17 Noviembre 2009
Los viajes en tren me recuerdan la infancia. No me atrevo a subirme de nuevo a un tren. En la recta final el tren esprinta como los ciclistas. Cuando se acerca a la meta, a la gran ciudad de destino, por la ventanilla el paisaje es desolador: restos de traviesas de madera, chatarra, basuras… las afueras de las ciudades son territorios monstruosos. Imagino que he salido del espacio. No imagino cómo alguien puede habitar, cómo alguien puede llegar a tirar tanta basura cerca de la vía del tren. Sin tacones no hago declaraciones. Hay frases tan siniestras que sólo pueden provenir de un político. En el Ave me distraen del paisaje, con los videos, las revistas, los móviles, no me dejan contemplar los arrabales, los restos de civilización que rodean las ciudades, esos carteles amarillentos donde se anuncian con letras oxidadas empresas ya desaparecidas. Los carteles que sobreviven a los muertos son un enigma. Vestigios del futuro. Cuando la gravedad disminuye todo es posible. Me apetece subir al tren. Sin tacones. En los túneles cerraba los ojos, ante la penumbra, acobardado, soñador. Ahora en los túneles se apagan los móviles, se cambia la oscuridad por el silencio. Nunca imaginé que la oscuridad me acercara al silencio. El cambio de vagón ya no impresiona. Ya no da miedo cambiar de vagón. Sólo la cafetería mantiene un aire del pasado. Las latas, el olor a jamón, a tortilla. Ahora sin humo. Los asientos son más confortables, menos mullidos, menos gastados. ¿Más confortables? Me bajo en la próxima estación. Sin tacones.
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10 Noviembre 2009
Pobres maestros. En la enseñanza tienen que vérselas con los alumnos y sobre todo con los compañeros. Botchan, que puede traducirse por niño mimado, es un joven veinteañero que se estrena en la docencia de las matemáticas. Abandona su Tokio natal y se desplaza a una provincia lejana, a finales del siglo XIX. Su inmadurez, su frescura, su sentido del honor chocan con el mundo adulto. Desde la primera persona nos relata su incomprensión del mundo civilizado, su inadaptación a un mundo que se rige por reglas de hipocresía. Sus intentos quijotescos por sobrellevar el mundo nipón, con sus rituales y ceremonias, devienen en fracasos, en hilarantes desgracias. Contado desde una voz juvenil que rechaza las convenciones sociales, nos encontramos ante un guardián entre el centeno. También se ha comparado a Botchan con las novelas de Mark Twain. Su incomprensión nos remite a un nuevo Principito, a un ser desvalido sin las habilidades sociales para sobrevivir al entorno urbano. La caracterización del personaje y la crítica social convierten esta amena novela en un clásico, en uno de los referentes de la literatura japonesa. Los lectores occidentales nos perdemos parte de su ironía al desconocer muchas de sus tradiciones y quizá echemos de menos el contraste entre las dos civilizaciones como ocurre en libros como "Ni de Eva ni de Adán". Pero la figura del Botchan resulta universal por su sinceridad, por la forma de enfrentarse a los imprevistos, por su capacidad de superación. Su actitud final, de renuncia, de huida, deja un mal sabor, aunque la renuncia al yo sea una más de las alternativas orientales. El apego a los sentimientos y los principios, la entereza, lo hacen un personaje querido. La gastronomía japonesa -con kamaboko, sashimi, wasabi, sake, dango- sirve de aderezo a las vicisitudes de un extraño personaje que rechaza aumentos de sueldo, que presenta dimisiones. Su visceralidad se riñe con el carácter japonés, austero, silencioso, rocoso. Entretenidas historietas de hace más de cien años en un mundo no tan lejano al nuestro, en un mundo muy parecido al nuestro.
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8 Noviembre 2009
http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=599006
La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger, quizá vuelva. Hay papeles y bolis en desorden, abandonados. Sonia no ha venido.
Miro a sus compañeros y rehúyen mi pregunta. Trabajan como si nada hubiera pasado, será que ha pasado algo. Se respira un aire contenido, un clima de voces ahogadas, de pausas molestas. Sonia no ha venido.
Hago las gestiones como casi todos los días que me acerco a su oficina. Hoy la silla de Sonia está vacía. Huele a duelo, a ausencia, a secretos compartidos, a voces profundas y vacías. Se habla más que otros días, en la oficina de Sonia, en su ausencia. Falta su risa.
Me acerco a su mesa, como para ser atendido por su sombra, por el fantasma que puebla mis recuerdos. Sonia no me contesta. Nadie me contesta. Busco gestos de explicación en los brazos que aletean, en los teléfonos que suenan. El teléfono de Sonia no suena.
La recuerdo explicativa y amable: por favor, un momento, no se preocupe, cuando a usted le venga bien, intercalando su sonrisa, acompañando su voz con palabras de ánimo, con empujones de afecto. Todos buscábamos la mesa de Sonia. Te demorabas para que ella te atendiera, para recibir sus consejos, para que con sus manos embelleciera feos trámites.
Nadie se ha atrevido a recoger la mesa de Sonia. Nadie ha puesto flores sobre la mesa de Sonia. Nadie se atreve a sentarse ante la mesa de Sonia.
