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Categoría: libros

23 Noviembre 2009

La oscuridad exterior, Cormac McCarthy

Novelista es quien empuja y pasea un espejo por un camino real o por un sendero de cabras. Lo dijo Stendhal. Novelar es viajar, recorrer caminos, sea la Odisea, el Quijote o el Viaje al fin de la noche. En las novelas de C. McCarthy, los hombres deambulan sin rumbo por parajes inhóspitos, sin prisa, sin pausa, perdidos, buscando sin encontrar. En La oscuridad exterior un hombre y su hermana desesperadamente huyen, de sus miedos, de sus fantasmas, de su incestuoso hijo, del pasado, del mal, por caminos desolados de la América profunda. Como en los territorios de Faulkner, los instintos más primitivos, la barbarie disfrazada de civilización, les sale al paso en cada matorral. Los ríos se vuelven torrenciales y la naturaleza es hostil y traicionera. Como en los mejores western, los caballos son salvajes y los malos siempre son los otros. En un viaje al infierno, como en la selva conradiana, a cada paso surge un enemigo de mayor calado. En un espacio atemporal, C. McCarthy radiografía con alusiones bíblicas las entrañas de sus contemporáneos, de todos nosotros. Sin tregua, sin piedad, disecciona la lucha por la supervivencia de unos desarraigados que desenfundan el cuchillo por unos zapatos. Por un par de botas son capaces de robar, de matar, de conseguir una mísera ración de comida, por supervivencia, hastío o simple costumbre. El bosque, el río, el polvo del camino son los elementos que nutren una alegoría nada complaciente. Al final del camino, el ciego es el único que sabe ver, el único que se queda sentado, que ha renunciado a la luz, a la oscuridad exterior, el único que sonríe, el ciego, que quizá mire en su interior. En una parábola apocalíptica donde las sombras emiten sonidos poco reconfortantes. Un hombre va por los caminos buscando trabajos, y a su hermana, y a su hijo, y a un hojalatero. En la trilogía de la frontera, en La carretera, en No es país para viejos, en La oscuridad exterior, con un lenguaje preciso y unos personajes desarraigados describe McCarthy la soledad contemporánea, sin concesiones al optimismo. La oscuridad exterior.

 

 

 

 

 

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10 Noviembre 2009

Botchan, Natsume Sóseki

 

             Pobres maestros. En la enseñanza tienen que vérselas con los alumnos y sobre todo con los compañeros. Botchan, que puede traducirse por niño mimado, es un joven veinteañero que se estrena en la docencia de las matemáticas. Abandona su Tokio natal y se desplaza a una provincia lejana, a finales del siglo XIX. Su inmadurez, su frescura, su sentido del honor chocan con el mundo adulto. Desde la primera persona nos relata su incomprensión del mundo civilizado, su inadaptación a un mundo que se rige por reglas de hipocresía. Sus intentos quijotescos por sobrellevar el mundo nipón, con sus rituales y ceremonias, devienen en fracasos, en hilarantes desgracias. Contado desde una voz juvenil que rechaza las convenciones sociales, nos encontramos ante un guardián entre el centeno. También se ha comparado a Botchan con las novelas de Mark Twain. Su incomprensión nos remite a un nuevo Principito, a un ser desvalido sin las habilidades sociales para sobrevivir al entorno urbano. La caracterización del personaje y la crítica social convierten esta amena novela en un clásico, en uno de los referentes de la literatura japonesa. Los lectores occidentales nos perdemos parte de su ironía al desconocer muchas de sus tradiciones y quizá echemos de menos el contraste entre las dos civilizaciones como ocurre en libros como "Ni de Eva ni de Adán". Pero la figura del Botchan resulta universal por su sinceridad, por la forma de enfrentarse a los imprevistos, por su capacidad de superación. Su actitud final, de renuncia, de huida, deja un mal sabor, aunque la renuncia al yo sea una más de las alternativas orientales. El apego a los sentimientos y los principios, la entereza, lo hacen un personaje querido. La gastronomía japonesa -con kamaboko, sashimi, wasabi, sake, dango- sirve de aderezo a las vicisitudes de un extraño personaje que rechaza aumentos de sueldo, que presenta dimisiones. Su visceralidad  se riñe con el carácter japonés, austero, silencioso, rocoso. Entretenidas historietas de hace más de cien años en un mundo no tan lejano al nuestro, en un mundo muy parecido al nuestro.

