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Categoría: cine

8 Octubre 2009

Malditos bastardos, Quentin Tarantino

 

 

            Hace casi quince años que Tarantino creó un clásico del cine moderno: Pulp Fiction. En 1995 recuerdo un debate interesante entre Javier Marías y Antonio Muñoz Molina. El primero defendía la genialidad de la obra y el segundo la cuestionaba porque no todo vale en arte. Pasado el tiempo hay que reconocer que la influencia en el cine posterior de Tarantino avala la tesis de Marías, lo que no se contradice con aceptar que sigue sin valer todo, en la vida y en el arte, incluido el cine. Supongo que a los que veneran La lista de Schindler les parecerá esta Malditos bastardos toda una gamberrada. A Los que hace tiempo dejamos de ver películas de guerra, nos resulta amena y divertida. Tarantino domina muy bien los diálogos (intencionadamente excesivos), la música, los efectos visuales, la puesta en escena. De las interpretaciones destaca, por delante de Brad Pitt,  el papel de Christoph Waltzencima de coronel nazi. La violencia, la excesiva violencia, sigue como marca de la casa, por mucho que se la quiera aderezar de humor. En la estructura, echo en falta los saltos narrativos a los que nos tenía acostumbrados, presentando aquí una obra lineal, en forma de sucesión de pequeños cuentos como si fueran cuentos de hadas, de hadas brujas y guerreros armados hasta los dientes: es la guerra. En cuanto al guión, el final es efectista pero quizá cojee algo. Y el tema es lo más trasgresor, lo más Tarantino: una revisión más o menos desprejuiciada de la 2ª Guerra Mundial. Entiendo que haya a quien le moleste. Yo que no soy aficionado a películas de guerra, reconozco que me ha enganchado, que las dos horas y media de proyección han pasado muy deprisa, atraído por un despliegue visual cercano al virtuosismo del viejo Kurosawa. No soy muy tarantiniano, pero ver de nuevo caricaturizado a Hitler tiene su punto. Sí me parece una buena película esta Malditos Bastardos.   

 

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6 Octubre 2009

El secreto de sus ojos, J. J. Campanella

  

 Las locuras se hacen por amor, por venganza o simplemente por odio. A partir de una fotografía, de una mirada de soslayo, del secreto de unos ojos, se desencadenan una serie de obsesiones, de locuras, en forma de thriller,  en las que los personajes sacan de sus entrañas los instintos más primitivos. Una película que comienza recordando el tono periodístico de Soldado de Salaminas acaba pareciendo El silencio de los corderos. Los diálogos, el ritmo narrativo y las interpretaciones (Ricardo Darín y Soledad Villamil) son acertados. Pero echo en falta la alegría de El hijo de la novia. En el año 2.000 Campanella nos deslumbro con esta comedia urbana donde radiografiaba a la sociedad argentina y a todos nosotros. Nueve años después, el diagnóstico es más triste, muy triste. El humor negro, las corrupciones, la burocracia, las injusticias de la justicia, personajes alcoholizados, perdedores a sueldo, un cuadro sombrío y gris. Sí hay escenas jugosas, como la que se defiende la pasión, en un bar recitando las alineaciones de hace años. Pero las obsesiones de los personajes destacan por la venganza, por el odio. La obsesión por el amor, el amor de R. Darín por su jefa, me lo cuentan pero no me lo creo, la última escena no me la creo, edulcora una película que no puede resolver con cerrar una puerta un amor suspendido 25 años atrás. La escena previa de una sorpresiva cárcel improvisada parecía el final de la historia. Un historia bien contada, amena, truculenta, oscura. Me ha dejado mal sabor de boca esta buena película de malos.