Ojeo el diario local y mis pupilas se detienen en las esquelas, en busca irremediable de unas iniciales que empiezan por ese. Por la sonora letra que inicia su nombre. No aparece. La silla de Sonia está vacía y su nombre no aparece en las páginas de ayer ni de hoy.
Sonia ya no existe, Sonia dejó su recuerdo como una sombra luminosa que nos vigila desde algún lugar. La ausencia de Sonia es una broma pesada, un agujero en nuestras conciencias. Sonia nos dejó y su silla nos invita a acompañarla en la distancia. Sin preguntas, con voz susurrante.
La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger.
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7 Noviembre 2009
Es extraño llegar a un sitio sin saber de donde vienes. Es extraño no reconocer ese lugar. Extraño es no ver una ciudad si te dicen que ahí hay una ciudad. El personaje de La ciudad camina por un espacio atemporal en el que la bruma y la indeterminación delimitan un territorio atípico, inverosímil, peligroso, hostil. La atmósfera de esta novela se emparenta con los road movie, con los espacios abiertos en los que la carretera es la protagonista. El camino como discurso, el deambular como razón de ser, lo etéreo como esencia. Un hombre sin pasado se pierde en una carretera. Como en las novelas de Onetti y de C. McCarthy un paisaje abrupto y desértico acompaña al protagonista. Un camionero y una joven lo introducen en un mundo onírico del que no puede ni casi intenta escapar. Los zapatos gastados, la falta de cigarrillos, las miradas de soslayo al forastero o la depresión de éste se conjugan con el deseo sexual, con su memoria, con la falta de memoria, con escenas en espacios laberínticos, con una estación de servicio que oculta otra realidad. El poder representado por el reglamento, por la Empresa, por la legalidad, se ejerce desde la ausencia, por la fuerza del miedo, se impone por una autoridad omnímoda que nunca está presente. Todos ellos son elementos kafkianos que configuran un territorio mágico, siniestro, desapacible. Como en las novelas de Kafka, los personajes se pierden en pequeños gestos, en movimientos absurdos, en escenas hilarantes, en un pasar el tiempo en el que el absurdo se incorpora a nuestra cotidianidad. La puerta cerrada de una habitacion prohibida puede ser la llave que aflore lnuestros instintos más salvajes. La estación de servicio donde es hospedado el protagonista sin nombre de La ciudad es una gasolinera sin clientes, una empresa sin presente con mucho futuro, un lugar sin coches donde los trenes quizá nos alcancen a Montevideo. Mario Levrero es un autor uruguayo redescubierto ahora en España que incorpora elementos de la literatura costumbrista y de la fantástica, que incomoda por la cercanía de sus propuestas. Como en los cuentos de Borges, hay una estructura oculta que se va cerrando y desvelando conforme nos alejamos de la realidad, conforme nos acercamos a nuestros fantasmas. La ciudad de Levrero deviene en contemporánea, en cómplice de nuestros deseos ocultos.
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4 Noviembre 2009
Las tertulias literarias son lugares de encuentro que fomentan el diálogo, animan a la lectura y despiertan el interés por nuevos libros. Vengo de una tertulia literaria. Hemos hablado durante más de una hora de novelas, de libros recientes y de algún clásico, se han comentado anécdotas literarias y me he quedado con muchas cosas por decir. Cada uno ha esbozado su canon literario. Se ha citado Los cien años de soledad de García Márquez. Entre lectores, entre buenos lectores - sobre todo lectoras- hay diversidad de opiniones sobre el libro de Macondo. (Recuerdo que mi padre, gran lector, no era simpatizante de los Buendía). Me ha faltado recomendar a sus admiradores el libro que inspiró a Gabo, el Pedro Páramo de Juan Rulfo, y El dios de las pequeñas cosas de Arundhati Roy. También se ha citado la ruptura entre Gabo y Varguitas. Yo soy más (literariamente) de Vargas Llosa: La tía Julia y el escribidor, La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo... He citado como autores entre lo comercial y la literatura más exigente, autores para todos los públicos, a H. Murakami, Amélie Nothomb y Paul Auster. Amélie Nothomb me ha extrañado que no fuera conocida; Murakami sí tenía sus incondicionales; y Paul Auster es quien más interés ha despertado. Se ha citado a Galdos, a Baroja, a Unamuno... Me ha faltado citar a Valle Inclán, citar Divinas palabras, y sobre todo Luces de Bohemia, el gran esperpento sobre la condición humana. Se ha nombrado a Carmen Martín Gaíte, y me alegro. Ha salido de soslayo Cela; faltaba Umbral, en especial el Mortal y rosa de Umbral. Se ha nombrado sin mucha convicción a A. Muñoz Molina; si las tertulias fueran más masculinas, si los tertulianos hubieran hecho la mili, habría nombrado el imprescindible Ardor guerrero, pero las tertulianas no han hecho la mili. Me ha faltado tiempo para citar a Coetzee, S. Zweig, T. Bernhard, Kafka, Dostoievski, P. Roth, Nemirovsky, Carver, Machado, Lorca, Martín Santos, Tobías Wolf, Monterroso, John Fante, Bukowski, T. Mann, Kundera, Sábato, Cortazar, Rilke, Eliot, Beckett, H. Hesse, Camus, Nabokov, Cernuda, Wilde, Borges, T. Capote... Creo que a los buenos lectores y lectoras que no los conocen les gustarían El baile o Suite francesa de Nemirovsky, Léxico familiar de N. Gintzburg, El último encuentro de Sandor Marai, Sostiene Pereira de Tabucchi... Se ha citado en la tertulia a Almudena Grandes, y yo he opinado poco; se ha citado a Flaubert y a Clarín, y yo soy más de Fermín de Pas y Ana Ozores que de Madame Bovary. También se nombró el Rojo y negro de Stendhal. El eje de mi canon literario contemporáneo parte de Stendhal, y asciende por Dostoievski, Kafka, Céline, Machado, Cernuda, Kavafis, Pessoa, El extraño caso del doctor Jekyll, Camus, R. Carver, Bernhard, La conjura de los necios, Tobias Wolf, Coetzee... En fin, libros y más libros, páginas en blanco y negro, negro sobre blanco (también se citó a Dragó, aunque no elogiosamente), páginas en color, adjetivos, letraheridos, tertulianos, café literario, conversación en torno a los libros, tertulia literaria, afinidades y preferencias, elecciones, afinidades electivas.