 

 

 

 

 

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7 Noviembre 2009

La ciudad, Mario Levrero

 

 

            Es extraño llegar a un sitio sin saber de donde vienes. Es extraño no reconocer ese lugar. Extraño es no ver una ciudad si te dicen que ahí hay una ciudad. El personaje de La ciudad camina por un espacio atemporal en el que la bruma y la indeterminación delimitan un territorio atípico, inverosímil, peligroso, hostil. La atmósfera de esta novela se emparenta con los road movie, con los espacios abiertos en los que la carretera es la protagonista. El camino como discurso, el deambular como  razón de ser, lo etéreo como esencia. Un hombre sin pasado se pierde en una carretera. Como en las novelas de Onetti y de C. McCarthy un paisaje abrupto y desértico acompaña al protagonista. Un camionero y una joven lo introducen en un mundo onírico del que no puede ni casi intenta escapar. Los zapatos gastados, la falta de cigarrillos, las miradas de soslayo al forastero o la depresión de éste se conjugan con el deseo sexual, con su memoria, con la falta de memoria, con escenas en espacios laberínticos, con una estación de servicio que oculta otra realidad. El poder representado por el reglamento, por la Empresa, por la legalidad, se ejerce desde la ausencia, por la fuerza del miedo, se impone por una autoridad omnímoda que nunca está presente. Todos ellos son elementos kafkianos que configuran un territorio mágico, siniestro, desapacible. Como en las novelas de Kafka, los personajes se pierden en pequeños gestos, en movimientos absurdos, en escenas hilarantes, en un pasar el tiempo en el que el absurdo se incorpora a nuestra cotidianidad. La puerta cerrada de una habitacion prohibida puede ser la llave que aflore lnuestros instintos más salvajes. La estación de servicio donde es hospedado el protagonista sin nombre de La ciudad es una gasolinera sin clientes, una empresa sin presente con mucho futuro, un lugar sin coches donde los trenes quizá nos alcancen a Montevideo. Mario Levrero es un autor uruguayo redescubierto ahora en España que incorpora elementos de la literatura costumbrista y de la fantástica, que incomoda por la cercanía de sus propuestas. Como en los cuentos de Borges, hay una estructura oculta que se va cerrando y desvelando conforme nos alejamos de la realidad, conforme nos acercamos a nuestros fantasmas. La ciudad de Levrero deviene en contemporánea, en cómplice de nuestros deseos ocultos.  

 

 

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2 Noviembre 2009

El sabotaje amoroso, Amélie Nothomb

            Entre el arte de la guerra y los juegos de los niños. Con frases cortas,  Amélie retrata un paisaje impresionista en el que las nada inocentes escaramuzas de una niña de siete años quieren poner en jaque el satus quo mundial. Como novela iniciática, El sabotaje amoroso es el campo de batalla de China, lugar de encuentros y desencuentros amorosos. Una niña de siete años, la protagonista, quiere convencernos de su amor desmedido por una joven italiana. Un tablero internacional en el que mientras los adultos juegan a la guerra, las grandes batallas las entablan los pequeños. Escaramuzas, venganzas, muchas peleas, disputas territoriales, incursiones en el bando enemigo, artimañas y sabotajes amorosos completan un fresco en el que la crudeza, teñida de amor cruel, salpica estas páginas. Rememora la escritora belga sus primeros años en la China de los setenta, un espacio multilateral ocupado por diplomáticos europeos donde el comunismo es una excusa más para que los niños jueguen a la guerra. Con frases afiladas, Amélie nos recuerda que "todo lo que no es espléndido es horrible", "nadie es indispensable salvo el enemigo", "un país comunista es un país en el que hay ventiladores", "nada resulta menos inocente que la sintaxis". Con la Iliada de Homero como telón de fondo, con una Helena troyana como eje de los vientos amorosos, con citas de Wittgwnstein, en El sabotaje amoroso se cuece un plato refinado con más especias que sustancia. El regusto que nos deja saborear Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán no se alcanza en esta obra menor por previsible y reiterada. El sabotaje amoroso con sus 160 páginas queda como una novela demasiado larga; en las primeras veinte páginas se saborea toda la esencia de esta novela, quedando el resto como un aderezo prescindible.