 

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12 Abril 2009

Gran Torino, Clint Eastwood

Cada uno se construye un Clint Eastwood a su medida. Está el pistolero de Harry el sucio, el romántico de Los puentes de Madison, el jazzista de Bird, el revisionista del western de Sin perdón, el dramatismo de Million dollar baby o la complejidad de una obra maestra de Mystic river. Ahora nos ofrece Gran Torino, una película más lineal, de engañosa sencillez. Engañosa porque hacer comulgar al espectador con un personaje racista, machista, xenófobo, etc. es tarea difícil. No estamos ante el símpatico Jack Nicholson, raro y recurrente en Mejor… imposible, estamos ante un excombatiente enfrentado a su familia, huraño, solitario y desengañad de la vida. Un personaje que al quedarse viudo sólo le quedan sus armas, un viejo y elegante coche (un gran torino del 72), su perro, la separación de sus hijos y nietos, una casa en un barrio habitado por orientales, y su soledad. Gran Torino es la historia de un hombre que ha ganado una guerra que ve cómo le ronda la muerte, de un luchador que renuncia a ser un perdedor. Es una historia de superación, un canto a la amistad. Vivir en un gueto rodeado de asiáticos y bandas juveniles es poco recomendable para un jubilado de la américa profunda. El amor a los coches, a las armas, a las cervezas y a los principios de toda la vida es una constante en los personajes de Clint Eastwood. Tampoco es nuevo explorar en la memoria, en los sentimientos enquistados, en un pasado que con su culpabilidad nos frena. En Gran Torino hay pocas palabras, las justas para trasmitirnos un personaje desubicado, que se acerca a los extraños que lo rodean porque no encuentra a nadie más, porque necesita redimirse y lo hace armado de pistolas y prejuicios, con valentía y desesperación. El mechero final ilumina una película que emociona, que trasmite verdad y vida, un acercamiento arriesgado al complicado mundo urbano y multicultural, interracial, en el que conviven tradiciones con venganzas, amor y odio. Un mundo como otro cualquiera, más violento que el que vivimos a diario, pero en el que no cambian tanto los valores, en el que se dan los mismos sentimientos, los silencios son igual de profundos y en el que el protagonista quiere darse una segunda oportunidad. Las películas de Clint Eastwood son historias de aprendizaje, de valor, de crecimiento personal, imágenes impactantes y diáfanas donde las sombras no aparecen para confundir, donde las escaleras son una vía de conocimiento. En Gran Torino el confesionario nos invita a mirarnos al espejo.

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10 Abril 2009

Los abrazos rotos, Almodóvar

Sin emoción sólo tedio, dice Carlos Boyero, el que más entiende de esto. Tampoco es para tanto. Es cierto que se alarga innecesariamente, que falta alguna elipsis, un tijeretazo en algunas escenas, aunque al final cumple. Te quedas con ganas de saber qué pasa en esa película que se rueda dentro de la película. No es cierto que Lluís Homar no trasmita emoción, ni Blanca Portillo, ni Tamar Novas (Diego). ¿Y Penélope? Cada vez lo hace mejor Penélope Cruz, Pedro Almodóvar lo sabe y nos muestra su boca, su sonrisa, su pelo (da igual que sean pelucas) y se recrea en los primeros planos, la enfoca una y otra vez y da gusto mirarla, a Pe. Siempre tiene las manos ocupadas, de nuevo la vemos cortando tomates, de nuevo la vemos con tacones (Almodóvar es un fetichista con los zapatos). Donde deja el sello genial el manchego es en esos planos lentos, desenfocados, como en el picado en el que vemos a Lluis (o Mateo o Harry) bajar las escaleras rectangulares, sin mover la cámara, o en los movimientos iniciales de un pie y del respaldo del sofá como únicos testigo del acto sexual. Además de los zapatos y los tomates, insiste en los concejales corruptos, en la cocaína, en los hospitales y en los amores atormentados, o en lo atormentado del amor. El mundo almodovariano rinde un homenaje permanente al cine en blanco y negro, a los clásicos, a Hitchcock, a las escaleras peligrosas. Los abrazos rotos no consiguen ese ambiente claustrofóbico, la desesperación de los grandes dramas, pero sí atrae, ya digo, a pesar de su metraje, vale la pena, lleva el sello de la casa, con un argumento no tan complicado como la fallida La mala educación, pero parece como si quisiera homenajearse a sí mismo, a Mujeres al borde de un ataque de nervios. A quien valore ésta, junto a Volver, a Hable con ella, a Todo sobre mi madre, Matador, La ley del deseo, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, no le defraudará Los abrazos rotos. Película con ciego y bastón, con desmayos, con celos, con muchos celos: Almodóvar.