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3 Noviembre 2009
Me he comprado una escalera
Para subir al cielo
Acariciar las estrellas
Sólo tiene cuatro peldaños
Cuatro escalones
Cuatro deseos
Me concede la escalera
Cuatro oportunidades más
Me permite soñar
Abrazar la luna
Conversar con los ángeles
Reírme del mundo
El vértigo se reirá de mí
Me da vértigo tocar la luna
Al sol no me acerco
Me da calor la felicidad
Mi escalera es mágica
Tiene cuatro peldaños
El tiempo de subir
Si encuentro una estrella
La compartiré con el mundo
Venderé la escalera
Flotaré de dicha
Subiré al cielo
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3 Noviembre 2009
El frío es jodido, lo dice Messi a su llegada a Rusia. De Argentina a Rusia pasando por España. Viaje intercontinental en un martes blanco, o negro. Se fueron los centenarios. Se fue Francisco Ayala, cansado de los exilios, de la miel y del güisqui. Se fue Levi Strauss, cuando la antropología sigue de cenicienta de las ciencias, cuando el estructuralismo se adueña de nuestro pasado. Para comedias, las que nos legó López Vázquez. Aquí también llega el frío, sin comedia, por la trastienda del otoño. Y de Europa. Por fin seremos europeos, hasta los checos que han firmado el tratado de Lisboa. El sombrero de Pessoa siempre me ha parecido muy europeísta. En el primer martes de noviembre, también se arreglan los asuntos internos, los líos del patio del colegio del partido de la oposición. Como niños aplicados prometen no criticar más al jefe en público. Así dan gusto las clases. Karadzic no quiere ir a clase, ni al juicio. Necesita más tiempo para defenderse: a mayor acusación, mayor defensa. Hay días que las noticias dan para mucho. Hay martes muy noticiables. Otro tribunal europeo rechaza los crucifijos. En Italia hay muchos crucifijos. En Roma algunos rezarán hoy ante el partido del Real Madrid. En Rusia, mucho frío.
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2 Noviembre 2009
Entre el arte de la guerra y los juegos de los niños. Con frases cortas, Amélie retrata un paisaje impresionista en el que las nada inocentes escaramuzas de una niña de siete años quieren poner en jaque el satus quo mundial. Como novela iniciática, El sabotaje amoroso es el campo de batalla de China, lugar de encuentros y desencuentros amorosos. Una niña de siete años, la protagonista, quiere convencernos de su amor desmedido por una joven italiana. Un tablero internacional en el que mientras los adultos juegan a la guerra, las grandes batallas las entablan los pequeños. Escaramuzas, venganzas, muchas peleas, disputas territoriales, incursiones en el bando enemigo, artimañas y sabotajes amorosos completan un fresco en el que la crudeza, teñida de amor cruel, salpica estas páginas. Rememora la escritora belga sus primeros años en la China de los setenta, un espacio multilateral ocupado por diplomáticos europeos donde el comunismo es una excusa más para que los niños jueguen a la guerra. Con frases afiladas, Amélie nos recuerda que "todo lo que no es espléndido es horrible", "nadie es indispensable salvo el enemigo", "un país comunista es un país en el que hay ventiladores", "nada resulta menos inocente que la sintaxis". Con la Iliada de Homero como telón de fondo, con una Helena troyana como eje de los vientos amorosos, con citas de Wittgwnstein, en El sabotaje amoroso se cuece un plato refinado con más especias que sustancia. El regusto que nos deja saborear Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán no se alcanza en esta obra menor por previsible y reiterada. El sabotaje amoroso con sus 160 páginas queda como una novela demasiado larga; en las primeras veinte páginas se saborea toda la esencia de esta novela, quedando el resto como un aderezo prescindible.
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