 

 

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26 Octubre 2009

Elizabeth Costello, John M. Coetzee

             Yo soy otro, nos sugería Rimbaud, al tiempo que recordaba que la vida siempre está en otra parte. Elizabeth Costello se dedica a escribir y a viajar por el mundo. Desde las antípodas recorre el mundo para conocerlo, para conocerse. En un viaje interminable, traspasa continentes y épocas quizá sin saber lo que busca. Como una Ulises contemporánea no deja de escribir y de pensar haciendo interminable su viaje. Parapetada en conocimientos y búsquedas araña causas imposibles para asirse a la vida. Ante la falta de creencias, ante el paso del tiempo como pérdida, Elizabeth Costello recurre a las pequeñas cosas, a los animales que no hablan pero que sienten, a las figuras dionisiacas enterradas por creencias religiosas y laicas. Un libro difícil. Un libro alegórico que nos aleja del pensamiento convencional, que nos provoca invitándonos a pensar. Un viaje por el ecologismo más radical, por la vuelta a una religiosidad primigenia, una apuesta por la pasión, por la fuerza de la pasión frente al descrédito de las creencias. Un repaso por el mundo literario, por las ambiciones que mueven el mundo intelectual,  con incursiones en un mundo kafkiano en el que no hay viajes de vuelta, donde los dioses juegan con los humanos, los humanos con los simios, donde las fronteras son simbólicas, infranqueables, donde se tienden puentes imaginarios, donde el espacio se difumina y nada es lo que parece. Juego de muñecas rusas, tentaciones inalcanzables, deseos prolongados y efímeros. Coetzee  nos invita a acompañarle en una novela/ensayo, por una ruta estrecha, escarbada en la que las luces se confunden con las sombras, en la que el mito de la caverna nos arrastra a las profundidades de la razón, a los fantasmas que fantasean con nuestros sueños. No nos lo pone fácil Coetzee.  Escarba en nuestras mentes y encuentra vísceras agridulces, neuronas excitadas, intestinos coleando entre la vida y la muerte. La alegoría kafkiana adquiere tintes dantescos en algunas páginas con connotaciones y comparaciones del holocausto, con paseos entre prometeicos y órficos. Es Elizabeth Costello un libro crepuscular desde una voz femenina que se enfrenta a la opacidad, un contrapunto a otras voces masculinas en las que el alter ego del premio Nobel sudafricano está también presente. El personaje de Elizabeth Costello aparece como secundario en otros de sus libros, como en Hombre lento. Hay escenas de sexo en este y otros libros de Coetzee, aunque nunca tan explícitas y abundantes como en Philip Roth, por ejemplo. Sigo prefiriendo y recomendando la novela Desgracia como la gran obra de este escritor inclasificable y desasosegante.

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11 Octubre 2009

La hermana de Katia, Andrés Barba

 

            Desconocemos cómo se llama la hermana de Katia, igual que ella desconoce quién es su padre. Hasta su madre lo desconoce. El narrador no lo cree necesario, sí quiere que nos acerquemos a la familia de Katia, de la hermana de Katia, de la hermana menor de Katia, que tiene catorce años, que no es guapa como su hermana Katia, pero que tiene una sensibilidad especial, una capacidad de cariño que pone al lector de su parte.