 

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31 Julio 2007

Bergman

Recuerdo una calurosa tarde, en la adolescencia, en un cine de barrio, sentados en incómodas sillas, mirando a Liv Ullmann y Bibi Andersson en Persona. Y mirados por ellas, por sus escrutadores ojos. Unos ojos que sirvieron de reclamo para llenar un cine de barrio, de adolescentes y curiosos, que entre acnés y desconcierto, entre sorpresas y extrañamiento, se movían en las butacas. Esos primeros planos, en blanco y negro, llenos de silencios, de pausas, de voces de fondo, de lágrimas, de susurros, de vacíos, dudas, de medias sonrisas, de pupilas sin fondo, de claroscuros, sombras y luces, penumbras, angustias, incomprensión, soledad, comunicación incompleta, búsquedas, deseo, el alma humana como trasfondo, como interrogante sin repuesta, la penumbra como misterio, la muerte como destino, la vida sin sentido, el hombre y la mujer ante su conciencia, la vida…

El expresionismo de El grito, el infierno sartriano, los silencios de Mozart y Erik Nordgren, el abismo como puente a lo desconocido, la introspección como ese espacio de duda que nos abre a un camino desconocido.

Me alegra leer a Woody Allen en Ingmar Bergman: Vida de un genio (http://apostillasnotas.blogspot.com/), identificarme con su mirada, recuperar aquello que intuía, sin acertar en las palabras, cuando hace casi treinta años vi Interiores y Sonata de otoño.

La pérdida del director sueco deja esa sensación extraña de las ausencias esperadas, de las despedidas anunciadas, del paso del tiempo, de lo inevitable, el sabor amargo, casi agridulce, de un atardecer cuando las sombras lo invaden todo, donde un ladrido desconsolado retumba en el horizonte y el último rayo se resiste a abandonarnos al iluminar unos ojos pálidos, tristes, desconcertados que nos miran ya desde la noche.

***

Hace poco vi Fresas salvajes, me gustó. Llevaba veinte años castigado sin ver películas de Bergman. Como quien no come chocolate porque engorda, porque el cacao le produce adicción, porque nos mancha los labios y da ardor de estómago. No sé, como los amores terribles. Creo que era Einstein quien bajo la lluvia, rechazó un paraguas, porque ya estaba mojado. A veces sienta bien que el agua traspase los poros de la piel, llegue hasta los huesos y nos acaricie húmeda, tibia. Cuesta mojarse al principio, pero luego no queremos abandonar el agua, como al sumergirnos en las crudas imágenes bergmanianas, llenas de sensualidad, desnudas, que se nos pegan a la piel como las gotas de lluvia.

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22 Abril 2007

La vida en rosa, Olivier Dahan

Si después de más de dos horas de metraje abandonas la butaca queriendo escuchar de nuevo a Edith Piaf, es que la película ha conseguido atraparte.
En la línea del Bird de Clint Eastwood (biografía de Charlie Parker), La vida en rosa nos cuenta la vida atormentada de esta cantante francesa musa de los existencialistas en los 50. Pero es más costumbrista, más en la línea del Oliver Twist de R.Polanski. Con unas tonalidades marrones, unas sombras que nos remiten al infierno de Dante, como viaje por la infancia turbia y desgarrada de Edith P. Luego adquiere colorido la pantalla cuando nos encontramos con el apogeo de la estrella, que se asoma al paraíso. Sin pudor, sin miedo al ridículo: eso tienen los franceses, que aún en horas bajas saben venderse como nadie (París, París). No he visto la peli sobre Lola Flores pero al leer las reseñas intuyo que le falta ese glamour, este uso de la hipérbole imprescindible en las hagiografías.
Pero estos excesos son limitados con el uso del flashback, al ofrecernos un montaje no líneal de las secuencias que nos trasmite con más realismo destellos de una vida agridulce. Hay emoción e intensidad en el personaje interpretado por Marion Cotillard. Edith Piaf responde al mito de artista inmadura, genial, caprichosa, tocada por los hados (en este caso por Santa Teresa) con la barita mágica.
Edith Piaf convivió con Jean Cocteau, Marlon Brando, Yves Montand, Georges Moustaki o Marlen Dietrich. Aunque esta obra de Olivier Dahan apenas se recrea en esa faceta social de la artista y ahonda más en una personalidad frágil y fuerte, iluminada y vulnerable, para mostrarnos una extraña mezcla de Janis Joplin, La Raulito, Joan Baez y Lina Morgan.
Canciones como Milord, Je ne regrette rien o La vida en rosa adquieren actualidad tras esta película europea en la que Edith Piaf resurge con su rien de rien, porque: no, nada de nada, no lamento nada.

