se saborea toda la esencia de esta novela, quedando el resto como un aderezo prescindible.
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26 Octubre 2009
Yo soy otro, nos sugería Rimbaud, al tiempo que recordaba que la vida siempre está en otra parte. Elizabeth Costello se dedica a escribir y a viajar por el mundo. Desde las antípodas recorre el mundo para conocerlo, para conocerse. En un viaje interminable, traspasa continentes y épocas quizá sin saber lo que busca. Como una Ulises contemporánea no deja de escribir y de pensar haciendo interminable su viaje. Parapetada en conocimientos y búsquedas araña causas imposibles para asirse a la vida. Ante la falta de creencias, ante el paso del tiempo como pérdida, Elizabeth Costello recurre a las pequeñas cosas, a los animales que no hablan pero que sienten, a las figuras dionisiacas enterradas por creencias religiosas y laicas. Un libro difícil. Un libro alegórico que nos aleja del pensamiento convencional, que nos provoca invitándonos a pensar. Un viaje por el ecologismo más radical, por la vuelta a una religiosidad primigenia, una apuesta por la pasión, por la fuerza de la pasión frente al descrédito de las creencias. Un repaso por el mundo literario, por las ambiciones que mueven el mundo intelectual, con incursiones en un mundo kafkiano en el que no hay viajes de vuelta, donde los dioses juegan con los humanos, los humanos con los simios, donde las fronteras son simbólicas, infranqueables, donde se tienden puentes imaginarios, donde el espacio se difumina y nada es lo que parece. Juego de muñecas rusas, tentaciones inalcanzables, deseos prolongados y efímeros. Coetzee nos invita a acompañarle en una novela/ensayo, por una ruta estrecha, escarbada en la que las luces se confunden con las sombras, en la que el mito de la caverna nos arrastra a las profundidades de la razón, a los fantasmas que fantasean con nuestros sueños. No nos lo pone fácil Coetzee. Escarba en nuestras mentes y encuentra vísceras agridulces, neuronas excitadas, intestinos coleando entre la vida y la muerte. La alegoría kafkiana adquiere tintes dantescos en algunas páginas con connotaciones y comparaciones del holocausto, con paseos entre prometeicos y órficos. Es Elizabeth Costello un libro crepuscular desde una voz femenina que se enfrenta a la opacidad, un contrapunto a otras voces masculinas en las que el alter ego del premio Nobel sudafricano está también presente. El personaje de Elizabeth Costello aparece como secundario en otros de sus libros, como en Hombre lento. Hay escenas de sexo en este y otros libros de Coetzee, aunque nunca tan explícitas y abundantes como en Philip Roth, por ejemplo. Sigo prefiriendo y recomendando la novela Desgracia como la gran obra de este escritor inclasificable y desasosegante.
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11 Octubre 2009
Desconocemos cómo se llama la hermana de Katia, igual que ella desconoce quién es su padre. Hasta su madre lo desconoce. El narrador no lo cree necesario, sí quiere que nos acerquemos a la familia de Katia, de la hermana de Katia, de la hermana menor de Katia, que tiene catorce años, que no es guapa como su hermana Katia, pero que tiene una sensibilidad especial, una capacidad de cariño que pone al lector de su parte.
Andrés Barba ha elegido una difícil voz en tercera persona que le susurra a los personajes -femeninos los principales- para que nos desvelen sus secretos. Los secretos de una familia con muchos silencios, con problemas, con gritos. Una familia en la que la abuela se va apartando como las gaviotas para alejarse de este mundo. En la que la protagonista, la hermana de Katia, va descubriendo el mundo de los adultos, desde su ingenuidad, desde una inocencia que nos sobrecoge.
Esta novela de encuentros y desencuentros está narrada con sutileza, con la maestría de acercarnos a una familia en la que las profesiones marginales de madre e hija -prostitución y bailarina de striptease- son mero decorado en un teatro de afectos y sentimientos.
Me ha gustado el final en el que ese amor fraternal se impone a las dificultades de la cotidianidad. Me ha gustado ver la lucha diaria, las gafas de la abuela olvidadas en el sofá, el televisor con documentales de animales, las fotos de un amor huido a Italia, las bragas sucias tiradas al suelo.
Sorprende gratamente que con veinticinco años Andrés Barba se pasee por territorios pantanosos como la prostitución y la religión sin caer en tópicos y moralinas, que sea simplemente un narrador como corresponde a un novelista. Frente a las "putas de manual", en La hermana de Katia lo que vemos es a unas mujeres que se visten cada mañana para enfrentarse al mundo y que regresan cansadas y necesitadas de un abrazo de los suyos, personajes que no son juzgados por el autor, como nos enseñó Chéjov emitir un juicio corresponde al lector. Esta novela fue premiada, creo que merecidamente, como Finalista del Premio Herralde de Novela.
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4 Octubre 2009
1 Octubre 2009
Un clásico. Obra maestra de la literatura erótica. No es pornografía, es erotismo. Un texto surrealista cargado de simbología: el ojo, el huevo, el sol, la tierra, los genitales del toro. Profundidad emocional y filosófica. Vargas Llosa explica en un amplio prólogo que esta obra te atrae o te repele, no permite la indeferencia.