            Andrés Barba ha elegido una difícil voz en tercera persona que le susurra a los personajes -femeninos los principales- para que nos desvelen sus secretos. Los secretos de una familia con muchos silencios, con problemas, con gritos. Una familia en la que la abuela se va apartando como las gaviotas para alejarse de este mundo. En la que la protagonista, la hermana de Katia, va descubriendo el mundo de los adultos, desde su ingenuidad, desde una inocencia que nos sobrecoge.

            Esta novela de encuentros y desencuentros está narrada con sutileza, con la maestría de acercarnos a una familia en la que las profesiones marginales de madre e hija -prostitución y bailarina de striptease- son mero decorado en un teatro de afectos y sentimientos.

Me ha gustado el final en el que ese amor fraternal se impone a las dificultades de la cotidianidad. Me ha gustado ver la lucha diaria, las gafas de la abuela olvidadas en el sofá, el televisor con documentales de animales, las fotos de un amor huido a Italia, las bragas sucias tiradas al suelo.

            Sorprende gratamente que con veinticinco años Andrés Barba se pasee por territorios pantanosos como la prostitución y la religión sin caer en tópicos y moralinas, que sea simplemente un narrador como corresponde a un novelista. Frente a las "putas de manual", en La hermana de Katia lo que vemos es a unas mujeres que se visten cada mañana para enfrentarse al mundo y que regresan cansadas y necesitadas de un abrazo de los suyos, personajes que no son juzgados por el autor, como nos enseñó Chéjov emitir un juicio corresponde al lector. Esta novela fue premiada, creo que merecidamente, como Finalista del Premio Herralde de Novela.

 

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4 Octubre 2009

Oler la música

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=593074

 

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1 Octubre 2009

Historia del ojo, G. Bataille

              Un clásico. Obra maestra de la literatura erótica. No es pornografía, es erotismo. Un texto surrealista cargado de simbología: el ojo, el huevo, el sol, la tierra, los genitales del toro. Profundidad emocional y filosófica. Vargas Llosa explica en un amplio prólogo que esta obra te atrae o te repele, no permite la indeferencia.

            A mí no me ha atraído. Mi imaginación erótica es limitada, donde otros al leer orines y actos escatológicos ven metáforas subliminales, yo sólo veo orines y actos escatológicos. Me creía muy moderno. Cuando otros se escandalizan con Bukowski o  Houellebecq, yo simplemente me río. Recuerdo que Toulouse-Lautrec, a las señoras burguesas que veían obscenos sus cuadros, les decía que la obscenidad estaba en su mirada, en la de las señoras. Me creía muy moderno, la Historia del ojo se escribió en 1928. Reconozco que del Kama Sutra me quedo con las ilustraciones, que del Marqués de Sade tampoco soy devoto. Sí me estimula el fetichismo, como a Berlanga, inspirador de esta colección de La sonrisa vertical, libros para ser leídos con una sola mano. Probablemente me haya quedado en el erotismo de Buñuel, en el erotismo clásico, transgresoramente convencional. Esto de las meadas me recuerda al video del corpiño de P. J., a mí que me creía muy moderno me ponen más los uniformes de monja o enfermera, como a Buñuel. De inspiración freudiana, Bataille juega con Eros y Tánatos, con la vida y la muerte, con las oposiciones, los juegos de límites, el peligro de las transgresiones. Si te crees muy moderno, deseas que algo te guste aunque no te guste (la ópera, por ejemplo). La historia del ojo no está en mis metapreferencias. Me creía muy moderno y soy convencional hasta en el sexo. Decía la ilustre Concejela que no se mezclan peras con manzanas, para defender lo contrario que simbolizaba; hablamos mucho de sexo; los curas siguen pontificando de sexo. Me creía muy moderno, no me ha gustado la obra maestra de la literatura erótica.

 

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"La literatura es un oficio peligroso"(R.Bolaño). "Escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir" (Chejov). "Una persona moralmente irreprochable no escribe libros" (Giorgio Manganelli). "Compadécete de los que están mejor que tú" (Ezra Pound). “Siempre me ha producido verdadero espanto llegar a ser una persona útil” (Cioran).

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