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2 Abril 2007

Atlas de geografía humana, Azucena Rodríguez

Con barro en las botas y las rodillas manchadas bajé del autobús del equipo de fútbol juvenil y me metí en el cine en el año 79. Me topé con Campeón, donde Zeffirelli nos enseñó a llorar. Un drama que supuso el paso del pañuelo de tela de nuestros padres al nuevo formato del clinex de papel.

Habías llorado tanto en Campeón que no reconocías si eso era bueno o malo. Y aún no lo sabes.

Casi 30 años después, con el Atlas de geografía humana he revivido esa sensación. Estas pelis sensibleras, que te tocan la fibra, son ¿buenas?, ¿malas?

A partir de la novela de Almudena Grandes, desfilan por la pantalla cuatro mujeres sin problemas económicos y con problemas emocionales. Sentimentales, vitales. Lo que ya no entiendo es que estas obras acaben bien. Como en un vodevil parece que el autor (o la autora) te pida que aplaudas al final, que te recuerde que esto es ficción, que no te lo creas del todo, que son sólo personajes.

Las mujeres de este Atlas critican a los hombres, pero los necesitan. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Desde su cómoda posición social, van abriendo su corazoncito para recibir nuevas heridas, y dosis de adrenalina. La película reivindica la juventud de mujeres en torno a los cuarenta. Así, la madre separada con hija adolescente, ni se plantea los escarceos amorosos de su hija, porque es ella quien los vive en carne propia, es ella la protagonista.

Todo muy bien ensamblado, algo edulcorado, y que nos remite a esa palabra que tanto odia Almudena G. : entrañable.

Película de sentimientos, de búsquedas, de parejas rotas, cosidas o rehechas.

Los hombres quedan en un segundo plano, como figurantes de este atlas costumbrista, de paisaje de fondo que ambiente una nueva sociedad, donde las mujeres editan, rescriben, publican y venden todo tipo de atlas. Si sólo son de geografía general, ellas los convierten en geografía humana, inundando sus páginas de montañas de pasión y mares de lágrimas que desembocan enhijos y nietos.

Me gustan las películas que produce Gerardo Herrero.

La película la dirige Azucena Rodríguez.

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14 Marzo 2007

BABEL, A. González Iñárritu

Tras “Amores perros” y “21 gramos”, A.González Iñárritu en la dirección y G.Arriaga en el guión, realizan Babel, menos ambiciosa y más conseguida en lo formal, y más pretenciosa porsu simbolismo.

El título ya lo dice casi todo: Babel. La metáfora bíblica sirve en este caso para representar las ventajas y los inconvenientes de la globalización.

Las migraciones y las fronteras se repiten a lo largo de la película, mostrando lo fácil que es salir de EEUU y lo difícil que puede resultar volver. O cómo los turistas occidentales viajan confortablemente por Marruecos pero cuando salen del autobús no se fían ni de su sombra.

Es hermosa la relación entre los dos hermanos pastores (se supone que menores de 16 años sin contrato de trabajo). Y visualmente, el efectismo, la gran traca, la dedica esta película a mostrarnos el colorido del Japón actual, con sus jóvenes occidentalizados (accidentalizados me dice el Word) y a la última en las nuevas tecnologías (y en suicidios).

En el nexo narrativo, está menos justificada esta parte nipona, pero por aquello del “efecto mariposa”, de las casualidades que devienen en causalidades (a lo P. Auster) , pero lo perdonamos porque son imágenes y escenas muy atrayentes.

142 minutos para una película que nos muestra un drama contemporáneo mediante varias historias entrecruzadas, que por supuesto darían para mucho más, pues nos gustaría saber más de sus personajes. De esos niños: los marroquíes y los japoneses; los americanos han salidos rubitos y más sosos, más de postal.

Viaje por Marruecos, Túnez, México, EEUU y Japón, con Brad Pitt y otros, para seguir las huellas de un rifle (letal como todas las armas) que une unos relatos cortos que por separado ya tienen suficiente fuerza.

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