A mí no me ha atraído. Mi imaginación erótica es limitada, donde otros al leer orines y actos escatológicos ven metáforas subliminales, yo sólo veo orines y actos escatológicos. Me creía muy moderno. Cuando otros se escandalizan con Bukowski o Houellebecq, yo simplemente me río. Recuerdo que Toulouse-Lautrec, a las señoras burguesas que veían obscenos sus cuadros, les decía que la obscenidad estaba en su mirada, en la de las señoras. Me creía muy moderno, la Historia del ojo se escribió en 1928. Reconozco que del Kama Sutra me quedo con las ilustraciones, que del Marqués de Sade tampoco soy devoto. Sí me estimula el fetichismo, como a Berlanga, inspirador de esta colección de La sonrisa vertical, libros para ser leídos con una sola mano. Probablemente me haya quedado en el erotismo de Buñuel, en el erotismo clásico, transgresoramente convencional. Esto de las meadas me recuerda al video del corpiño de P. J., a mí que me creía muy moderno me ponen más los uniformes de monja o enfermera, como a Buñuel. De inspiración freudiana, Bataille juega con Eros y Tánatos, con la vida y la muerte, con las oposiciones, los juegos de límites, el peligro de las transgresiones. Si te crees muy moderno, deseas que algo te guste aunque no te guste (la ópera, por ejemplo). La historia del ojo no está en mis metapreferencias. Me creía muy moderno y soy convencional hasta en el sexo. Decía la ilustre Concejela que no se mezclan peras con manzanas, para defender lo contrario que simbolizaba; hablamos mucho de sexo; los curas siguen pontificando de sexo. Me creía muy moderno, no me ha gustado la obra maestra de la literatura erótica.
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30 Septiembre 2009
Las adicciones los son por su irracionalidad, por masoquismo, por adicción, claro. Leer a un señor que siempre nos habla de hospitales, de enfermedades, de muerte, de desdichas, de falta de salud, de penas, tiene que ver con la magia de las palabras, con la seducción, con la música de las palabras. Bernhard nos cuenta su apasionante encuentro en el sanatorio con el sobrino de Wittgenstein; éste destacó por su genialidad, el sobrino por su locura. Conjetura Bernhard que tío y sobrino alternaban genialidad y locura en mayor o menor grados. Interesante. Entre orinales, flemas, sábanas manchadas, sangre, enfermeros y médicos. La música de Bernhard está en sus frases largas, inimitables, acompasadas y repetitivas, obsesivamente repetitivas, hipnóticamente sugerentes, seductoras y traicioneras como la pasión, con el ritmo de las mejores melodías, ya digo, la música de Bernhard, inimitable. Probablemente intraducible, pero Miguel Sáenz lo lleva bien. En El sobrino de Wittgenstein también se habla de amistad, además de música y de lo malos que son los médicos tanto como los enfermos. Los enfermos son indisciplinados, nos dice Bernhard, tan indisciplinados como incompetentes los médicos, los cuidadores de nuestra salud. ¿Y los sanos? Las relaciones entre sanos y enfermos son imposibles, enfermizas, hipócritas, insanas. Este libro es un homenaje al loco de Paul, el sobrino, un homenaje y una muestra de la dificultad de las relaciones, de la imperfección de la amistad. Cuanto mayor es la amistad entre dos hombres, se hace más dependiente, cancerígena, contagiosa, peligrosa. La amistad está sobrevalorada, nos decía David Trueba en Cuatro amigos, Bernhard comprueba su imposibilidad, su fracaso, por exceso, por hartazgo, por amor. También nos habla de premios literarios (aceptar un premio literario es una perversión), de la adicción a los perniciosos cafés literarios llenos de chismorreos, de la vida en el campo (que nos deja vacíos), de los viajes imposibles, cuando viajas eres feliz y al llegar a cualquier sitio te conviertes, nos dice Bernhard, en el más infeliz de los recién llegados. La literatura de Bernhard, en fin de cuentas, es inquietante, divertida, corrosiva, turbadora, maravillosamente adictiva.
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24 Septiembre 2009

La literatura es un ejercicio de travestismo. Una travesura que se nos va de las manos. La simulación elevada a la categoría de seducción, de pose, de fingimiento, de peligrosa atracción. César Aira le pone voz a un niño/niña que se llama como él, que tiene seis años y que nunca se hará mayor, que sucumbe como en los cuentos de hadas. Un garbancito, una caperucita, un peter pan, diabólico ejemplar de la naturaleza civilizada. Es difícil hallar ese punto crítico en que un personaje es querido por el lector por lo que tiene de malvado, de perverso. Este niño/niña consigue atraparnos/disgustarnos desde sus caprichos, desde su visión deteriorada de la realidad. La fascinación se da cuando lo que lees ya no sabes si es real o no, y te da igual, sólo deseas que te cuenten más cosas, que te sigan desvelando capas ocultas de la realidad/irrealidad, que te sorprendan más. Como en Otra vuelta de tuerca de Henry James, la verdad y la mentira se dan la mano en Cómo me hice monja. Los hábitos de la monja no los vemos en la novela, en este cuento largo que podría haberse titulado: Malditos helados, Laberinto de pupitres, La maestra que no me quería, La cárcel de mi padre o Confusiones sexuales a los seis años. Como aficionado a la literatura con personajes infantiles, el tono del libro me trae gratos recuerdos de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco o de Espera a la primavera, Bandini de John Fante. En la primera página estalla el conflicto de la obra a partir de un helado rosa. El padre entusiasmado quiere que su hijo pruebe el delicioso sabor de los helados. El hijo/hija rechaza ese sabor desagradable y entramos en un juego de ficción, desconcertante y maravilloso, donde nada es lo que parece, en el que la narratividad del autor argentino alcanza cuotas de excelencia, de deleite literario.
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